Los bancos, una vez más


De tantas veces repetida a lo largo de los últimos siete años, la pregunta empieza a cansar: ¿está a punto de producirse, ahora en territorio europeo, otro accidente como el de Lehman Brothers? Esta vez, sin embargo, la cosa parece más seria y preocupante: son muchas las señales que van apareciendo en los últimos meses de que la banca europea puede dar algún disgusto importante en un plazo breve.

Si a finales de año, los rumores se centraban el periferia -bancos griegos y portugueses- con la entrada del 2016 ya fueron las entidades italianas las que cobraron protagonismo negativo, para dejar paso rápidamente a la gran banca alemana (sobre todo el Deutsche Bank, si bien el los últimos días los temores se extienden a otro gigante, el Commerzban) y francesa (Société General). Un solo dato: en las seis primeras semanas de este año, tres de los mayores bancos del continente (que figuran entre los treinta que en todo el mundo se consideran sistémicos, el Deutsche, la Société General y el italiano Unicredito), perdieron más del 35 % de su valor de capitalización bursátil. Algo que si no es un crac se le parece mucho.

¿Qué está detrás de esta nueva amenaza de tormenta financiera a gran escala? Algunas respuestas serían: un proceso de recapitalización -tan imprescindible como difícil de llevar a la práctica- que está solo a medio hacer y genera muchas dudas, pues entre otras cosas origina dificultades operativas a las entidades. También a medio camino, y plagado de tantos retrocesos como avances, está el gran proyecto institucional para el futuro de este sector, la Unión Bancaria. Por otro lado, los márgenes de las entidades se estrechan considerablemente en un entorno de tipos de interés cero o negativos. Y todo eso se convierte en explosivo cuando se redobla el miedo a una tercera recesión, que llevaría las tasas de morosidad a unas cotas que ahora serían muy difíciles de soportar. 

Dos reflexiones de cierto calado surgen ante esta nueva situación, que por cierto ha sido una sorpresa muy relativa, pues esta vez no han faltado advertencias de que, al no haberse producido un cambio de fondo en las finanzas internacionales, algo así podía ocurrir. La primera se refiere al principio de too big to fail (demasiado grande para dejarlo caer):

 resulta que en poco tiempo podemos estar de nuevo ante el dilema de salvar algún gran dinosaurio financiero con cargo al presupuesto público, naturalmente para evitar el mal mayor que para la economía real podría acarrear su eventual colapso. Este problema de sobredimensión choca radicalmente con el hecho de que la «reforma financiera» en Europa (y desde luego en España) si ha avanzado por algún camino ha sido por el de fusionar entidades, reforzar el oligopolio y, en último término, aumentar su tamaño.

La segunda reflexión se refiere a cómo la transparencia (o mejor, la falta de ella) incide sobre la confianza en los bancos (organizaciones económicas cuyas posibilidades de negocio se basan precisamente en eso, la confianza del público). En ese sentido, desmoraliza pensar que las pruebas de esfuerzo realizadas en el 2014 detectaban problemas en una veintena de bancos europeos -todos de pequeña dimensión-, pero no en ninguna de las entidades que estos días más preocupan. En particular, solo una entidad alemana -el poco relevante Münchener Hypothekenbak- aparecía entonces señalada con el dedo. Si aquellas pruebas se hicieron para aumentar la fiabilidad del sistema, visto a la luz de la presente situación no es de extrañar que la confianza se resienta de un modo muy significativo. Y con ello la percepción de que la bomba que descubrimos en el 2007 no ha dejado de estar con nosotros durante todo este tiempo.

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