Tiempos raros, debates extraordinarios


Aunque ya nos hemos acostumbrado, la sucesión de debates de los últimos años en torno a las políticas económicas tiene mucho de asombroso. Sobre todo si lo comparamos con el panorama de ideas en gran medida estancadas que reinaban antes del 2008. Naturalmente, ello tiene mucho que ver con las muchas sorpresas y no pocos disgustos que nos ha dado la economía internacional y su azarosa evolución reciente, frente a la cual muchas de las explicaciones imperantes hace apenas una década suenan a música celestial. Ahora, en cambio, «estancamiento secular», «control de cambios», «márgenes para las políticas fiscales», o «procesos de reestructuración de deuda», son algunas de las cuestiones fundamentales sobre las que los economistas de primer nivel se posicionan en un sentido u otro, con proliferación de propuestas radicales y muy llamativas en una disciplina, digamos, más bien conservadora.

Pues bien, en las últimas semanas una nueva controversia de gran calado se va extendiendo cada vez más: la de la conveniencia de usar el llamado «helicóptero monetario». De un modo aproximado a veces se ha denominado de esta manera a la política monetaria muy expansiva seguida en Estados Unidos desde el 2009 (tan asociada a su principal gestor, Ben Bernanke, apodado Helicóptero Ben). La idea ahora se maneja de un modo mucho más preciso: dado que la acción no convencional de los bancos centrales se estarían acercando a su última frontera y las amenazas de estancamiento siguen siendo muy reales, habría que ir ahora más allá, hacia la monetización del gasto público y/o los recortes impositivos. De ese modo, los déficits se financiarían, no con la emisión de deuda sino con dinero nuevo.

Se trataría, entonces, de un mecanismo de engarce entre política monetaria y fiscal que permitiría que la liquidez llegara directamente al público, afrontando así del modo más tajante el drama de la trampa de liquidez en que hemos estado viviendo. Es difícil pensar en otra idea que choque más que ésta con la cultura económica predominante en las décadas previas a la crisis. Sobre todo, por dos motivos que es imposible ignorar: por sus seguros efectos inflacionistas, y porque representa el terreno perfecto para que gobiernos irresponsables y oportunistas aumenten el gasto o recorten impuestos con el único objetivo de ganar votos. Hasta tal punto llegó el temor a estos problemas que todo mecanismo de monetización fue sencillamente prohibido en muchos países.

Ahora, en cambio, algunos autores muy influyentes como Adair Turner, Willian Buiter, o el propio Bernanke, proponen abiertamente, si no el uso inmediato del helicóptero, sí que estemos preparados para hacerlo si los instrumentos monetarios actuales efectivamente no alcanzan. Todos ellos reconocen los serios problemas de esa propuesta, lo que les lleva a plantear algunas limitaciones técnicas o institucionales: que se haga por una sola vez; que no se implante sin haber reforzado antes la independencia de los bancos centrales (cuestión que, por otro lado, también suscita opiniones contrapuestas)? En realidad, nadie puede negar las consecuencias muy problemáticas de una política así, pero ¿y los costes de las políticas alternativas? ¿Hasta dónde se puede insistir en la profundización de los tipos negativos?

Mi opinión es que no se llegará a utilizar el helicóptero monetario, pero su sola presencia en el gran debate político económico es señal muy clara de que seguimos viviendo un tiempo de excepción.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía. Universidade de Vigo

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