El indiano López Cortón

La vida de José Pascual López Cortón se divide en dos hemisferios, con ecuador en los años centrales del siglo XIX. En el primero, el más desconocido e inexplorado, transcurre la existencia del emigrante de Cedeira y el comerciante enriquecido en Puerto Rico. 


En el segundo, mucho más hollado por los investigadores, habita el mecenas que financia los primeros pasos del Rexurdimento literario y el indiano que transforma su mansión de San Fiz de Vixoi (Bergondo) en una réplica de la Institución Libre de Enseñanza.

López Cortón ejerció de comadrona del Rexurdimento. La criatura asomó la cabeza el 2 de julio de 1861, en el Teatro Principal de A Coruña, con la celebración de los primeros Juegos Florales de Galicia. La segunda fase del alumbramiento se produjo al año siguiente con la publicación del Álbum de la Caridad. El libro, cuya venta se destinó a fines benéficos, recogía los trabajos premiados en el certamen, pero también un extenso mosaico de poemas en castellano y gallego. Acababa de nacer la primera antología poética del Rexurdimento. En su índice figuraban los precursores -Aurelio Aguirre, Juan Manuel Pintos...-, futuras glorias de las letras gallegas -Manuel Murguía, Concepción Arenal, Pastor Díaz...- y dos de las tres cumbres -Curros solo tenía once años a la sazón- de la poesía gallega del siglo XIX: Eduardo Pondal y Rosalía de Castro.

La eclosión la propició el entusiasmo patriótico -y la prosaica cartera- de José Pascual López Cortón. El mecenas, también poeta con oficio -seis composiciones suyas figuran en el Álbum-, había regresado de Puerto Rico unos años antes. Su permanencia en la isla, adonde llegó con solo doce años de edad, procedente de su Cedeira natal, duró el tiempo suficiente para labrarse una fortuna como comerciante. Y antes de entrar en la cuarentena estaba de regreso en su añorada Galicia.

FAMILIA DE MILITARES

López Cortón pertenecía a una estirpe de militares. Militar de carrera era su padre, José Luis López, quien falleció antes de que el vástago emprendiese la aventura americana. Militar era su abuelo materno, Manuel Cortón y Neira, a quien seguimos el rastro durante la Guerra de la Independencia: con el grado de teniente, luchando contra los franceses en Olivenza, a principios de 1811, y ya ascendido a capitán, persiguiendo a la gavilla del cabecilla Luna en tierras de México. A este abuelo «protector» se refiere el huérfano José Pascual en su poema «A Galicia, cuando partí para América»: «...como a un hijo en su techo / desde mi edad más temprana, / compasiva su alma humana / bondadoso me amparó». Y destacado militar era su tío, el coronel Antonio Cortón Sierra, combatiente en las guerras carlistas y destinado a Puerto Rico en 1916: a él y a sus hijas Lucía y Carolina Cortón y Abreu dedica tres poemas su sobrino y primo en el Álbum de la Caridad.

Sin embargo, no parece ser Antonio Cortón quien acoge al joven huérfano que desembarca en San Juan de Puerto Rico en 1829. Los datos recabados al respecto son imprecisos y, a veces, contradictorios. Alguna fuente señala que José Pascual se reunió en la isla caribeña con un tío sacerdote que residía en la población de Albonito. Otra, aparentemente más plausible, lo sitúa en el hogar de Andrés Cortón Quintana de Pomares, comerciante y propietario que residía en Puerto Rico desde 1825. Una minificha biográfica que de este Cortón publicó la profesora Estela Cifre de Loubriel parece corroborar el parentesco: Cortón Quintana de Pomares era «hijo del capitán del ejército Manuel y de Rosa», además de «natural de Cedeira».

Parecida nebulosa rodea la actividad comercial desplegada por López Cortón, origen de su fortuna. Algún autor indica que creó unos grandes almacenes en la colonia, pero lo cierto es que Puerto Rico tardaría décadas en contar con grandes áreas comerciales. La población de la isla apenas alcanzaba por entonces los 324.000 habitantes, incluidos más de 34.000 esclavos, y su economía tenía un carácter eminentemente agrario.

LA MERCERÍA Y LOS ESCLAVOS

Los únicos datos fehacientes los ofrece la profesora puertorriqueña Carmen Campos Esteve. Once años después de su llegada a la colonia, el 7 de abril de 1840, José Pascual López Cortón compra una mercería en San Juan por 6.897 pesos. Se la venden dos catalanes, Lorenzo Cayol y Juan Juliá, y el pago se estipula en cuotas mensuales de 160 pesos. Cayol poseía en esa época la hacienda Plazuela donde, décadas más tarde, el gallego Rafael Balseiro Maceira levantará la principal central azucarera de Puerto Rico. Pero esa es otra historia. En la que nos ocupa, la mercería adquirida por López Cortón debió ser un floreciente negocio: dos años después de cerrada la compra, concretamente el 21 de octubre de 1842, el comerciante gallego había saldado ya toda la deuda contraída.

La segunda aportación de Campos Esteve hace referencia a «la más provechosa» de las actividades mercantiles en la isla caribeña: la trata negrera. Entre los comerciantes gallegos que suscriben escrituras de compraventa de esclavos, entre los años 1837 y 1844, figuran Andrés Cortón y su sobrino López Cortón.

EL PAZO DEL INDIANO

José Pascual regresó a Galicia a mediados de siglo. Contrajo matrimonio con la compostelana Julia Viqueira Flores-Calderón, reedificó un pazo en San Fiz de Vixoi y, aunque todavía traía folgos para fundar una explotación ganadera bajo la razón social J. P. López Cortón y Cía, la protección de las artes y las letras constituyó su quehacer principal durante el resto de sus días. Su mansión de Bergondo se convirtió en foco de ilustración y referencia de la intelectualidad gallega y española. No solo por las inquietudes culturales de su propietario, sino también por su descendencia.

El mecenas tuvo tres hijos. Su hija mayor, Carmen López-Cortón y Viqueira, se casó con el pedagogo krausista Manuel Bartolomé Cossío. La otra hija, Luisa, fue la madre del filósofo y escritor galleguista Xoán Vicente Viqueira. Y el hijo varón, José, el ingeniero que instaló el primer alumbrado eléctrico en Betanzos. Inaugurado el 3 de marzo de 1896, un periódico de la época describió, en términos rimbombantes, cómo el alcalde betanceiro, Claudio Ares, «empuñó la manezuela del conmutador, hízola girar, se estableció la corriente y la luz brotó». Pero el padre del ingeniero, suegro de Cossío y abuelo de Viqueira, no llegó a verlo. El mecenas que había encendido la mecha del Rexurdimento literario había fallecido en enero de 1878, años antes de que la electricidad irrumpiese en Galicia.

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