El futuro de la televisión de pago

Si España es capaz de mantener a raya el monopolio de firmas como Telefónica, que acaba de absorber a su principal rival, Canal+, y desplegar ante el espectador una variada oferta de contenidos audiovisuales bajo demanda de calidad, la piratería podría tener los días contados


Hace algunos años, la industria discográfica sufrió una sacudida. Las rutinas de consumo cambiaron. Dejamos de comprar discos y empezamos a adquirir canciones en Internet para alimentar nuestros reproductores musicales. Las corpulentas minicadenas perdieron protagonismo en favor de manejables dispositivos de bolsillo. Nos registramos en inexpertas plataformas digitales y hoy, solo cuando el ramalazo nostálgico aprieta, compramos algún que otro vinilo. Mientras tanto, buceamos en inmensas bibliotecas de servicios en streaming en busca de nuestras particulares bandas sonoras. Una vez testado con éxito el procedimiento, la televisión se apunta al plan. Los datos hechos públicos por Accenture este abril ponen al mundo en contexto: el espectador cada vez pasa menos tiempo sentado frente a su televisor. Ocupa sus ratos de ocio consumiendo contenidos en ordenadores, tabletas e incluso smartphones. Los visionados en pantallas de televisión de películas y programas de larga duración se redujeron en un 13 %. Los de deportes, en un 10 %. En todas las franjas de edad. Algo está cambiando en la manera de ingerir entretenimiento. La caja tonta ha dejado de ser tonta. Ahora es el usuario el que toma el control. El que decide cuándo y dónde ver lo que él decide ver.

Con las parrillas tradicionales sentenciadas, el mercado tiene dos espinosos retos que encarar: conseguir un reparto equitativo del pastel de los derechos y convencer al espectador, con contenidos variados y de calidad, para que afloje la gallina. Si es capaz de salir bien parado del racionamiento, la competencia obligará a esta suerte de videoclubs a rebajar los precios de sus tarifas. A bajar la guardia para ganarse al consumidor.

Telefónica, dueña y señora

Con dos millones de suscriptores, Movistar TV es ya la primera plataforma de pago en España. A su favor juega un gran despliegue de fibra óptica, incluida en una agresiva oferta comercial que ha conseguido que, por primera vez, el usuario español preste verdadera atención a la televisión de pago. También sus contenidos exclusivos y su canal temático, Movistar Series. Pero Telefónica es ambiciosa. Y está hambrienta. Con el objetivo de dominar el sector, acaba de comprarle a Prisa el porcentaje de acciones de Canal+ que le faltaban. La operadora, que contaba inicialmente con el 22 % de esta plataforma, se hizo en julio con el otro 22 % propiedad de Mediaset. El recién adquirido 56 % le ha dado el control total sobre el servicio.

Se lleva además con este redondo negocio a 720.000 clientes que ya disfrutan de Yomvi, el servicio de vídeo bajo demanda de Canal+ para Smart TV, ordenadores y tabletas. La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia ha condicionado el visto bueno de la operación a una serie de compromisos sometidos a vigilancia: los competidores de Telefónica deberán poder incorporar en sus respectivas parrillas un máximo del 50 % de sus canales premium, en los que se incluyen estrenos cinematográficos, series y los espectáculos deportivos más demandados; la explotación en exclusiva de los contenidos que adquiera queda limitada a dos años; y los contenidos de catálogo que se ofrezcan on line no podrán gozar de exclusividad. Así, la tarta de la televisión de pago queda dividida de la siguiente manera: detrás de la alianza Movistar/Canal+, que reúne a más de 3.500.000 usuarios, se sitúa Vodafone/ONO con 783.000, Gol TV con 231.000, Telecable con 129.000, Euskatel con 110.000 y, por último, Orange con 109.000. Pero todavía hay más: los servicios de vídeo bajo demanda de los que antes hablábamos, plataformas que permiten a sus usuarios consumir contenidos en streaming desde sus ordenadores y tablets.

Plataformas de vídeo bajo demanda

En esta liga, también Telefónica se lo come todo con Yomvi. Solo Wuaki.tv, propiedad del gigante japonés Rakuten, es capaz de hacerle sombra. Más minoritario es Filmin, que se ciñe al cine de autor independiente. Y Total Channel, que planeaba dar la campanada durante el combate de boxeo entre Mayweather y Pacquiao, se desinfló antes de empezar a coger aire. La plataforma de Mediapro, que junto a Canal+ poseía los derechos exclusivos de la retransmisión, calculó mal las peticiones para acceder al servidor. Este descomunal fallo bloqueó el servicio y dejó sin espectáculo a todos los usuarios que ya habían pagado.

En el horizonte se dibuja Netflix. La gran promesa. La panacea del nuevo modelo. La plataforma más codiciada por el usuario español. Desde el otro lado del Atlántico, sin embargo, el servicio se hace de rogar, lo que invita a la reflexión. Netflix sabe que en estas latitudes no será pionero y que los derechos de distribución de los títulos más populares ya están adjudicados. ¿Se reserva a España como postre para, una vez finiquitado su proceso de expansión, limitar la distribución de sus propias obras? Porque la plataforma, además de distribuir produce. Tal y como harán los embrionarios servicios de Amazon y HBO. Movistar TV nada en las mismas aguas. En enero anunciaba el fichaje del director de La Isla Mínima, Alberto Rodríguez, para capitanear su primera serie de producción propia. En febrero, incorporaba en otro proyecto al cineasta David Trueba. Porque ya no se trata solo de ofrecer un contenido de calidad, sino de vincular una marca a un contenido de calidad.

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