Solo hay un camino, el empleo


Iniciamos el último año de la felicidad perdida, el 2007, con 2,158 millones de españoles trabajando en la edificación y otros 512.000 en obra civil, es decir 2,671 millones de ocupados vinculados al cemento. A partir de ese momento, y durante siete años continuados, esas dos actividades solo generaron una cosa, desempleo. Se nos abrió una vena de destrucción que devoró algo más de 1.200.000 puestos de trabajo directos. Sobre sus efectos colaterales, no voy a hablar, muchos son evidentes y cuantificables, otros intangibles, pienso en la rabia o en la frustración que nos asola. ¿La corrupción? Ese es un mal que entra con facilidad en los cuerpos más débiles, en aquellos con menos higiene democrática. Debilitemos la democracia y siempre habrá corrupción, haya o no haya construcción.

En el 2014, con 745.000 ocupados en edificación y 158.000 en obra civil, en total 903.000 empleos, se toca suelo. Hoy hay algo más, por encima de los 810.000 en una actividad y de los 160.000 en la otra. Variaciones pequeñas, pero ilusionantes. Y ha leído bien, ilusionantes; porque soy de los que defienden que tener dos millones doscientos mil ocupados en asfalto y cemento era excesivo, pero tener menos de un millón tampoco es una bendición de Dios. Piense que este país cuando tuvo más ocupados fue en el 2008 con 20,469 millones, y terminamos el 2015 con 17,866 millones. Es decir, si somos capaces de generar 2,603 millones de puestos de trabajo seremos quienes de resituar España en una posición asumida por todos como de amplio bienestar. Y si fuéramos capaces de continuar avanzando y llegáramos a tener del orden de los 23 ó 24 millones de cotizantes, entonces espadas de Damocles como nuestro actual sistema de pensiones, en donde los cotizantes sustentan a los pensionistas, pasarían a ser una fuente intergeneracional de bienestar ¿Y los salarios? Entrarían en la senda de crecimiento que todos ansiamos.

¿Qué intento decir? Que toda política económica que diseñemos o implementemos ha de decirnos si nos acerca o nos aleja de ese número, de esa meta de dos millones seiscientos mil nuevos cotizantes. Y si no es capaz de hablar en este lenguaje es que vive en otro mundo, no sé en cuál, pero desde luego en España, no. Y lo que me parece evidente es que en esa búsqueda desesperada de cotizantes, varios cientos de miles han de salir de nuevo del maldito cemento; y lo han de hacer por una razón muy simple, en ocho años no hemos sido capaces de crear otro país ¿Somos unos inútiles? No, simplemente cobardes. Duele mucho ver de nuevo a hombres con canas manchar sus manos en cemento, pero lo que realmente duele es ver como pilares humanos, ante la ausencia de actividad, se van diluyendo como azucarillos en un día de lluvia. Y esto, ¿a qué nos lleva? Pues nos debería conducir a abrir algunos debates, como la fiscalidad del capital; es decir de las rentas inmobiliarias, de los incrementos patrimoniales, a la fiscalidad de las transacciones de inmuebles. Lo me lleva a afirmar que el anuncio de Sánchez de que va a igualar la fiscalidad del capital al de las rentas de las personas físicas no solo es una idea peregrina, sino que sería un paso atrás en la creación de empleo. Y me da igual que el líder socialista afirme que el importe recaudado sería para asumir el desfase de las pensiones. Para jubilarse antes hay que haber trabajado. Obviedades que hay que recordar. El desfase de nuestro sistema de pensiones tiene otros debates, ninguno menor, que debemos algún día comenzar, cómo el sistema a utilizar, reparto o capitalización; las políticas migratorias, o el tratamiento fiscal de las familias, entre otros.

En todo caso, pasados nueve años desde el inicio de la nueva era, no estaría mal que empezáramos a tener alguna cosa clara, y desde luego una de ellas es que sin trabajo no hay país. Centrémonos.

Autor Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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