Riqueza y desempeño ambiental

La reciente Cumbre Climática de París ha puesto sobre la mesa la necesidad de que los países desarrollados apoyen financieramente a los menos ricos para evitar que, al imitar su modelo de crecimiento y consumo, dañen la calidad mediaoambiental global. 


Desde hace décadas se viene discutiendo si a un mayor nivel de riqueza nacional se asocia necesariamente un mejor nivel de calidad ambiental o, dicho al revés, si conforme aumenta el nivel de riqueza medio de los países los impactos ambientales en ellos registrados se hacen menores. En esta segunda formulación esta idea se conoce como CKM (curva de Kuznets ambiental) en referencia a una hipótesis semejante que relaciona nivel de riqueza y de desigualdad social.

Los análisis disponibles sugieren que la relación entre nivel de riqueza e impactos ambientales podría ser inversa para algunos de ellos (por ejemplo residuos o deforestación), pero creciente y directa para otros (por ejemplo, las emisiones de C02 asociadas con el cambio climático). Así las cosas no podríamos concluir con una afirmación global en uno u otro sentido.

Afortunadamente disponemos de índices sintéticos para la calidad ambiental que recogen diversas dimensiones de dicha calidad con varios indicadores para cada una de ellas. Uno de los más conocidos es la huella ecológica. Cuando se analiza para el conjunto de los países del mundo la relación entre su nivel de riqueza por habitante y su huella ecológica media por persona nos encontramos con que a mayor nivel de riqueza se anota una mayor huella ecológica. Estarían acoplados. No tendríamos la buena noticia de que conforme los países se hacen más ricos, su nivel de sostenibilidad ambiental sea mejor. Es esta una pésima noticia que obliga a realizar intervenciones públicas para corregir dicha tendencia. La reciente cumbre del clima de París es buena prueba de ello.

Otro índice sintético de calidad ambiental es el EPI (Environmental Performance Index) elaborado bianualmente por el Foro Económico Mundial y la Universidad de Columbia que en su entrega del año 2014 utiliza datos para 178 países referidos al 2012. Distingue dos dimensiones: la salud ambiental y la vitalidad de los ecosistemas. A la primera se le da un peso del 40?% y a la segunda del 60 %. Dentro de la salud ambiental, se ponderan los impactos en la salud, la calidad del aire y la gestión y calidad del agua. Dentro de la vitalidad de los ecosistemas se ponderan asuntos como la agricultura, los bosques, las pesquerías, la biodiversidad, el clima, la energía o los recursos acuícolas. Se manejan en total 19 indicadores para cada país.

Con esa casi veintena de indicadores se estima un índice sintético EPI que permite ordenar a todos los países del mundo de una mejor a una peor posición. El Joint Research Science de la Comisión Europea ha realizado un informe de evaluación del EPI y recalculado la posición mediana de cada país según diferentes hipótesis.

Un primer gráfico recoge para el año 2012 la distribución de los países del mundo según una doble escala. Por un lado, su posición en el ránking mundial de ingresos medios por habitante (INB según datos de Naciones Unidas y el Banco Mundial en el eje horizontal) y por otra su posición en el ránking mundial de desempeño ambiental (EPI en el eje vertical).

La distribución de los puntos de los casi doscientos países sugiere una buena noticia. Los países más ricos (al fondo a la izquierda del gráfico) son también los países con mejor desempeño ambiental. Los menos ricos (parte superior derecha) son también los que tienen una peor posición mundial de calidad ambiental. Pongamos dos ejemplos extremos. Noruega que está en la 5ª posición en nivel de riqueza a escala mundial ocupa la 9ª posición en calidad ambiental, mientras que Mali que ocupa la posición 178ª en ingresos tiene la posición 175ª en calidad ambiental.

A una más alta posición en nivel de riqueza se asociaría una muy semejante y buena posición en calidad ambiental. ¿Sucede esto siempre?, ¿existen matices preocupantes? La respuesta a la primera pregunta es negativa y a la segunda es positiva. 

Si observamos la horizontal del gráfico en torno al nivel 40º de calidad ambiental, vemos puntos de varios países: en un extremo Kuwait que en ingresos es el 3º país del mundo y en el otro Tonga que en riqueza ocupa la posición 121ª. En ambos casos la calidad ambiental está muy desacoplada del de su nivel de riqueza, en Kuwait para mal, en Tonga virtuosamente. Ser rico no es condición suficiente para un buen desempeño, ni ser pobre lo es para un mal desempeño. A una semejante calidad ambiental se puede llegar desde niveles de riqueza muy distantes como demuestra el caso de Kuwait y Tonga.

Lo mismo sucede si observamos el gráfico en vertical en torno a la posición 120ª de riqueza que ocupaba Tonga (con una mucho mejor posición ambiental, 42ª). En esa vertical, encontramos en la parte superior a Angola que con una posición de riqueza muy semejante a Tonga (la 113ª) está en la posición ambiental 158ª. Dos países muy semejantes en riqueza pero con una muy distante calidad ambiental.

Es por ello que recogemos en un recuadro los países más virtuosos (como Tonga) y los más desastrosos (como Kuwait o Angola) del mundo en la transformación de riqueza en calidad ambiental. 

En los desastrosos encabeza la lista Guinea Ecuatorial que desciende 88 posiciones en el ranking mundial respecto a la que ocupa en ingresos (la 39ª), porque en calidad ambiental ocupa la 127ª. Se iguala así a un país como la República Centroafricana que está en la posición ambiental 131ª pero partiendo de un nivel de riqueza muy inferior. Mientras en Guinea el ingreso medio es de 21.700 dólares en la República Centroafricana es de sólo 722 dólares. Mayor riqueza no es garantía de mayor calidad ambiental. Añadir que en este grupo solo encontramos dos países desarrollados: Argentina y EE.UU.

En los virtuosos Zimbabwe lo es en máxima medida ya que de estar en la cola en nivel de riqueza (186ª) pasa a ocupar una muy superior posición en el ranking ambiental mundial (90ª). Es así que llega a situarse en calidad ambiental muy cerca de Argentina. Pero lo hace con unos ingresos medios por habitante de 424 dólares frente a los 15.347 de Argentina. Concluimos de nuevo que una mayor riqueza no es garantía de mejor calidad ambiental.

Es este segundo grupo de países más virtuosos y en desarrollo que debiera apoyarse como buenos ejemplos y tractores de una mejor calidad ambiental global por parte de los países más ricos del mundo. Por ejemplo en las políticas aprobadas en París para evitar, o al menos reducir, el cambio climático.

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