En Galicia andamos, que no galopamos

Galicia arranca. Esta es una realidad que se palpa en la sociedad o, al menos, eso se deduce de la opinión de los economistas gallegos, expresada en su último barómetro, presentado esta semana en Vigo


Otra cosa es hablar de la velocidad de crucero a la que se está moviendo su principal motor, el consumo doméstico, y en este sentido, solo el 5 % de los economistas creen que este crece de un modo significativo, aunque el 54 % lleguen a afirmar que observan un aumento moderado. Es decir, prácticamente un 60 % ven encendido el motor, aunque pocos opinen que estemos pasando por una situación económica óptima. Y si en el análisis del presente y el pasado reciente no se encuentran gotas de euforia, mucho menos se podrán hallar mirando para el futuro. La actual inestabilidad política, minusvalorada por una parte sustancial de nuestra clase política, es observada con suma preocupación por nuestros economistas, de tal modo que el 75,44 % manifiestan estar más o menos preocupados por el futuro de nuestra recuperación económica. De hecho, prácticamente el 40 % afirman que sus efectos negativos ya son evidentes, atreviéndose solo el 6 % a afirmar que no tiene efectos relevantes.

¿Y cómo cambiar nuestro destino? Dejando al margen los temas coyunturales que nos amargan el día a día, existe un amplio consenso de que debemos mejorar radicalmente nuestro sistema educativo. Pero me atrevo a decir que mis colegas, al afirmar esto no están pensando en las últimas reivindicaciones de los sindicatos docentes y sí en nuestro tejido empresarial y económico. Basta ya de un sistema universitario que no es capaz de transferir conocimiento a la tierra que lo mantiene. Que con su desprecio a la formación profesional superior está pervirtiendo la estructura educativa del mercado laboral. El segundo punto de consenso es la captación de inversión extranjera o la creación de nuevos nichos de empleo, medidas que reclaman, para poder ser realidad, una Galicia abierta, cosmopolita, captadora de capital humano. Una Galicia que si miras, está ahí, emergiendo, luchando por romper el cascaron de mediocridad que envuelve a tantas y tantas capas de nuestra sociedad. Una Galicia que si desea ocupar un lugar en el mundo, lo primero que ha de tener claro es que hemos de ser un único espacio económico, un único mercado, una única unidad de acción. Una tierra tan sólida como abierta al mundo o a la competencia interior.

A la endeble y vetusta economía española, y en esto la gallega va en el mismo carro, la estamos metiendo, a macha y martillo, en una nevera llamada inestabilidad. Y aunque mantiene pulso vital toca abrir, más temprano que tarde, las puertas del refrigerador y eso solo se consigue con una hoja de ruta económica nítida y transparente. Es evidente que cada día más consumidores posponen sus decisiones de compra más importantes y ya son frecuentes los empresarios que empiezan a hacer público que paralizan sus inversiones en espera de un entorno despejado. Ocho años luchando, intentando sobrevivir a esta crisis, y ahora que salíamos del pozo, ha de ser nuestra inmadurez política, nuestra incapacidad genética para pactar, la que nos ponga la zancadilla. Pocas veces he visto a un país que se identifica como desarrollado, lastimarse tanto y a sus partidos, ansiar tanto el poder, tanto y tanto que han convertido su ideario en un medio y no en un fin. Debe ser cierto que España es una gran nación, por mucho que intenta suicidarse nunca lo consigue.

Por Venancio Salcines Presidente de la Escuela de Finanzas

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