Entre champán y Coca-Cola

Cuando el mundo aún no estaba «cocacolonizado», por usar el término creado por Celso Emilio Ferreiro, había fabricantes españoles que ya utilizaban la cola como ingrediente de sus refrescos. Alguno, como la firma valenciana Micó, combinó la nuez de cola con hojas de coca, anticipándose a la «fórmula secreta» de la que se apropió un boticario de Atlanta. 


Otro, como el vigués Salvador Aranda, elaboraba a partir de 1900 un híbrido del champán y la Coca-Cola, comercializado bajo la marca Champagne Kola «Mary Sat». 

El certificado de paternidad de la Coca-Cola, donde figura el nombre del farmacéutico John Pemberton, debe ser revisado. La propia multinacional lo reconoció, al desembarcar en España en 1953: tuvo que pagar derechos de patente a la empresa Micó, radicada en Aielo de Malferit, el pueblo natal del cantante Nino Bravo. La pequeña firma valenciana fabricaba, ya desde el siglo XIX, un licor dulce de significativo parecido con la Coca-Cola que llegaría después. Su composición incluía extractos de semillas de cola, árbol originario del África tropical y de Centroamérica, y de hojas de coca importadas de Perú. La marca comercial del refresco resaltaba esos dos componentes: Nuez de Kola Coca. ¿Copió Coca-Cola la fórmula y el nombre o la semejanza es mero fruto de la casualidad? Hay un dato que alimenta la sospecha de robo: en 1885, Micó presentó su refresco en Filadelfia, donde dejó muestras del producto, apenas un año antes de que John Pemberton anunciase su famoso jarabe.

LA GRANJA DE VIGO

Algunos lustros después, un conocido empresario vigués, Salvador Aranda Graña, utiliza también la cola para singularizar el espumoso que comienza a elaborar en su finca de Lavadores, en el verano de 1900. Presentada como una gran fábrica de gaseosas, dotada con la maquinaria y artilugios más sofisticados en aquel momento, en La Granja viguesa -hasta entonces, residencia veraniega de su propietario- se preparan diversas bebidas «espumosas y refrigerantes»: refrescos de naranja, limón, fresa, zarzaparrilla, aguas de soda y de Seltz. Y su producto estrella: el Champagne Kola. Una «bebida exquisita que bien pronto recorrerá toda España», vaticinan los periódicos. Nace así, fruto del mestizaje, el primer champán que se fabrica en Galicia.

En el momento de poner en marcha su iniciativa, Salvador Aranda ya había alcanzado la cumbre de la industria viguesa. Consignatario de buques, representaba en Galicia a grandes compañías trasatlánticas como la alemana Hamburg America Line o la británica Robert Mac-Andrew. Industrial de la conserva y el salazón, su fábrica instalada en la playa de Ríos daba ocupación a 134 personas y disponía de capacidad para producir millón y medio de latas al año. Primer gerente de la Sociedad de Seguros Mutuos Marítimos de Vigo, fundada en 1896, fue también el propulsor del Banco de Vigo, que comenzó a rodar casi al mismo tiempo que su fábrica de gaseosas.

¿Qué se le perdía a este personaje en el sector de las bebidas? Un reportero del diario madrileño El Liberal, que se acercó a La Granja, lo explica así: «La fábrica se ha creado expresamente para que en ella se eduque industrial y mercantilmente un joven de catorce años, Salvadorito Aranda Tapias, a quien su padre ha interesado de tal modo en el negocio que lo tiene al frente de él, bajo la dirección de un técnico y con un sueldo mensual que es un capital para el muchacho». El precoz empresario -«hombrecito laborioso y fabricante en miniatura»- sería el encargado de incrustar el apellido Aranda en la razón social de la Banca Viñas Aranda. Pero eso sucedería en 1918, ya desaparecido su padre y también las efímeras burbujas del champán que había creado.

El éxito del primer champán gallego fue tan inmediato como fugaz. A los pocos de meses de salir al mercado, la producción alcanzaba ya «muchos miles de cajas». La Época, otro periódico de Madrid, señalaba en noviembre de 1900: «El consumo de esta excelente bebida se ha generalizado de tal manera que suple y sustituye en muchas mesas al champagne francés, con la diferencia a favor del Kola que este es infinitamente más barato y que su sabor es más fino y agradable que algunas marcas de aquel». «La bebida de moda», remachaba en la Navidad del mismo año El Liberal, «en poco tiempo ha recorrido triunfalmente toda la península».

A DOS REALES LA BOTELLA

Cada botella se vendía en fábrica al precio de dos reales -0,50 pesetas- y se expendía al público a no más de una peseta. Aranda Graña, amigo íntimo del poderoso Montero Ríos -con este nombre bautizó uno de sus barcos-, se convirtió pronto en proveedor de la casa real.

Aparte del reducido precio y del «gratísimo sabor» de la bebida, el fabricante hacía gala de las bondades terapéuticas del producto. El secreto residía en la nuez de cola que, además de sus efectos diuréticos y digestivos, combatía la astenia y las enfermedades nerviosas. Los médicos, sentenciaba La Época, «lo recomiendan ya con grandes resultados a sus pacientes neurasténicos».

Pero al igual que le había sucedido a la empresa Micó con su kola coca, muy pronto surgieron imitadores y usurpadores de la fórmula. Refiriéndose a estos, publicaba El Liberal un artículo titulado «Luchas industriales»: «En esa moderna pero temible lucha que hoy se hacen las industrias, han venido a ser las imitaciones y las falsificaciones de marcas el arma poderosa que a diario se esgrime». Para distinguir su champán de cola de las copias, decidió Salvador Aranda añadir el apelativo «Mary Sat» a su marca:  solo este era el genuino.

No sabemos si por la competencia desleal o por otras razones, pero el Champagne Kola «Mary Sat» tuvo corta vida. Probablemente no llegó a superar su primer aniversario.

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