América Latina cambia el paso

Las dos famosas «décadas perdidas» de América Latina que siguieron a su colapso financiero de 1982, dieron paso, ya con el cambio de siglo, a una situación económica enteramente distinta, en la que el rasgo más destacado fue la recuperación de una línea de fuerte crecimiento


Ese cambio de tendencia presentó además varios rasgos muy positivos inéditos en la región. Por un lado, el crecimiento no trajo consigo -a diferencia de lo que siempre antes había ocurrid- desequilibrios macroeconómicos de mayor entidad, al menos en un primer momento.

Por otra parte, fueron años en los que se avanzó en la resolución del mayor y más crónico problema social de esos países: la brutal desigualdad. A través de políticas redistributivas bastante bien diseñadas e innovadoras (como los programas de transferencia condicionada, en la que los subsidios a familias pobres quedan vinculados, por ejemplo, a la asistencia de los niños a las escuelas, lo que supone matar varios pájaros de un solo tiro), se consiguió reducir las disparidades y aumentar el grosor de las clases medias en varios millones de ciudadanos. 

Todo ello, además, con otras dos novedades de fondo. Primero, el cambio geoestratégico, manifestado en la gran presencia inversora de potencias antes ajenas a la región, como China. Y segundo, los gobiernos que mayoritariamente protagonizaron esa vuelta al crecimiento eran de izquierda o centroizquierda, en algunos casos con un fuerte componente populista. Ese fenómeno parece estar ahora mismo cambiando a gran velocidad. El reciente vuelco en la presidencia argentina sería el dato más revelador, pero parece evidente que en diversos países del área -de Brasil a Venezuela- podrían estar cociéndose tendencias análogas.

En realidad, el cambio de ciclo político no es más que una réplica del que ya se ha operado en el ciclo económico. Para la mayoría de esos países alcanzar las tasas de crecimiento de hace unos pocos años es hoy solo una quimera, estando algunas economías, como la brasileña, en abierta e intensa recesión. Pareciera, sencillamente, que aquel modelo por lo menos en apariencia virtuoso está en gran medida agotado. Y como suele ocurrir con la crisis, es ahora cuando muestra sus puntos más endebles.

La primera y principal debilidad está en que la desaceleración llega a muchas de esas economías debido a la caída de los precios internacionales de las materias primas. Lo cual muestra que, después de todo, ese modelo de crecimiento no era demasiado diferente del tradicional, basado en la exportación de productos no elaborados. El segundo punto frágil es que, con el paso del tiempo, regresó la vieja volatilidad macroeconómica. En Argentina, por ejemplo, la tasa de inflación supera ahora mismo el 25 % (¡que raro se hace ese dato, siendo nuestro problema el contrario, es decir, la amenaza de deflación!).

Sin embargo, cuando América Latina parece ir hacia una nueva situación económica y política, no estará de más recordar que la que quede atrás dejará también algunos posos muy positivos. Como acaba de señalar Basilio Lourenço en su reciente y brillante libro Transparencia o barbarie (Mar Mayor), hay que distinguir entre unas y otras experiencias nacionales. Por ejemplo, dentro del mundo «bolivariano» no es lo mismo la disparatada política venezolana que la de Ecuador (esta última mucho más inclinada a buscar la eficiencia y la integración de diferentes sectores sociales: sus resultados serán, por tanto más duraderos).

Por lo demás, la búsqueda de una cierta autonomía política, las fórmulas de integración regional y la preocupación por reducir la pobreza (que esperemos ahora no revierta) quedará probablemente como lo mejor de esa década de «crecimiento recuperado».

Por Xosé Carlos Arias Catedrático de Economía. Universidade de Vigo

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