EE.UU. y los límites de la globalización


Como primera economía del mundo que es, la norteamericana ha tenido un protagonismo decisivo en la globalización contemporánea. Lo cual no quiere decir en absoluto que este fenómeno sea una invención de ese país, ni mucho menos que este lo haya afrontado sin contradicciones o zonas oscuras. En materia de apertura comercial, por ejemplo, la evolución norteamericana de los últimos lustros es un caso muy característico de conflicto entre la retórica del libre comercio y un descarado uso de medidas proteccionista (en la agricultura o determinados sectores industriales) cuando la contracción acecha. Y en cuanto a la liberalización de los flujos financieros es indiscutible que el papel central correspondió a organismos internacionales -como el FMI- radicados en la ciudad de Washington, pero los dirigentes que lo impulsaron eran en su mayoría europeos. 

No hay duda, en todo caso, de que si la economía norteamericana diese pasos significativos hacia una reducción de su grado de apertura externa, lo que en las últimas décadas hemos conocido como globalización experimentaría un cambio crucial: se habrían alcanzado sus famosos límites, a partir de lo cual solo cabría esperar un retroceso. ¿Qué sentido tiene ahora mismo esta conjetura? Sencillamente, en la opinión publica y en el juego político norteamericanos parece estar instándose con mucha fuerza la idea de que los principales males de su economía proceden del exterior: de China, de México, de la UE.  Como consecuencia de ello, de los cuatro candidatos que restan en la batalla electoral -los republicanos Donald Trump y Ted Cruz, y los demócratas Bernie Sanders y Hillary Clinton-, los tres primeros se muestran abiertamente favorables a la opción aislacionista en materia comercial, y solo la última se muestra más moderada. Y aunque es verdad que es Clinton, precisamente, la principal favorita para obtener la presidencia, sus recelos y matices a los acuerdos de liberalización comercial también se alejan de las posiciones comunes en la política tradicional del país.

Es decir, podríamos estar ante una nueva y muy importante amenaza inmediata -en el horizonte del 2017- de espiral proteccionista, pues, como tantas veces, a una acción norteamericana en ese sentido, seguiría una reacción de otros muchos países afectados por aquella. No es raro, por eso, que en las últimas semanas se haya levantado un coro de economistas estadounidenses de diversas tendencias (desde Ken Rogoff a Larry Summers, pasando por Bradford DeLong) que advierten del lío en el que su país se puede estar metiendo. Una posibilidad -la de una batalla general de proteccionismos- que se vería reforzada en el caso de una eventual salida británica de la UE, cuyo impacto comercial en el continente difícilmente quedaría circunscrito al país anglosajón. 

Por mucho que no proceda una idealización trivial del libre comercio -pues algunos aspectos de ciertos tratados comerciales, como el TTPI actualmente en fase de negociación, pueden resultar lesivos en materias tan importantes como la distribución de la renta o la protección de los consumidores- es innegable que en términos generales constituye un factor de progreso y la parte que pudiéramos calificar como más noble de la globalización. Por eso, resulta curioso que la presión aislacionista se dé en ese ámbito, mientras permanece en gran medida fuera del espacio de deliberación política -en EE.UU., como en otros países- su parte más peligrosa, causante última del marasmo económico en que seguimos viviendo: la liberalización generalizada y transnacional de los flujos de capital. ¿Habremos dejado ya atrás la frontera de la economía global?

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía

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