Sin jugadores no hay partido


En los momentos más tensos de nuestra crisis, nadie daba un duro por la economía española, y mucho menos por nuestra banca. Hasta era de mal gusto lanzar un mensaje medianamente positivo. Abrías la boca y cualquiera te la cerraba con el beneplácito colectivo. Más fácil defender la tauromaquia. En esos tiempos tuve más de una conversación, en el golfo Arábigo y en Latinoamérica, con inversores internacionales y académicos. Aunque estas dos áreas geográficas tienen poco que ver entre sí, siempre me sorprendió la visión positiva que tenían de España. Aquí nos veíamos en corto, ellos en largo. Quizás por ello la inversión extranjera llegó antes que la doméstica y, quizás también por eso, la banca empezó a ser centro de atención de financieros internacionales, algunos de Colombia, México o Venezuela.

Hasta aquí nada que decir. Es más, en el caso de Galicia estoy convencido de que el mercado de crédito, después de tantos avatares, vive un estado aceptable de eficiencia. Tenemos un líder sólido y ambicioso que debe batirse todos los días con seis grupos financieros robustos y con igual o superior ambición que él. Es evidente que el mercado  está funcionando. Lo que no tengo nada claro es que se pudiera decir lo mismo si entráramos en una nueva ronda de fusiones. ¿Y por qué íbamos a entrar? Sencillamente no lo sé, aunque el mantra que se escucha, y cada vez con más fuerza, es la necesidad de más rentabilidad. Darle más valor a la acción. Pero lo curioso es que quienes elevan con más fuerza la música de este canto son, en una gran cantidad de casos, aquellos que llegando a España a realizar inversión especulativa se encontraron, de un día para otro, al Banco Central Europeo tirando por los suelos los tipos de interés, es decir, destrozando  el margen de intermediación bancaria, o lo que es lo mismo, la rentabilidad y el capital bursátil.

Algunos desean que veamos atractivo un proceso de fusiones llamado a actuar sobre la estructura de costes, a buscar el dividendo por la vía del estrechamiento del cuerpo y no por la generación de más negocio. No reclaman en sus consejos ni más asesores en la calle, ni más clientela, ni desarrollar innovación financiera. Saben que a tipos tan bajos esa es una lucha titánica. Los obligaría a ser como el resto de los mortales, picapedreros, de los que ganan el céntimo picando piedra. Vamos, lo que hacemos todos los empresarios estrechos de mente con más o menos acierto. Dicho esto, que no se nos escape que la revalorización bursátil la desean para una cosa: marcharse. Varias docenas de titulares alabando la solidez de la nueva entidad, un plan de adelgazamiento de la plantilla -de esos que jubilan a los niños después de hacer la primera comunión-, y si el balance del siguiente semestre empieza a tirar, ya tenemos al valor en movimiento. Eso sí, dejando tierra quemada pero, ¿qué más da? ¿Quién se lo recordará? Nadie.

Los tecnicismos bancarios y la ignorancia financiera de los portavoces parlamentarios blindan, de un modo difícilmente insospechable, las decisiones del Banco de España. Y no está mal que alguien desee especular en los mercados financieros, ya que le aporta liquidez al mercado, pero lo que no se puede permitir es que la búsqueda rápida de la mejora patrimonial altere de modo estructural nuestro sistema financiero. ¿Y sabe por qué? Porque al final quienes hemos de vivir y sufragar este país somos usted y yo. Por lo tanto, si un banco no es rentable, es exclusivamente problema del accionista. Si su debilidad para ganar dinero llega a alterar su nivel de solvencia, se invita a la entidad a captar más capital y, si no es capaz de continuar ese camino, entonces se vende a una entidad extranjera. Pero el número de jugadores del sistema, por favor, que no me lo toquen.?

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