Encrucijada en la banca española

El sector financiero, superada la crisis económica, se enfrenta a serios problemas por las dificultades para obtener rentabilidad, que se ven compensados, sin embargo por la reducción del volumen de provisiones por riesgo de crédito. Dependiendo de cómo evolucione el crecimiento económico del país, podría abrirse una nueva oleada de fusiones 


El último informe de Estabilidad Financiera (IEF) del Banco de España, de noviembre del 2015, arranca destacando lo que estima como los tres grandes factores de riesgo para las entidades financieras:

1. Baja rentabilidad en el negocio bancario en España, en un entorno de tipos de interés muy bajos, que puede perdurar en el tiempo, junto a un dinamismo de la actividad bancaria todavía reducido y con un nivel de activos dudosos elevado, aunque a la baja. 

2.  Intensificación del ritmo de desaceleración de las economías emergentes, en particular donde los bancos españoles tienen parte de su exposición en el extranjero. 

3. Corrección de los precios de los activos financieros, con aumentos de la prima de riesgo, tanto de la deuda pública como de los valores privados.

Dos de estos tres factores son exógenos, se escapan al control de los gestores bancarios, pero hay un tercero: la baja rentabilidad del negocio, que aun siendo motivada por la actual política monetaria del Banco Central Europeo, muestra un campo de acción para los ejecutivos bancarios. En todo caso, es necesario reconocer que el entorno de bajos tipos de interés, como reacción a una tasa de inflación en la eurozona inferior al objetivo del dos por ciento aprobado en su día por el BCE, está sometiendo al margen de intereses de la cuenta de resultados de las entidades de depósito españolas a una presión significativa, la cual es más evidente en aquellas entidades que tienen el eje central de su negocio en la zona euro. 

Si realizáramos una visión retrospectiva de la diferencia entre la rentabilidad media de las inversiones y el coste medio del pasivo bancario, podríamos comprobar que al inicio de la década de los noventa se situaba en el entorno del 3,6 %, al inicio del siglo XXI la diferencia entre la rentabilidad media de las inversiones y el coste medio del pasivo ya se situaba en entornos del 2 %, estando en la actualidad en posiciones del 1 %, exactamente el 1,2 % en diciembre del 2014. Es decir, la banca española, al menos en su negocio doméstico, está teniendo serios problemas para obtener rentabilidades significativas. Y este aspecto actual del sistema financiero de la eurozona tiene obsesionado a la banca europea en general y a la española en particular. Es por tanto lógico deducir porqué todos los focos apuntan hacia el mismo lugar, el margen de intermediación y su evolución. Ahí reside el core business de una entidad y en consecuencia es lo que preocupa no solo al Banco de España y al Banco Central Europeo, sino también a los analistas financieros e inversores bursátiles. 

Reglas del juego

A pesar de que el Banco de España ha observado una cierta mejora en el margen, lo cierto es que el sector está sometido a un cambio evidente de las reglas de juego. Toda actividad empresarial debe situarse estratégicamente en una posición de margen o de volumen, lo que no puede es vivir permanentemente en un espacio de escaso volumen con reducidos márgenes, territorio que, al igual que un denso campo de arenas movedizas, parece haber atrapado a nuestro sector bancario. Tanto los analistas como los supervisores constatan un descenso en el volumen total del crédito y en el de depósitos bancarios. Cuando se analiza el negocio bancario en este país, se constata que el crédito al sector privado residente a junio del 2015 había caído en un 4,5 % en tasa interanual. Dato que implica continuar con la tendencia observada en los últimos trimestres, aunque es necesario observar que existe una desaceleración evidente, es decir, se camina hacia una posición de mejora o incremento del saldo vivo. Una lectura del volumen de crédito a las empresas no financieras muestra un panorama similar, un descenso en tasa interanual del 5,7 % a junio del 2015. Dato que, al igual que el observado para el sector privado residente, muestra una mejora frente a la serie histórica, pero es insuficiente y poco alentador. Los datos de descenso se agudizan en el caso de las actividades inmobiliarias y de construcción, donde la caída del crédito fue del 14,9 % en tasa interanual de junio del 2015, frente a la caída del 16,7 % observada un año antes. El crédito a familias, tan relevante por su capacidad para aportar margen al negocio bancario, presenta un descenso interanual del 5 % a junio del 2015, el cual se agudiza hasta el 5,3 % en el caso del concedido para adquisición de vivienda. En consecuencia, si el volumen o negocio bancario se reduce o crece de modo muy moderado en un marco de reducción de márgenes, es de esperar un crecimiento prácticamente nulo o incluso negativo de las rentabilidades bancarias vía negocio.

Este entorno complejo en el que se mueve actualmente el sector no está ajeno a las amenazas, siendo el elemento que ejerce una mayor presión a la baja el elevado volumen de activos dudosos y adjudicados en los balances de las entidades. Bien es cierto que la morosidad bancaria alcanzó su máximo en el 2013 y lleva, por tanto, dos años de descensos continuados, pero a pesar de esta tendencia positiva todavía nos situamos en los dos dígitos o en valores muy cercanos a ellos. Como contraposición positiva a esta amenaza evidente encontramos una reducción en el volumen de provisiones por riesgo de crédito, siendo este el verdadero balón de oxígeno al que se puede aferrar el sector. 

En este marco preocupante parece lógico que se planteen diferentes opciones que generen una mayor estabilidad al sector, y entre ellas cada vez cobra más fuerza la de una nueva oleada de fusiones bancarias. Subyace detrás de esta apuesta del sector el sentimiento de que viviremos una larga etapa de tipos bajos, y en consecuencia solo podrán sobrevivir sin sobresaltos aquellas entidades con un elevado volumen y/o con una cartera de riegos muy diversificada. Se concluye que no existe bajo el sol ningún escenario que haga crecer el negocio bancario y, lógicamente, el recurso a las provisiones tocará a su fin, al igual que estamos viendo palidecer el protagonismo de las ROF o Resultados de Operaciones Financieras, es decir, la cuenta que mostraba el beneficio obtenido por la entidad al negociar con deuda pública. Lo cierto es que si la economía española modera su actual estancamiento y se coloca en tasas de crecimiento del Producto Interior Bruto inferiores al dos por ciento, es previsible que lo indicado anteriormente acontezca y a una velocidad superior a la esperada por numerosos analistas. Bien es cierto que caben otros escenarios, ya que donde unos ven deflación otros visualizamos una inflación subyacente con tendencia positiva y que ya se encuentra en valores muy cercanos al uno por ciento. Igualmente, donde otros ven una tasa de paro tan elevada que prolongará el estancamiento del volumen del crédito a los hogares, otros percibimos que en el 2015 entraron cerca de seiscientos mil nuevos cotizantes y que si se mantuviera esta tasa de generación de empleo en el año 2020 tendríamos el mismo número de cotizantes que en el 2007. Es decir, el sector financiero vive un entorno sumamente complejo que requiere de tasas de inflación moderadas que provoquen un crecimiento del margen de intermediación y un incremento de los volúmenes de crédito de la clientela que genera un mayor margen, es decir, las familias y las microempresas. En caso contrario se fortalecerán considerablemente las voces que defienden que el negocio bancario ha de crecer vía volúmenes y no márgenes, y por tanto, que se requiere un nuevo mapa de fusiones.

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