El Quiqui Bar (III)

El cosmopolita Quiqui Bar constituía el símbolo compostelano de los felices años veinte. Un soplo de modernidad, transmitido por vía parisina -«París era una fiesta», sentenciaba Hemingway- y cribado por las vetustas piedras de la ciudad que dormitaba a los pies del Apóstol. No por casualidad el establecimiento lo regentaba un hostelero de origen francés: Julien Mogín González. Él construyó aquel efímero sueño que, como un eco de la euforia americana, prometía un futuro de prosperidad y fiesta sin límites.  


Él construyó aquel efímero sueño que, como un eco de la euforia americana, prometía un futuro de prosperidad y fiesta sin límites. El noiés Maxi Olariaga sintetiza en tres frases el significado del Quiqui Bar: «En su interior decía mi abuelo que se hallaba el paraíso. Uno creía estar en el resucitado cíclope que fue el Titanic. Salas de cine, café-bar, casino y... hasta reservados con lo que significaba esa palabra en los años veinte». Todo semejaba contranatural en aquel contexto. La sede: un espléndido edificio modernista, el primero de Santiago que se construyó íntegramente en hormigón, proyectado por el arquitecto Rafael González Villar. Los clientes: burgueses adinerados y mundanos, de moral flexible y emancipados del yugo eclesiástico. La oferta lúdica: los billares, el tresillo y el dominó. La música: las bandas de jazz que causaban furor y que rápidamente expulsaron del local a Debussy, Puccini o Beethoven. El propio dueño del oasis: Julián Mogín, francés de nacimiento, expropietario del Gran Hotel de Francia en A Coruña y aún propietario del Hotel Continental de Vigo.

RISCO, JOYCE Y EL QUIQUI BAR

Difícil encaje tenían aquellos años locos en la provecta ciudad. Lo dejó claro Vicente Risco, el día de la Asunción de 1926, mientras paseaba por las rúas compostelanas, absorto en charla metafísica con Stephen Dedalus, el álter ego de James Joyce. Stephen se confesaba cosmopolita: «Mi patria es la patria de los sin patria». Y por eso, para desazón del escritor galleguista, acudía a tomar café, en compañía de «los sin patria», al Quiqui Bar.

A Risco le parecía «vulgar» el singular edificio diseñado por González Villar. Al trasunto de Joyce, contra-estético: derramaba la belleza. Desgraciadamente, casi medio siglo después, los munícipes compostelanos, sin pararse en miramientos filosófico-estéticos, les dieron la razón y demolieron la joya arquitectónica. Les pareció más útil un aparcamiento de coches.

La piqueta, si bien afeó irremisiblemente la actual plaza de Galicia, en cierta manera devolvió el solar a su uso primitivo. Porque allí, antes de alzarse el «contra-estético» edificio, ya existía un galpón donde Evaristo Castromil guardaba sus autocares. A dos pasos del escenario de un crimen, perpetrado en 1913, cuando otras mentes tan preclaras como las de 1975 acordaron demoler el pazo de la Inquisición.

El edificio del Quiqui Bar lo promovió un empresario de fuste, Manuel Ramallo Gómez, asociado con el abogado Ángel Gontán. Pero antes de que rematen las obras, en 1926, el inmueble pasa a manos de Solitario Gontán Otero y de Ramón López Santiso. Y en algún momento no precisado, asume las riendas del negocio Julián Mogín González, quien ya durante las fiestas del Apóstol de 1921 había inaugurado en la zona el «magnífico» Restaurant Quiqui Bar, que ofrecía comida a la carta y plato del día a romeros y visitantes.

Lo cierto es que, en octubre de 1926, cuando el Café Quiqui Bar abre su salón de billar -«doce magníficas mesas de gran precisión de la renombrada Casa Amorós»- y anuncia grandes conciertos del Trío Madrid -con partituras de Mascagni, Barbieri, o Chapí-, Mogín, con su hermano Francisco al frente de los fogones, ostenta la propiedad del establecimiento. Y Manolo Ramallo le hace la competencia desde otros dos locales emblemáticos: el Gran Café Español, emplazado en la Rúa do Vilar, y el American Bar, albergado en el pabellón de la Herradura que Ramallo le había arrendado el ayuntamiento.

El Quiqui Bar se convierte de inmediato en sinónimo de lujo. Las bodas más distinguidas suelen culminar con un sofisticado lunch -langosta, lubina Mogin, suflés variados, champán francés...-, preparado por François Mogin, exjefe de cocina del Élysee Palace de París. Los banquetes dispensados a los héroes del momento, como el aviador Joaquín Loriga, encuentran allí marco acorde a las hazañas del homenajeado. Los programas musicales, tras los primeros escarceos por veredas clásicas, se modernizan, irrumpe la pasión del jazz y los clientes más atrevidos ensayan los trotes del charlestón o el foxtrot, entre telones de terciopelo, arañas resplandecientes y serviciales camareros uniformados.

Por allí desfilaron renombradas agrupaciones musicales como el Quinteto Parisién o la orquesta Ruiz-Dethuit. Pero fueron Los Rambalts franceses, acompañados del jazz-band del maestro Quílez, con tres conciertos diarios durante meses, la divisa del Quiqui Bar. Esporádicamente, Los Rambalts salían del paraíso y se iban con la música al Salón Novedades de A Estrada, pero siempre con la etiqueta de «famosa orquesta del Quiqui Bar». Tal era su éxito que, años después, Os Mozos de Paderne optaron por rebautizarse y escalar la cima de la fama con el nombre de Orquesta Ramblats. Todo porque alguien les dijo que tocaban como los Rambalts.

VUELVE CASTROMIL

Tres años duró el esplendor. En 1929, mientras el crac bursátil de  Wall Street liquidaba los «felices veinte» y anunciaba la Gran Depresión, el Quiqui Bar apagó las luces. El edificio modernista, levantado sobre los cascajos del viejo garaje de Castromil, retornaba al ramo del transporte y a su viejo dueño, ahora como sede de la emblemática compañía de autocares.

No tardó Julián Mogín en dar por terminada su etapa gallega. Obtuvo el traspaso del Hotel Inglés y marchó a Madrid. De los tres míticos establecimientos que había regentado en Galicia -el coruñés Gran Hotel de Francia, el vigués Hotel Continental y el compostelano Café Quiqui Bar-, no queda a día de hoy una sola huella. El urbanicidio perpetrado en pleno franquismo las borró para siempre.

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