Crisis bancaria a la italiana


Esta vez no será una sorpresa: todo parece preparado para una nueva tormenta bancaria en Europa, con su ojo situado en territorio italiano. En la secuencia de dificultades de todo tipo que los bancos europeos vienen experimentando desde el 2008, de concretarse ese accidente en las entidades italianas no sería uno más, dado el tamaño de esa economía, el del propio sistema crediticio y, sobre todo, por las interconexiones que mantiene con el resto de las economías del continente. Esto último alerta sobre la alta probabilidad de un contagio. Piénsese que la banca española, por ejemplo, tiene comprometidas inversiones transalpinas que superan los 44.000 millones de euros. Una cifra importante pero, con todo, pequeña si se compara con las que tanto preocupan a las entidades -y a los Gobiernos- de Francia y Alemania.

Desde la Gran Recesión, las crisis bancarias han sido de dos tipos muy diferentes. En una primera fase se vieron afectadas aquellas entidades que durante la expansión habían asumido grandes riesgos con productos altamente sofisticados. En esos momentos tanto los bancos españoles como los italianos se contaron entre los menos castigados (evidentemente, por estar menos comprometidos en ese tipo de negocio); de hecho, durante esos años apenas hubo en ambos países intervenciones de salvamento dignas de mención. Sin embargo, a medida que la crisis financiera se trasladaba de un modo duradero a la economía real, estos sistemas empezaron a acusar importantes deterioros en sus cuentas, dado el ingente volumen de créditos impagados que se fue acumulando.

El caso es que, producida la crisis bancaria española en el 2012, y más o menos resuelta (con graves consecuencias) a través del plan de rescate europeo, las entidades italianas continuaron vagando durante cuatro años más por el limbo de la falta de resolución y un cierto olvido interesado. En ese tiempo, con el trasfondo del estancamiento productivo, los problemas no han dejado de agravarse, y ahora mismo la morosidad alcanza ya los 200.000 millones (esto es, un 17 % del total del crédito). Y en la entidad más comprometida -el Monte dei Paschi de Siena, a la que se empieza a llamar la Bankia italiana- la tasa de mora supera ya el 35 %.

Ante todo ello, el Gobierno de Matteo Renzi quiere disponer ya una gran operación de salvamento del sistema financiero con dinero público propio, evitando el castigo asociado a un rescate europeo. Un deseo que choca con la nueva normativa de la UE, que impide las ayudas de Estado a los bancos en esas circunstancias. ¿Se saltará esta vez la norma, a diferencia de lo que ocurrió en el caso del Memoradum of Understanding español? Pese a que podría entenderse como una gravísima discriminación, todo sugiere que así será. Por cuatro motivos.

El primero, es el ya señalado alto riesgo de contagio, que hace que se multipliquen las presiones a favor de un trato excepcional. El segundo tiene que ver con el momento: además de la aprensión que produce el posible efecto de unos tipos negativos prolongados sobre las cuentas de las entidades, el brexit ha colocado a los banqueros de todo el continente al borde del ataque de nervios. Tercero, los efectos de un rescate europeo pueden provocar un cataclismo político en un país que, no se olvide, tiene convocado un difícil referéndum constitucional en otoño. Y cuarto, y acaso más importante, Italia cuenta con una decisiva representación en los órganos europeos (sobre todo en el BCE y en la agencia reguladora). Algo que en España, después de las derrotas en el Eurogrupo, desgraciadamente no se da.

La crisis bancaria italiana parece, pues, servida. La única duda semeja estar ya en si estallará antes o después del ferragosto.

reuters

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