Tres temores sobre «brexit»


Se aproxima la fecha del referendo británico y cunde la impresión de que cualquier cosa puede ocurrir. Aunque aún no haya hecho acto de aparición el nerviosismo de los mercados de capital, algunos movimientos en esa dirección probablemente aparezcan en las próximas semanas. Porque, ciertamente, una eventual salida de la UE por parte del Reino Unido introduciría incertidumbres importantes sobre el futuro de la economía británica -al menos en el corto y medio plazo-, y en alguna medida eso se podría trasladar al conjunto de la economía internacional. De hecho, según el Banco de Inglaterra, el crecimiento previsto para ese país, de en torno a un 2,3 % este año, se trocaría en recesión abierta en el caso de un sí a la separación. Y la libra esterlina ya lo viene acusando, con un retroceso de un en torno a un 10 % en los últimos meses.

De manera que, si la posibilidad del brexit se consumara, habría que dar por casi seguro un escenario de mayor volatilidad en los próximos meses, al menos en el contexto europeo. Aunque, al no ser Gran Bretaña miembro del club del euro, los riesgos financieros son menores. Sin embargo, hay tres motivos más de fondo, que tienen que ver con tendencias a largo plazo, para preocuparse por esa posibilidad.

El primero es obviamente el interrogante que introduciría sobre el futuro del proyecto de integración europea. Es verdad que el Reino Unido no ha sido precisamente un buen socio de la Unión desde su entrada en 1973. En su actitud a lo largo de los años fue difícil percibir un espíritu europeísta genuino, dando siempre la impresión de que lo único que a los británicos vinculaba a la idea europea era el interés más estrecho. Su defensa del famoso cheque británico como gran principio inamovible da cuenta de ello. Por otra parte, tampoco las concesiones hechas a David Cameron hace unos meses por el resto de los líderes europeos llevan a simpatizar con lo que ahora es la posición unionista. Sin embargo, sobre todo en estos momentos de duda general, el brexit será una pésima señal para la UE, porque al día siguiente muchos se preguntarían: ¿habrá llegado la unidad europea a un límite a partir del cual lo que viene es una inevitable desintegración?

El segundo motivo de alarma tiene que ver con la posibilidad de que se extienda la fragmentación y los obstáculos al comercio. Conjurada hasta el momento la predicción de que una era de proteccionismo generalizada era inevitable tras la crisis, algunas importantes amenazas nuevas están apareciendo en los últimos meses, tal y como hemos destacado en columnas anteriores. Pues bien, el brexit sería el compañero ideal de un aislacionismo a lo Trump, o de otros movimientos que en diferentes partes del mundo se están gestando en esa dirección.

El tercer motivo es acaso el más inquietante. Porque, ¿cómo es posible que la mitad de un país culto y desarrollado opte por una opción que no solo representa un retroceso cívico, sino que además va a crear problemas económicos significativos? No solo es la mencionada recesión: un brexit haría casi imposible, por ejemplo, que la City de Londres siga siendo el gran centro financiero de Europa. Y no se olvide que ese sector genera en torno al 8 % del PIB del país. ¿Cómo se explica, entonces? No por cálculos, desde luego, sino debido a reacciones un tanto irracionales: el odio acumulado a «los burócratas de Bruselas», el temor a ser invadidos por oleadas de inmigrantes/refugiados (que carece de sentido al no formar parte del espacio Schengen).Ese punto irreflexivo, irracional, es lo peor de esa historia, pues con diferente formatos podría estar gestándose también en otros muchos lugares.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía

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