Hablemos de pensiones


No olvide estos datos, el importe medio de una nueva pensión de jubilación se acerca a los 1.100 euros, mientras que las de los que fallecen, las bajas, está en poco más de ochocientos. La diferencia entre uno y otro es de exactamente doscientos sesenta euros a datos de enero de este año. Es decir, cada alta supera a una baja en 3.640 euros anuales (catorce pagas), y si lo miramos sobre la media, que está en 899 euros, la diferencia es de 2.632 euros.

Por lo tanto, el problema va más allá de que las altas superen en número a las bajas. Tiene tres aristas adicionales. La primera, que las nuevas incorporaciones van a estar cobrando ese importe muchos más años que la media; segundo, que el importe de las altas es sensiblemente más elevado que el de las bajas, más de un 30 % y un 20 % superior a la pensión media; y, la tercera, que los nuevos cotizantes tienen salarios claramente inferiores a los que abandonan la vida laboral.

En conclusión, si no hacemos nada y nos quedamos con los brazos cruzados, el sistema solo puede ir a una dirección, la quiebra. Y, como lógicamente a nadie le agrada la idea, asumiremos el mal menor, recortarlas hasta el punto de que el sistema sea autosuficiente. Pero esa afirmación no deja de ser un gran engaño, la dinámica de las primeras líneas nunca cejará. La pauta será que las pensiones entrantes superen a las medias, y que nuestra esperanza de vida se acreciente año a año; por lo tanto, los ajustes vía reducción del poder adquisitivo serán permanentes .

¿Qué hacer? ¿Sistema privado, en el que la pensión es la consecuencia de la capitalización de lo aportado? Hay que verlo con lupa. En Chile, a la vanguardia en este campo, el 90 % de los jubilados chilenos tienen una pensión inferior a la mitad de su salario mínimo. Por lo tanto, parece obvio que debemos de ahondar en las políticas demográficas para apuntalar nuestro sistema de pensiones. Dicho esto, hágase una pregunta: ¿Por qué Alemania ha admitido a cerca de un millón de refugiados sirios? ¿Solidaridad? Es posible, pero Ángela Merkel tiene encima de su mesa estudios que le indican que en el 2060 Alemania habrá perdido diez millones de alemanes. Y aunque Berlín le abre las puertas a los jóvenes cualificados del mundo entero, está claro que no es sencillo darle la vuelta a tu pirámide de población y, si deseas hacerlo en solo un par de décadas, ha de ser con inmigración masiva. Es cierto que nuestra situación demográfica aún no ha llegado a la situación de Alemania, pero es igualmente correcto que en el 2050 seremos, después de Japón, el país del mundo con mayor porcentaje de población con más de 65 años. Es decir, envejecemos a un ritmo inusualmente rápido, similar a economías como Portugal, Grecia e incluso Italia. ¿Por qué? La robustez de nuestra crisis económica. Salen nacionales y no entran extranjeros. Pero todo cambia, y en menos de cinco años es previsible que volvamos a ser un país atractivo para inmigrantes. Ante eso, podemos hacer dos cosas, sentarnos y esperar o construir el futuro. Y si pensamos en el mañana, quizás no hay que llegar a los niveles de Australia, que para tener Visa exige tener titulación universitaria de grado medio y experiencia profesional en el área, pero no está mal inspirarnos en ellos. Por ello, para construir una nueva España, más joven y capaz, hemos de utilizar como aliado al sistema educativo, esencialmente al centrado en la educación superior. Debe ser, como así ocurre en otras partes, puerta de entrada de capital humano. Pero para ello, hemos de tener claro nuestro destino demográfico, y en segundo lugar, entender que la educación no solo es un instrumento para capacitar a nuestros jóvenes, es también un sector económico y principalmente es una herramienta capaz de cambiar a las naciones. Usemos la nuestra.

Autor Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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