Los esclavos gallegos de Urbano Feijoo (II)

Urbano Feijoo de Sotomayor, hidalgo ourensano con casa petrucial en Viana do Bolo, comerciante negrero y administrador de ingenios azucareros en la isla de Cuba, ideó y puso en marcha su Compañía Patriótico Mercantil a mediados del siglo XIX


Su objeto «social»: la introducción de miles de gallegos en la colonia, por períodos quinquenales y en régimen de cautividad, con el fin de paliar la escasez y carestía de la mano de obra negra tras la prohibición del tráfico de esclavos. 

Urbano echaba cuentas. Apenas una década antes de concebir su «filantrópico pensamiento», un esclavo negro costaba 350 pesos y una caja de azúcar se vendía a más de 30 pesos. Ahora, a la altura de 1853, el precio del esclavo casi se había duplicado y la cotización del azúcar se había reducido a menos de la mitad. Los hacendados de la isla caminaban hacia la ruina: el coste del producto superaba su precio de venta.

LOS NÚMEROS DE FEIJOO

Urbano precisaba más. La explotación de esclavos, que tras la prohición entraban en la isla de contrabando, se había vuelto más onerosa que la utilización de mano de obra «libre». Así lo probaban sus cálculos. En el primer caso, estimaba que los esclavos constituían la mitad del capital fijo de un ingenio azucarero. Por cada 1.200 pesos de inversión, 600 se destinaban a la compra de un negro y otros 600 correspondían al valor de las tierras, bueyes, instalaciones y maquinaria. El esclavo producía anualmente azúcar por valor de 225 pesos: quince cajas, a quince pesos cada una. Pero a los ingresos brutos del hacendado había que deducir los gastos de explotación, la merma del capital y el lucro cesante: 67,5 pesos «de refacción» -manutención de la mano de obra y de los bienes de equipo-, 144 pesos para cubrir amortizaciones y riesgos -epidemias de cólera o de viruela, incendios, obsolescencia del capital- y 120 pesos en concepto de intereses -12 %- que el capital utilizado proporcionaría en cualquier entidad bancaria. En total, 331,5 pesos, lo que suponía para el patrón una pérdida de 106,5 pesos por cada negro esclavizado.

La contratación de negros libres, consideraba el empresario ourensano, reducía en parte las pérdidas, si bien no las eliminaba. El jornalero negro producía lo mismo que el esclavo -225 pesos al año-, pero solo costaba 279 pesos (sueldo mensual de veinte pesos -25 en temporada de zafra- y un real diario «por manutención y quebrantos»). «La riqueza del explotador -concluía Urbano- mengua en 54 pesos por negro que emplee».

Esas son las cuentas que inspiran la iniciativa «patriótica» y «filantrópica» de Feijoo de Sotomayor: importar compatriotas gallegos que, además, atraviesan en la época una de las recurrentes hambrunas en su país. El gallego, argumenta, costará no mucho más de ocho pesos al mes -cinco de jornal y tres en gastos de manutención, vestuario, transporte a las Antillas...- y «nos proporcionará un provecho por lo menos doble del que ofrece el esclavo e incomparablemente mayor al que puede esperarse del negro jornalero, a los precios de hoy».

LAS CONDICIONES

Dicho y hecho. Urbano funda su Compañía Patriótico Mercantil, obtiene el monopolio de la introducción de gallegos en la colonia por un período de quince años y comienza a reclutar en Galicia braceros para los ingenios azucareros y cafetales de Cuba. Les ofrece transporte gratuito hasta la colonia, un ajuar completo al embarcar -dos camisas, un pantalón, blusa «a propósito de este clima», un sombrero de paja y un par de zapatos- y tres meses de aclimatación a su llegada, con todas sus necesidades cubiertas, antes de ser cedidos a los hacendados que los subcontraten.

Sus nuevos amos se compometen a pagarles cinco pesos al mes -la cuarta parte que a un jornalero negro-, alimentarlos adecuadamente, porporcionarles dos vestuarios completos al año -calzado fuerte, sombrero, tres pares de alpargatas- y facilitarles descanso los domingos, «tres horas durante el rigor del día» y todas las noches desde las ocho hasta las cuatro de la madrugada.

Los colonos, agrupados en partidas de 25 hombres, con su cabo y capataz al frente, y en tercios de doce partidas, aceptan trabajar durante cinco años y asumir sin rechistar la disciplina y castigos preceptivos, incluido el maltrato físico. Cumplido el lustro de trabajo, la Compañía Patriótico Mercantil promete relevarlos por otros contingentes y devolverlos, con sus ahorros en el bolsillo, a sus lares patrios.

La primera expedición, integrada por 314 hombres transportados en la fragata Villa de Neda, desembarcó en La Habana el 10 de marzo de 1854. La octava y última, compuesta por 296 gallegos que viajaron a bordo de la fragata Abella, pisó la isla a finales de agosto del mismo año. En total, la Compañía Patriótico Mercantil trasladó a la isla a 1.742 gallegos. No hubo más.

LA TRAGEDIA

La empresa se fue a pique y los náufragos supervivientes deambularon por la isla en estado calamitoso. Más de medio millar de aquellos infelices murieron a los pocos meses de su llegada, extenuados por el hambre y a veces sujetos con cadenas y grilletes. O abatidos por el cólera y las fiebres tifoideas. De los que accedieron a los ingenios o fueron recolocados en la construcción del ferrocarril, obligados a realizar jornadas de dieciséis horas, muchos desertaron y se convirtieron en «cimarrones gallegos». El propio representante de la compañía en La Habana, Ramón Fernández Armada, resumió la tragedia en tres palabras: «Escándalo, espanto, carnicería». El nuevo capitán general de Cuba, José de la Concha, comunicó a la metrópoli la gravedad «del asunto de los gallegos». Y el escándalo llegó al Congreso, los testimonios acumulados destaparon la ignominia y la operación de «blanquear Cuba» fue cancelada.

Urbano Feijoo de Sotomayor se apresuró a cobrar la subvención de la Junta de Fomento -140.000 pesos- y se esfumó de Cuba. Reapareció en Ourense y en octubre de 1954 obtuvo acta de diputado a Cortes por esa circunscripción. Allí, en la Carrera de San Jerónimo, tuvo que escuchar chorros de improperios -y algunas tímidas voces en su defensa- por su fracasada iniciativa migratoria. Pero se rehizo y volvió, en las filas liberales de Sagasta, a ocupar escaño en el Congreso durante la Restauración borbónica. La última vez, en la legislatura 1881-1884, en representación del distrito cubano de Matanzas. 

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