Paisaje tras la batalla en el Reino Unido

Xosé Carlos Arias CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA. UNIVERSIDADE DE VIGO

MERCADOS

10 jul 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Transcurridas las primeras semanas del golpe helado que el referendo británico propinó al proyecto europeo, pocas cosas se han aclarado sobre sus posibles consecuencias en distintos planos. El Reino Unido parece haber caído en una especie de caos, con una buena parte de las élites desconcertadas y desmoralizadas. No hay duda de que el sistema de partidos del país ha sufrido una gran convulsión, teniendo abiertas ahora mismo todos ellos profundas crisis de liderazgo. Por lo que respecta al campo en principio más sensible a los efectos del brexit, el de la economía, todo está pendiente de los términos del acuerdo de separación con la UE, pero la improvisada táctica del Gobierno británico de ganar tiempo y alejar el momento de la negociación, más que proporcionar ventajas de cara a un futuro acuerdo, pudiera ser un nuevo disparo en su propio pie: la confianza de los actores económicos, ya muy minada, tal vez sufra nuevos retrocesos ante la prolongación de un entorno con tantas incógnitas abiertas.

De momento, en todo caso, la reacción de las principales variables económicas del país ha sido moderada: la libra ha experimentado una depreciación significativa, lo que podría agitar los precios internos, pero las bolsas se han mantenido bastante estables. Sin embargo, son llamativos algunos movimientos que se empiezan a producir en los mercados de capital, sobre todo los relacionados con la propiedad inmobiliaria, un sector que vuelve a estar sometido a serios riesgos. La suspensión de varias gestoras de fondos inmobiliarios en unas pocas horas quizá sea una señal de mayores convulsiones a corto plazo.

Con un Gobierno prácticamente paralizado -el ministro del Tesoro, George Osborne, solo ha sido capaz de proponer una reducción de la imposición de sociedades, para hacer frente a la muy probable deslocalización de empresas-, es el Banco de Inglaterra quien, una vez más, parece estar al mando con todas las consecuencias: además de anunciar una bajada de los tipos de interés al 0 %, su decisión de reducir por un tiempo las exigencias de capital a los bancos en 6.800 millones de euros puede ser un medida discutible, pero probablemente consiga su objetivo de hacer que no se pare el crédito hacia los sectores finales de la economía. Se ratifica así lo que viene siendo una constante desde hace años: los bancos centrales son los únicos organismos de la política económica que dan muestras de estar vivos y despiertos en los momentos de mayor dificultad. Lo que no deja de ser una anomalía, dada su condición de órganos no elegidos (podríamos decir, ademocráticos).

Si en torno a las consecuencias inmediatas del brexit no parece haber acuerdo, sí lo hay, en cambio, en relación con sus causas. La gran mayoría de los análisis postelectorales concluyen que la apuesta antieuropea ha pagado el pato de un profundo malestar crecientemente instalado en aquella sociedad. Un malestar que tiene que ver con la desigualdad rampante y el bloqueo del ascensor social, que vienen de los años del thatcherismo, pero no han dejado de ir a más desde el comienzo de la crisis. Lo prueba el que la gran concentración del voto a favor del brexit se haya localizado en distritos y ciudades donde ha desaparecido cualquier atisbo de movilidad social. Un problema que en el Reino Unido quizá tenga características propias, pero que en términos generales es común a otros muchos países. Por ello, el significado más hondo de lo que en Gran Bretaña ocurrió hace un par de semanas seguramente trae consigo una mala señal: si persiste el empeño de no compensar a los perdedores (de la globalización, de la integración, de la crisis), algo parecido ocurrirá pronto en otros lugares.