Todo cambia


Todo cambia. Cambia lo superficial. Cambia también lo profundo. Cambia el modo de pensar. Cambia todo en este mundo. Caía la democracia en Chile y Julio Numhauser, exiliado en Suecia y mirando a Santiago, nos lega esta verdad, tan profunda que la inmensa mayoría de las veces non negamos a escucharla. Tenemos tanta ansiedad por vivir en un mundo de certidumbre que en los momentos de máximo desconcierto lo único que llegamos a pensar es que estamos sin brújula. Perdidos en un mundo de quietud. Hundidos en un bosque que no entendemos. Y no, todo cambia. Se mueven los suelos, se alteran las paredes, se reubican los ejes ¿Y? nada. Porque también cambia el modo de pensar. Cambia lo superficial. Cambia lo profundo. Nos reajustamos.

El 2017 será un año totalmente distinto al actual. Habrá un único cordón umbilical con el pasado, con el hoy, el desempleo. A partir de ahí, el escenario será nuevo. Por un lado, nos tocará predecir el comportamiento económico de los nuevos populismos conservadores. Entender, como mínimo, la política económica del Reino Unido del brexit y de los Estados Unidos de Trump. Tarea que no ha de ser complicada siempre y cuando ellos se entiendan a sí mismos y sean capaces de lanzarnos un mensaje coherente.

Internamente, sufriremos, y mucho, con el debate de las pensiones y el nuevo rol que previsiblemente le querrán dar a las pensiones de viudedad. Y todo ello aderezado con inflación. Sí, inflación. Mis lectores saben que he abordado este tema varias veces y siempre en la misma dirección, advirtiendo de que estaba más cerca que lejos. Hoy no solo se comenta en esta columna, ya es parte integrante de los discursos oficiales del Banco Central Europeo. Cierto que Mario Draghi, y el resto de los mortales, ansiábamos una inflación de demanda, una subida de precios impulsada por un crecimiento acelerado del consumo, y no una de costes. Pero la vida es así. Todo cambia y los mismos que nos pusieron el diésel a menos de un euro el litro en breve nos harán pensar que ese precio fue un efímero regalo de navidad. La inflación alterará todo y, en primer lugar, pondrá punto y final a una política monetaria extremadamente expansiva. Las entidades financieras subirán sus tipos de interés y podrán volver a vivir de su margen de intermediación y la deuda ¡Ay, la deuda! La nueva deberá emitir a tipos, obviamente, más altos, robándole protagonismo a los activos del mercado secundario. Los precios de esos títulos deberán caer para ser competitivos y, al hacerlo, veremos a un buen número de fondos entrar en rentabilidades negativas. A Montoro le nacerá un nuevo problema, el coste de la deuda, que, sí o sí, se va a encarecer. Las familias no sabrán qué hacer. Los fondos en renta fija dejarán de ser atractivos y los depósitos seguirán en rentabilidades simbólicas. Muchos inversores buscarán espacios de máxima liquidez, eso o la adquisición de otros títulos. Ahora sí. Ya hay inflación y, por lo tanto, la creencia de que el activo comprado, siempre y cuando no sea un bono, vivirá en un espacio de liquidez. Es decir, entraremos de nuevo en el inmobiliario. Buscaremos la usada porque en la nueva, prácticamente, ya no quedan inmuebles atractivos. La mejora de la vivienda tirará al alza el empleo y, con ello, el consumo, creando un bucle que se retroalimentará de modo positivo y que, de hecho, ya está funcionando en algunos lugares de España. Veremos cómo entra un efecto desaparecido de nuestras economías, el conocido como efecto riqueza. La liquidez y la subida de los precios de los activos harán que cientos de miles de familias se sientan más ricas. Su patrimonio vuelve a estar en el mercado. Este sentimiento alterará positivamente las pautas de consumo. Empezaremos a ver otra España, con otros problemas y con otras soluciones.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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