El miedo que nos frena


Todos podemos estar de acuerdo en que ha habido una etapa dorada en la economía gallega, prácticamente una década, la que llegó con el inicio del siglo XXI. De hecho, muchas veces no solo la recordamos, sino que la utilizamos como vara de medir. La hemos convertido en nuestro Dorado, la buscamos y la volvemos a buscar, creyendo que algún día retornaremos al pasado, a la tierra de los dulces recuerdos. Lo que apenas hacemos es una lectura fría, ajena a las añoranzas. Quizás por ello nos olvidamos que al inicio de siglo los gallegos le debíamos a la banca veinte mil millones, una cifra importante, pero inferior a los veinticuatro mil que teníamos en depósitos. Es decir, nuestro ahorro servía para cubrir nuestras necesidades de financiación. No estaba mal, aunque tampoco nos era extraño, entraba en lo habitual. Lo que ya no fue tan esperable es que en apenas diez años pidiéramos prestados cincuenta y dos mil millones más. Sí, así fue. Llegamos al 2010 debiendo setenta y dos mil millones de euros. Lógicamente nuestra capacidad de ahorro no fue capaz de aguantar el ritmo de nuestra fiebre consumista, de tal modo que en el 2004 las deudas ya empezaban a superarnos. La ahorradora Galicia se había convertido en voraz, en la que financiaba la compra de un inmueble de Finisterre con el ahorro de un chino de Shangai. Y fue esa Galicia, y no otra, la que nos llevó al pleno empleo, al apartamento de la playa y a los dos coches nuevos del hogar. Fue así como nos creímos ricos, como nos convencimos de que el cielo estaba solo a un peldaño de distancia y si no lo alcanzábamos era por la incompetencia de cualquier inútil que se había cruzado en nuestro camino. Una tierra con un millón de trabajadores incrementaba cada año, por término medio, sus deudas en cinco mil millones de euros ¿Aprendimos? Quiero creer que sí, pero con dolor. Tanto que me atrevería a decir que nos aproximamos a un cuerpo violentado, anclado en el trauma.

Desde el 2011 hasta finales del 2015 nos hemos desapalancado en veintiocho mil millones de euros e incrementado nuestros depósitos en cerca de cuatro mil millones, es decir, treinta y dos mil millones en cinco años, más de seis mil millones por año. ¿Y? se preguntará. Pues muy sencillo, nuestro temor, principal determinante de este comportamiento, está generando un efecto perverso, ya que mientras lleva a las familias y empresas a ser cautas y austeras, genera que nuestros ritmos de creación de empleo estén por debajo de la media nacional, provocando a su vez un bucle de cautela y extrema precaución. ¿Qué hace falta, por lo tanto, para romper esta espiral perversa? Ya sabe la respuesta, confianza. ¿Cómo se alcanza? Difícil respuesta, pero en todo caso sí le puedo asegurar que una condición necesaria aunque no suficiente es la certidumbre. Despejemos el horizonte y saldrán más barcos a navegar, llenemos la bahía de nubes y, los que han salido, volverán a puerto.

Alguno se preguntará si estoy haciendo un alegato a volver a los tiempos de locura crediticia del pasado. Tampoco. No es eso. Simplemente que numerosas variables económicas suelen asemejarse a la sal, alcanzan la virtud en la mesura y actualmente estamos muy alejados de ella. Estamos inmersos en un efecto péndulo y hemos de desmontarlo para ubicarnos en un punto de sosegado equilibrio. ¿Lo conseguiremos? Si no nos olvidamos de que estamos ante un cuerpo social traumatizado, quizás. Trabajemos en ello.

El sector inmobiliario acaparó la parte del león del gran endeudamiento colectivo. | óscar vázquez

Por venancio salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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