La vajilla y el azúcar cubano de los Feijoo de Sotomayor (I)

Esta historia tiene dos personajes y tres capítulos. El prólogo, ilustrado con una lujosa vajilla de La Cartuja, lo escribió el militar Camilo Feijoo de Sotomayor y Cejo. Las páginas de la ignominia las protagonizó su hermano Urbano: reclutador de jornaleros gallegos  para reemplazar a los esclavos en los ingenios azucareros y cafetales de Cuba. Y la tercera parte, el epílogo, muestra la otra cara del negrero: su encendida defensa de los intereses de Galicia en las Cortes de la Restauración.


La vajilla -recientemente vendida en subasta pública- estaba integrada por doce juegos completos, incluidos los de tocador, de doce servicios cada uno. En total, 163 piezas decoradas en azul cobalto, todas ellas con el escudo de la familia Feijoo de Sotomayor y las iniciales FS estampadas en oro. La fabricó La Cartuja de Sevilla, la prestigiosa industria de loza creada por el inglés Carlos Pickman, por encargo del entonces comandante de infantería Camilo Feijoo de Sotomayor. Las preciosas piezas de porcelana llegaron puntualmente a la mansión del militar, en Viana do Bolo, para ser estrenadas por insignes comensales. A la mesa se sentaron, junto al anfitrión, la reina Isabel II y su familia, incluido un príncipe que aún no había cumplido un año de edad: el futuro Alfonso XII. La reina ponía el colofón a su gira por Galicia, realizada entre el 1 y el 14 de septiembre de 1858, con un banquete en casa de su amigo ourensano.

Isabel II contaba entonces con veintiocho años, pero ya estaba curtida su amistad con el anfitrión. Camilo Feijoo de Sotomayor era aquel bizarro capitán de la Guardia Real que, en la lluviosa noche del 7 de octubre de 1841, se opuso con las armas en la mano a los generales Manuel Gutiérrez de la Concha y Diego de León, quienes asaltaron el Palacio Real con el propósito de raptar a la reina-niña y deponer a Espartero de la regencia. Isabel II, que vivió aquel pronunciamiento al lado de su aya, la coruñesa Juana de Vega, nunca olvidaría a los alabarderos que frustraron la intentona y que remataría con el fusilamiento de Diego de León.

LA INDUSTRIA DEL AZÚCAR

En los dieciocho años que separan el asalto al Palacio Real del banquete de Viana do Bolo, la vida de Camilo Feijoo de Sotomayor transcurrió, fundamentalmente, en Cuba. En la colonia prosiguió su carrera militar, entroncó con la poderosa dinastía criolla de los Lapaza de Martiatu y amasó en la industria del azúcar una ingente fortuna.

A su sombra crecieron también los negocios de su hermano Urbano Feijoo de Sotomayor -menos noticias tenemos de sus otros dos hermanos, Amalia y Tadeo-, quien, por poderes otorgados por los Lapaza de Martiatu, llegó a administrar cinco ingenios azucareros, tres cafetales y varias haciendas. Los esclavos constituían el principal «activo fijo» de esas explotaciones, y de la industria azucarera cubana en general, y una preocupación central para los dos hermanos. La persecución de la trata, si bien no interrumpió el tráfico y facilitó suculentas ganancias a los comerciantes negreros, provocó una acusada escasez de mano de obra y elevó drásticamente el precio de la «mercancía». La cotización del esclavo negro se disparó y colocó en un brete la rentabilidad de las plantaciones.

«OBEDECER Y CALLAR»

Por esa razón, los hermanos Feijoo de Sotomayor, liberales incluso arrimados al ala «progresista», no compartían las leyes que entorpecían el comercio de seres humanos. Las acataban porque, monárquicos cabales, estaban sancionadas por la reina. «Obedecer, callar y respetar -escribía Urbano, tras reconocer que no entendía «la alta razón» de la prohición-, he aquí la obligación del súbdito, ante una disposición que no puede menos que ser justa, porque parte de la mano de nuestra Reina». 

Para paliar el problema, los hacendados cubanos buscan otras fuentes de suministro de mano de obra, en régimen de semiesclavitud. Urbano Feijoo de Sotomayor, antes traficante de esclavos, se convierte en pionero de la nueva política que se inicia con la introducción de inmigrantes chinos. El 29 de julio de 1847 llegan los primeros braceros culíes, a bordo de la fragata española Oquendo y el traficante gallego es el principal comprador. De los 206 que desembarcan en La Habana, contrata a 60 y los revende. Pero aún faltan siete años para que Urbano emprenda el negocio que le reservará una página turbia en la historia: la importación de jornaleros gallegos, episodio relatado, entre otros autores, por la profesora María Xosé Rodríguez Galdo.

EL LAUREADO MILITAR

Mientras tanto, Camilo Feijoo de Sotomayor, apartado de la gestión directa de los negocios azucareros, prosigue su exitosa carrera militar. En 1864 asciende a coronel de infantería con destino en el regimiento de La Habana. Cosecha cruces y condecoraciones por méritos de guerra en la colonia. Obtiene la Gran Cruz de Isabel la Católica y es nombrado caballero de la orden de San Hermenegildo y comendador de la orden de Carlos III.

La reina Isabel II le concede el título de vizconde de San Rosendo y Alfonso XII, aquel bebé que llegara con sus padres a la mansión de Viana do Bolo, el de marqués de Santa Ilduara, en enero de 1873. Con el nombre de Ilduara había bautizado a una de sus dos hijas, que se casaría con su primo José Feijoo de Sotomayor, padres de un destacado embajador de apellidos duplicados: Urbano Feijoo de Sotomayor y Feijoo de Sotomayor. La otra hija, Manuela Amalia, contrajo matrimonio con Manuel de Ciria y Vinent, marqués de Cervera. Camilo Feijoo de Sotomayor falleció el 27 de febrero de 1893, en su pazo de Viana do Bolo, donde, cuarenta y cinco años atrás, había recibido la visita de la reina y su heredero.

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