Los malos barruntos vuelven a Davos

En las últimas décadas, sin embargo, Davos, aquella comuna suiza ha pasado a ser uno de los grandes símbolos y escaparates del capitalismo globalizado


Para los amantes de la literatura, Davos siempre será el lugar en el que los personajes de La montaña mágica, la gran novela de Thomas Mann, penaban sus largos años de enfermedad. En las últimas décadas, sin embargo, aquella comuna suiza ha pasado a ser uno de los grandes símbolos y escaparates del capitalismo globalizado: lugar de encuentro de grandes empresarios y banqueros con políticos del más alto nivel, periodistas y expertos, el Foro Económico Mundial es sobre todo importante -más que para la toma efectiva de decisiones- como un gran sensor del estado en que se encuentran los problemas mundiales y las percepciones que unos y otros tienen sobre el futuro económico inmediato.

En los primeros años de este siglo, por ejemplo, la euforia general reinante aparecía multiplicada en la gran cita suiza: mucho entusiasmo y pocas alertas de que algo maligno se estaba gestando por debajo de las apariencias. Por el contrario, en los arranques del 2008 y, sobre todo, del 2009, el Foro de Davos fue una mezcla de desconcierto, deseos a veces inconcretos de actuar «para evitar otra Gran Depresión» y buenas dosis de miedo. Pues bien, después de varios años de predominio de una cierta confianza en la recuperación -lenta y cargada de desafíos, pero recuperación al fin-, en esta edición del 2016, todas las crónicas de lo que allí está ocurriendo apuntan a un nerviosismo agudo y generalizado. Malos barruntos: casi diríamos que el miedo ha vuelto a Davos. 

Y es que a medida que pasan las semanas, las expectativas de cara al 2016 no dejan de oscurecerse, con los mercados de capital en situación de creciente estrés. ¿Cómo interpretar, si no, más allá de los sustos en las bolsas, que desde el inicio de año se hayan retirado casi cuatro billones de dólares de los mercados globales? La desconfianza sobre el estado y las perspectivas de las economías emergentes son cada vez mayores (incluyendo el temor a que el crecimiento chino sea mucho menor de lo que dicen las estadísticas oficiales). El comercio mundial, por su parte, parece estar sufriendo ya en serio las consecuencias de la nueva situación; de hecho, pocos datos han resultado tan impactantes como el recientemente revelado de que las importaciones chinas cayeron más de un 13 % en el 2015. Si recordamos que fueron precisamente esas economías y la dinámica muy expansiva del comercio lo que permitió que los países desarrollados afrontaran el marasmo entre el 2010 y el 2013, y finalmente salieran de él, entonces se entenderá la razón de esa creciente preocupación.

El verdadero problema está en las tendencias de fondo, tanto las relativas a los mercados de capital, como a las tendencias del crecimiento. Con respecto a lo primero, es ahora cuando nos acordamos de que algunas de las grandes reformas dirigidas a poner orden y reducir la escala de las desmesuradas finanzas globales, que se proclamaron como urgentes en el 2008, están aún por hacer. Y en cuanto al crecimiento esperado, el gurú Nouriel Roubini -famoso sobre todo por acertar con alguno de sus pronósticos más siniestros- acaba de afirmar que «el crecimiento potencial de la economía mundial se ha reducido,? y el crecimiento real no llegará al potencial». 

¿Demasiado pesimismo? Quién sabe. Después de todo, las economías norteamericana y japonesa parecen estar mejorando. Y la historia económica y financiera muestra que tras ocho años de anomalías económicas, ya habría llegado el momento de dejarlas atrás con un cierto vigor. No parece que haya llegado ese momento. Más bien, sería recomendable agarrarse con fuerza porque todo anuncia que en los próximos meses vendrán curvas y toboganes.

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía. Universidade de Vigo

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