¿Y qué necesita España?


Más crecimiento, no hay dudas. Es el viento que todo lo mueve. Y si algo está impulsando nuestra recuperación eso es el consumo de los hogares. Las nuevas incorporaciones al mercado de trabajo, cerca de un millón doscientos mil, el continuo desendeudamiento, las bajadas del precio del petróleo y el aumento de la riqueza financiera neta han convertido a nuestros hogares en el motor necesario para la recuperación. Quizás no suficiente. Pero siempre necesario. A finales del 2015, las familias, después de descontar sus cargas financieras, tenían entre efectivo, depósitos, acciones, seguros y fondos de pensiones y participaciones en fondos de inversión el 113,8 % del PIB, es decir, 1,23 millones de euros o un 4,8 % más que en el 2014. Imagínese que un cinco por ciento de ese dinero saltase al ruedo del consumo. Imagínese que se volvieran tan optimistas o tan confiados, que decidiesen consumir lo que gastan habitualmente y adicionalmente otros sesenta mil millones de euros ¿Qué pasaría? Déjelo, tanto dinero de golpe nos haría daño. Solamente con que incrementáramos cada año nuestro gasto en un tres por ciento tendríamos, en el 2020, al país totalmente erguido. ¿Mucho tiempo? No tanto si empezamos mañana.

Entonces, si tenemos las cosas tan claras, ¿por qué no nos centramos? Para ello toca tener algunas cosas claras. La primera es que el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas es la imposición directa a la que se somete la clase trabajadora española. Los ricos gestionan su patrimonio por otras vías, entre otras, sociedades patrimoniales. Es posible que se pueda bajar en el 2017, o que no, a mi juicio, que no; pero nunca ha de ser la vía fácil para incrementar la recaudación tributaria del Estado y en ningún caso, el instrumento fácil con el que contener el déficit público. La segunda cuestión es que hablar de familias supone hablar de renta familiar disponible y cuando utilizo el término disponible no pienso en la renta después de impuestos; estoy teniendo en mente nuestros ingresos descontadas las cargas fiscales y el gasto en los denominados bienes inelásticos. Es decir, en esos bienes que adquirimos siempre, si o si y que solo después de haber asumido su coste nos planteamos invertir en bienes duraderos como un sofá, un televisor o un automóvil, o en comprarnos una botella de un vino aceptable en lugar del peleón que nos tragamos a diario ¿Y cuáles son esos bienes que nos llevan la vida? Esencialmente cuatro: alimentación, educación, sanidad y transporte. Actuemos sobre ellos y actuaremos sobre la renta de las familias, incrementemos la calidad de la educación y la sanidad pública e incrementaremos la renta de los hogares y su confianza en el futuro, abaratemos la cesta de la compra y potenciaremos el comercio, creemos redes eficientes de transporte público y haremos ciudadanos más ricos y ciudades más saludables ¿Y cómo alcanzar esas metas? En primer lugar, con atrevimiento; en segundo término, planteando reformas en el sistema educativo y sanitario que pongan al estudiante o al paciente como eje del sistema en lugar de salvaguardar la robustez del cuerpo que gobierna la estructura. ¿Financiación? Los sistemas públicos de salud y educación han perdido, durante esta crisis, 17.000 millones de euros, por tanto, parece lógico que el futuro venga acompañado de un importe no muy lejano a esta cantidad. ¿Dónde obtenerlo? De una reforma administrativa que altere drásticamente nuestro marco territorial y el papel de la burocracia en nuestra economía, de una nueva imposición indirecta, más centrada, por ejemplo, en hidrocarburos y/o impuestos medioambientales y de los ingresos resultantes por el crecimiento de las nuevas bases imponibles, hijas del bienestar que ha de llegar.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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