El misterio de los tipos de interés negativos

Xosé Carlos Arias
Xosé Carlos Arias A ORILLAS DE LA CIFRA

MERCADOS

02 mar 2015 . Actualizado a las 18:01 h.

La cadena de anomalías económicas que venimos conociendo a lo largo de los últimos años parece no tener fin. Ahora se trata de los tipos de interés, cuyo evolución más reciente está dejando a muchos observadores con la boca abierta. Porque una cosa es que desde el 2009 se vengan moviendo en cotas históricamente bajas, y otra que los tipos oficiales aplicados por bastantes bancos centrales, a lo largo y ancho del mundo industrializado, sean ahora mismo negativos para un cierto número de operaciones. Es el caso del Banco Central Europeo, que desde junio pasado paga (en realidad cobra) tipos de -0,1 % por los fondos en él depositados (desde septiembre, el -0,2 %). Pero lo mismo ocurre ya en Suecia, en Suiza, en Dinamarca, ? un listado que no deja de alargarse. Con ese trasfondo, algunas importantes compañías transnacionales están emitiendo ya ciertos segmentos de sus títulos de deuda a tipos negativos, y lo mismo ocurre con algunos Estados (como Alemania, nada más y nada menos). Así las cosas, la rentabilidad ofrecida por un porcentaje -que algunos calculan en un 25 %- de las emisiones de deuda en Europa estarían ya en ese territorio negativo.

Un territorio que resulta en gran medida inexplorado. Porque no nos resulta demasiado raro hablar de tasas de interés negativas si nos referimos a las reales (es decir, las que se dan una vez descontado el incremento de los precios): cuando la inflación era elevada, esa situación se produjo con alguna frecuencia en muchos países, España incluida. Pero ahora hablamos de tipos nominales, y eso sí constituye un fenómeno inédito en la economía contemporánea, al menos con la extensión que ahora tiene. Por cierto, que la situación actual es exactamente la inversa de aquella ya conocida: dado que lo que hay en Europa es deflación -o al menos desinflación-, el tipo real medio es ahora superior (de en torno a un 0,65 %) al nominal. Un caso que, desde luego, no suele enseñarse en las facultades de Economía.

Las dos preguntas clave en torno a esta cuestión son, primero, cuáles serán sus consecuencias, en el caso de que este fenómeno se siga extendiendo; y segundo, si se trata de una situación coyuntural o duradera. ¿Sus consecuencias?

La primera que cabe imaginar es una retirada de fondos de las entidades bancarias por parte del público, para guardarlos debajo del colchón; no cabe desde luego descartar que algo de eso ocurra, pues pagar por mantener el propio ahorro provoca rechazo, pero nadie parece temer que se dé en proporciones significativas. Más a tener en cuenta es el posible efecto que todo eso pueda tener sobre la estabilidad financiera general: aunque algo podría aliviar la carga de la deuda, la confluencia de una creación masiva de liquidez por parte de los bancos centrales -merced a los procesos de expansión cuantitativa en curso- y tipos de en torno a cero, constituye el caldo de cultivo perfecto de otra gran burbuja de alto potencial explosivo. Y eso es lo último que necesita una economía internacional que en absoluto ha dejado atrás los problemas anteriores, y en la que el peso de las deudas es hoy mayor que en el arranque de la crisis, en el 2008.

En cuanto a su posible persistencia en el tiempo, es difícil aventurar cualquier juicio. La actual carrera hacia tipos negativos tiene algo de competencia entre bancos centrales -lo que por cierto, acarrea el riesgo de una creciente guerra de divisas-, que podría ser detenida por un esfuerzo en la coordinación entre ellos. Pero en la mayoría de los debates que ahora mismo se están celebrando en todo el mundo sobre esta cuestión, el horizonte de tipos de interés cero parece afirmase como el más probable de cara, al menos, el próximo lustro.