El trastorno de los tipos

Xosé Carlos Arias CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA. UNIVERSIDADE DE VIGO

MERCADOS

02 oct 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Entre las muchas anomalías que en la evolución de la economía internacional estamos viendo en los últimos años quizá la más intrigante -y acaso perturbadora- sea la cada vez más consolidada situación de tipos de interés negativos, tanto en términos nominales como reales (es decir, una vez descontada la inflación). Piénsese que en estos momentos cerca de un 90 % de la deuda pública de Alemania o Suiza se está comercializando a tipos negativos, al igual que ocurre con casi el 80 % de los bonos japoneses, franceses y holandeses. En términos más generales, más del 35 % de la deuda pública del conjunto de países de la OCDE está en tasas negativas. Y estudios recientes muestran que las tasas reales del conjunto de los países desarrollados no han hecho más que bajar desde 1980, internándose ya en el complicado terreno por debajo de cero a partir de la Gran Recesión.

Parece, en todo caso, que el mundo de las finanzas se está internando en aguas inexploradas. Lo es, en primer lugar, para los bancos, quienes se muestran desconcertados en alto grado por una realidad que va contra la lógica de su negocio (y quizá, contra la lógica en general). Saben además que las tasas muy bajas o negativas, de hacerse persistentes, comprometerían gravemente sus cuentas de resultados. Y mientras tanto, ¿qué puede ocurrir con otros importantes intermediarios financieros, como las grandes gestoras de fondos de pensiones? Nadie parece tener a día de hoy respuestas cabales a estas cuestiones. Por eso no extraña que, en un informe muy reciente, la OCDE haya afirmado que en caso de mantenerse esta situación más allá de los próximos dos años, ello «introducirá un reto para el modelo de negocio de las instituciones financieras y para su sostenibilidad».

La baja rentabilidad de la deuda puede introducir también otro tipo de distorsiones en los mercados financieros. Muy particularmente, la desviación de fondos hacia las bolsas (seguramente ahí radica la principal explicación del pequeño bum de los últimos años en Wall Street y otros mercados bursátiles, no justificados en absoluto por unos beneficios empresariales que han sido más bien modestos) podría fácilmente derivar en nuevas y peligrosas burbujas. Claro que, desde otra perspectiva, los tipos negativos pueden tener mucho de bendición: en un contexto de deudas desmesuradas alivian la carga de su pago, por lo que deberían ser de gran ayuda para favorecer el desendeudamiento o, al menos, para que su tendencia no se haga explosiva.

¿Cómo se ha llegado a este estado de cosas? Obviamente las políticas monetarias de los últimos años han sido un factor determinante, con unos tipos de intervención de los bancos centrales muy próximos a cero durante años y su irrigación masiva de liquidez. Pero más allá de eso, no hay duda de que los inversores nunca adquirirían a tal escala ese tipo de productos financieros si, en primer lugar, no percibieran un entorno de riesgos multiplicados; y segundo, si sus expectativas fueran las de un crecimiento sostenido de los precios.

Este último asunto encierra quizá el aspecto más preocupante de la actual dinámica trastornada de las tasas de interés: que lo que quizá en el fondo está anunciando es un horizonte prolongado de presiones deflacionistas -por no decir directamente deflación-, señal inequívoca, a su vez, del tan temido estancamiento secular.

La caída de los tipos ha redundado en la actividad de parqués como el de Wall Street | JUSTIN LANE