Jesús Alonso, fibra de empresario (I)

MERCADOS

Boiro alberga hoy al mayor gigante de la conserva en Europa: en los dominios de Jealsa Rianxeira, que se extienden por tres continentes, ya no se pone el sol.

11 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Boiro era, seis décadas atrás, la pariente pobre de la conserva en la ría de Arousa: solo una pequeña fábrica en Cabo de Cruz aliviaba la orfandad. Para conocer el secreto de esa metamorfosis, basta echar un vistazo a la biografía de Jesús Alonso Fernández. 

Lo cuenta Carmona Badía en la obra Las familias de la conserva. Un agente de compras de un economato minero de Asturias, donde se abastecían miles de familias, visita a un joven industrial que empieza a fabricar conservas en Vilaxoán. Quiere informarse del precio y condiciones para adquirir una importante partida de bonito en conserva. Estamos en 1958 o, a lo sumo, en 1959. No sabemos con exactitud en qué términos transcurrió la conversación ni qué respondió Jesús Alonso Fernández al requerimiento del comprador potencial. Pero podemos barajar algunas hipótesis.

Pudo haber dicho el anfitrión que apenas llevaba un año trabajando en el ramo de la conserva. Que había arrendado aquel viejo galpón a la sociedad Viuda e Hijos de Villaverde, por 70.000 pesetas, lo cual le permitía acceder a un cupo de hojalata y aceite, condición esencial para operar en el sector conservero durante la autarquía. Tal vez se le escapó algún dato que dejaba entrever la modesta producción alcanzada el primer año: unas tres mil cajas de conservas en 1958, cuando otras fábricas gallegas ya superaban las cien mil. Pudo haber confesado que, en esos tiempos iniciales, solo procesaba en Vilaxoán productos de la ría: sardinilla en aceite, berberecho al natural y mejillón en escabeche. Y, en consecuencia, verse obligado, agradecido pero impotente, a rechazar la demanda.

Pero no fue eso lo que hizo. Apenas despedido el visitante, Jesús Alonso viaja a la cornisa cantábrica, compra en algún puerto un camión de bonito, procesa y enlata el pescado y envía una muestra al economato, que da su aprobación. Los mineros se convirtieron así en los primeros consumidores del producto estrella de Jealsa: el atún Rianxeira.

Audacia, inconformismo o capacidad de asumir riesgos. Y visión para descubrir las oportunidades que brinda el mercado. El episodio destapa los ingredientes esenciales que componen la pasta del emprendedor. Una materia prima que no se improvisa ni se adquiere -aunque sin duda puede moldearse- en facultades o escuelas de negocios. Se lleva incrustada en los genes. Por eso nada hacía presagiar que aquel niño, nacido en una humilde cuna de O Louriño en plena dictadura de Primo de Rivera y sin rastro de apellidos catalanes en su árbol genealógico, acabaría por levantar el principal emporio conservero de Europa.

PELDAÑO A PELDAÑO

La vida de Jesús Alonso Fernández consistió en una sucesión ininterrumpida de impulsos innovadores. Ascendió peldaño a peldaño, sin permitirse un mínimo descanso en el rellano. No bien pisaba una línea de meta, reemprendía otra carrera de inmediato, sin pausa siquiera para paladear el triunfo. Así fue desde que, apenas adolescente, consiguió su primer trabajo en la sucursal en Vilagarcía de la casa de banca Hijos de Olimpio Pérez. En vez de aferrarse al cómodo empleo, que le facilitaba progresos rápidos en el escalafón a medida que completaba sus estudios de comercio, opta por regresar a su Boiro natal. Acude, recién cumplidos los dieciocho años, a tomar las riendas del pequeño comercio de tejidos y paquetería que su madre, Filomena, había montado para sacar adelante a sus hijos tras la enfermedad del marido.

No se limita Jesús, el mayor de cuatro hermanos, a regentar el negocio familiar. El establecimiento, suficiente para garantizar el pan de sus allegados, resulta estrecho para cobijar su ambición. Se propone dar el salto de la venta a la producción. Manda por entonces en la industria textil de Galicia el grupo Regojo, con sede en Redondela, cuyas camisas marca Dalí marcarían época. Alonso busca un hueco aún no ocupado por el gigante y se decide por la fabricación de géneros de punto, como aquellos que se exhiben en el escaparate de su tienda.

La génesis de su primera fábrica resalta de nuevo la fibra del emprendedor. Su primera medida consiste en comprar una máquina de tricotar y contratar a una maestra de Vigo para aprender a manejarla. Una vez adquirida la destreza necesaria, será él mismo quien enseñe el funcionamiento del artilugio a sus primeras empleadas. Con ese bagaje crea un modesto taller, emplazado en Cimadevila y luego en Vimieiro, que constituye el embrión de una pujante firma textil hoy sexagenaria.