Redefinir Galicia


Crecemos al mismo ritmo que España, es decir, un 0,8 % y, por cierto, somos la única autonomía que lo hace, el resto o tiran por delante, como Valencia o Murcia, o van muy por detrás, como nuestras vecinas del norte, Asturias, Cantabria, País Vasco y Aragón. De hecho, somos la única autonomía del Cantábrico que aguantó el tirón del primer trimestre. Así que, un poco de optimismo, que no va a ser todo llorar. Dicho esto, algo más de realidad. En el 2008, alcanzamos dos grandes metas: el mayor nivel de producto interior bruto de nuestra historia, con 58.000 millones y el máximo nivel de población ocupada, con un millón doscientas mil personas. Actualmente, estamos, por un lado, a 3.000 millones de alcanzar la producción del 2008, es decir, dos estornudos de Amancio Ortega, pero nos separan 200.000 empleos de nuestro máximo nivel de bienestar laboral, y estas sí que son cifras que ponen los pelos de punta. Ni el nacimiento en Galicia de una nueva Citroën o de un nuevo Inditex valdría para resituarnos en los niveles de ocupación que hemos conocido y debemos volver a conocer. Hace falta mucho más, la movilización de toda la economía; el esfuerzo conjunto de este país, la movilización de una buena parte de nuestra riqueza financiera, que ya supera los 45.000 millones de euros.

Agradezco y aplaudo los esfuerzos de la Xunta de Galicia por impulsar una agenda sólida de innovación; el apoyo que está dando a sectores como la biotecnología, las tecnologías de la información y de las comunicaciones, la industria aeroespacial o la de los drones. Es valioso, necesario y acertado, pero insuficiente para mover esta tierra. Es bueno recordar que todo el sector TIC gallego, motivo de orgullo para todos y el más maduro de los que pertenecen a la economía del conocimiento, tiene 2.200 empresas, pero solo 14.000 puestos de trabajo, y apenas mueve el 2 % de nuestro PIB. Necesitaríamos que se multiplicase por doce para que transformase nuestra estructura económica. Obviamente, en el largo plazo nada es imposible, pero los que se encuentran en el paro no están para más esperas.

Es cierto que hay que redefinir el papel de Galicia ante el mundo, pero esencialmente hemos de volver a definirla ante nosotros mismos. Y si alguna vez acometemos ese esfuerzo, no debemos olvidar que si no somos capaces de movilizar el capital privado no seremos nadie. Y cuando pienso en capital privado no tengo en mente a nuestros grandes patrimonios, estoy pensando en el de los comunes, en usted y yo; en el de nuestro vecino que es fontanero, el del primo que tiene una consulta médica o en el de nuestra amiga Luisa que acaba de hacerse emprendedora. Todos ellos juntos, en movimiento, son la verdadera marea que necesita Galicia, la que construye futuro. La Galicia de los individuos maduros, que invierten su dinero, lo arriesgan y más veces de las deseables lo pierden. Hace poco le dije al presidente Feijoo: «Si cierro los ojos y no veo quien me gobierna, juraría que estoy en un país comunista». Cierto que fui un poco exagerado, pero nadie negará que los empresarios de esta parte del mundo no podemos mover dos papeles sin pasar por la mesa del burócrata de alguna de las múltiples administraciones que nos gobiernan y aquí, en este sistema público, profundamente celoso de su poder, reside uno de los cuellos de botella de nuestro crecimiento económico.

Obviamente, no es el único, y tampoco hay que negar que podemos alcanzar grandes metas económicas sin reformar las administraciones públicas, pero ¿quién desea que su automóvil ruede con el freno de mano tirado?

Por Venancio Salcines

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