Tambores de tormenta


Levanta uno la mirada y observa el cielo lleno de nubarrones. Da igual que esté bajo el sol del desierto o veraneando en las cálidas playas de Costa Rica, el cielo está cubierto y lo está porque no se divisa la luz. No hay claridad. La incertidumbre económica, al igual que una espesa niebla, se está apoderando de la economía mundial. El efecto más inmediato es el enfriamiento de la economía y este ha empezado por las economías emergentes.

China, la gran fábrica del mundo, está mutando de piel, sustituyendo una estructura económica puramente industrial por otra más equilibrada, menos dependiente del exterior y más del consumo doméstico. Es decir, China ha entrado en una fase de madurez económica que le llevará a depender cada día más del bienestar de sus propios ciudadanos y menos de la capacidad económica de sus clientes del exterior. Esto en sí no es un peligro, es más bien algo lógico y esperable, la cuestión es que no sabemos a qué velocidad se producirá. Y en la economía, los cambios han de ser siempre lentos, tan lentos como para que las sociedades nacionales los puedan metabolizar. Un enfriamiento acelerado de la economía china, como ya hemos podido observar, dará lugar a una fuga de capitales hacia monedas refugio, generando un riesgo de shock financiero en los mercados de capitales chinos. Con que esos tambores de tormenta empezasen a sonar, habría consecuencias inmediatas en los mercados de materias primas y minerales. Y por este canal, el de los precios mundiales, se podría extender una hipotética crisis china hacia las economías emergentes, como pueden ser las naciones latinoamericanas.

Brasil es otro país con una crisis de madurez evidente, fruto de una larga trayectoria de crecimiento económico. Si algunos piensan que esa trayectoria no ha sido ni tan evidente ni tan larga, deben recordar que los últimos gobiernos democráticos han conseguido sacar de la pobreza a varias decenas de millones de brasileños. Pero, aunque ese dato es digno de admiración, lo cierto es que el gigante latinoamericano no fue capaz de crear igual número de trabajadores cualificados. Y ahí, en sus deficiencias de capital humano subyacen las verdaderas causas de la crisis brasileña, a la cual, como un profundo castigo divino, se le suma una crisis política que evita que el país pueda tejer con calma políticas que aceleren su recuperación.

El resto de Latinoamérica, obviamente, padece el enfriamiento brasileño, pero especialmente sufre las consecuencias de la desaceleración de China. Naciones como Chile, Perú o Bolivia son muy dependientes de los precios en los mercados mundiales de las materias primas, y otros como Colombia, Ecuador, Venezuela o México tienen serias dificultades para poder crecer con robustez cuando el precio del barril de petróleo se sitúa por debajo de los cuarenta dólares. Por una vía o por otra, son pocas las economías que no se ven afectadas por las turbulencias que llegan desde Pekín o desde Ryad.

Europa, sometida a la austeridad germana, parece haberse colocado en un eterno letargo, situación que parece no incomodar a Berlín, principalmente porque el desempleo germano es bajo y sin costes políticos para la canciller Merkel. Pero la tranquilidad que se vive en las calles alemanas no se repite ni en el sur de Europa, ni en Roma, ni en Francia. La sociedad europea solicita una nueva política económica, pero esta demanda aún no ha llegado a la agenda de Gobierno de Bruselas. ¿Llegará? Todo es posible en el largo plazo, pero como decía Keynes, a ese plazo ya todos estaremos muertos.

Autor Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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