La historia del lúpulo (II)

En la década de 1950, la fiebre del «oro verde» se adueñó de As Mariñas y Betanzos se convirtió en la capital española del lúpulo. El estallido de la Segunda Guerra Mundial, que cortó de raíz los suministros procedentes de Centroeuropa, creó la coyuntura favorable para el cultivo intensivo de la planta


El viejo sueño de Leopoldo Hernández Robredo, quien aspiraba a abastecer desde Galicia a toda la industria cervecera nacional, parecía al alcance de la mano. Hasta que, en los años sesenta, se produjo el duro despertar.

La introducción del nuevo cultivo fue lenta. Desde los ensayos pioneros realizados por Hernández Robredo y Rivera Corral hasta la primera plantación del betanceiro Raúl Fernández Meás, en 1927, transcurrieron no menos de diez años. Pasarían todavía otras dos décadas, con una República y una Guerra Civil en medio, hasta que se produjo la eclosión del cultivo. La fundación en 1945 de la Sociedad Anónima Española de Fomento del Lúpulo, con participación de una treintena de fabricantes de cerveza nacionales, constituye un punto de inflexión. La compañía fija su domicilio social en Madrid y nombra delegado de su primera zona de fomento, con sede en Betanzos, a Raúl Fernández Meás.

«Lo tenemos todo»

De la cosecha gallega de 1946 se obtienen 4.340 kilos de lúpulo seco, valorados en 163.000 pesetas. Producción irrisoria si nos atenemos a las necesidades de la industria cervecera española en aquellos años, cifradas en no menos de 300 toneladas. Pero Fernández Meás, al igual que Hernández Robredo treinta años antes, no se arredra. Está convencido de que la comarca mariñana puede abastecer todo el mercado nacional simplemente con destinar 200 hectáreas de terreno al nuevo cultivo. «Todo lo tenemos para poder conseguirlo -escribe-: tierra, clima, mano de obra, experiencia en el cultivo y la seguridad de que el lúpulo obtenido es de inmejorable calidad».

Comienza la expansión. De las 90.000 plantas cultivadas en 1949 se pasa a 160.000 un año después y 450.000 en 1951, casi la mitad de las necesarias para cubrir toda la demanda de las fábricas españolas. El delegado de la empresa de fomento, el ingeniero agrónomo Luis Sevilla González, que ha sustituido a Fernández Meás tras la muerte de este, se propone extender el cultivo por todas las parroquias mariñanas, «para lograr que sea Betanzos la región española que produzca la totalidad o mayor parte del lúpulo nacional».

La fábrica de Betanzos

Los incentivos para promocionar el cultivo se intensifican: anticipos a cuenta para la compra de tutores que guiarán a la planta en su ascensión, subvenciones en metálico para establecer las plantaciones, orientación técnica gratuita, suministro de abonos apropiados...

Paralelamente, la sociedad de fomento instala en Betanzos la primera fábrica española para la recogida y procesamiento del lúpulo: un mastodóntico edificio de cinco plantas, levantado en un solar de 640 metros cuadrados, con catorce cámaras de desecación y dos prensas especiales de fabricación alemana. La factoría, inaugurada en 1951 por el ministro de Agricultura, tiene capacidad para procesar 1.500 toneladas de lúpulo fresco, equivalentes a 375.000 kilos de flor seca que, en fardos cilíndricos -balotes- de 125 a 150 kilos, se distribuye por cupos a las fábricas de cerveza.

A pesar de la rápida propagación del cultivo, el secadero de Betanzos nunca llegó a utilizar toda su capacidad productiva. La producción supera por primera vez los cien mil kilos en 1952 y alcanza su cota máxima en 1963: 240 toneladas de lúpulo seco, valoradas en veinte millones de pesetas.

Alcanzada la cumbre, se inicia de inmediato el declive que conduce a la extinción del cultivo. Las causas del desmoronamiento son múltiples. El Plan de Estabilización que puso fin a la autarquía y abrió la senda a la liberalización económica no le sentó bien al lúpulo autóctono que ahora, como antaño, debe competir con el producto de importación. La provincia de León resiste mejor el embate y el Órbigo arrebata el liderazgo nacional al Mandeo. La fábrica de Betanzos deja de recoger las cosechas de lúpulo fresco y los agricultores, cuyas exiguas economías no les permite invertir en secaderos propios, comienzan a arrancar sus plantaciones. Se apaga la fiebre del oro verde, delimitada por sendos artículos de Luis Sevilla en el Anuario Brigantino: el primero, publicado en 1951, cargado de ambición y de futuro; el segundo, en 1981, se limita a extender el certificado de defunción: «El lúpulo ha desaparecido prácticamente de la comarca betanceira».

Posdata en el siglo XXI

Pero este relato tiene una posdata. Se la añadieron, curiosamente, los descendientes de los pioneros. En primer lugar, la corporación Hijos de Rivera que, en el año 2004, al acercarse el centenario de Estrella de Galicia, se propuso reimplantar el cultivo e incorporar a su cerveza el genuino sabor gallego. Lo hizo en colaboración con el Centro de Investigaciones Agrarias de Mabegondo, heredero de aquella Granja Agrícola Experimental que dirigieron Hernández Robredo y Escauriaza del Valle. Y la iniciativa halló eco, para completar el guiño histórico, en los agricultores que integran Lutega, una cooperativa fundada por Belén Matilla: la hija del director de la histórica fábrica betanceira. Pero de esta historia de resurrección solo están escritos los primeros renglones.

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