La Galicia emigrante también envejece

Hay 100.000 residentes en el extranjero con más de 65 años, muchos apoyados en una red de solidaridad

En la residencia Santiago Apóstol de Río de Janeiro, los mayores pueden practicar numerosas actividades
En la residencia Santiago Apóstol de Río de Janeiro, los mayores pueden practicar numerosas actividades

carballo / la voz

Manuel Sánchez Neira es probablemente el jubilado gallego que más lejos está de Galicia. Incluso el gallego sin más, jubilado o no. Vive en Cromwell, apacible villa de Nueva Zelanda, en las antípodas de la parroquia de Cardama, en su Oroso natal. Es uno de los 98.308 gallegos nacidos en Galicia que están repartidos por el mundo que tienen 65 años o más (él tiene 74). Y que ya no va a regresar a su tierra, salvo para algún viaje puntual. «A miña vida está aquí: a casa, a familia. Levo 50 anos: ¿para que vou volver?, ¿para romper con todo?», se pregunta. Pese a su inmensa lejanía, no tiene sensación de soledad ni de morriña. «Algunha vez si que botas de menos Galicia, pero non tanto. O que che fai falta está aquí», explica. Y cuenta con orgullo que su hija arquitecta trabaja en una universidad neozelandesa.

Manuel no tiene, obviamente, un centro gallego o español a mano, ni una red de contactos españoles. No los hay, pero tampoco los necesita. Y eso no es lo habitual entre quienes viven en el extranjero. Las residencias, centros, locales o asociaciones de lo más diverso forman una red de apoyo para miles de personas que, de otro modo, estarían abocadas al aislamiento personal y emocional. Si ya ocurre en el propio pueblo, mucho más a miles de kilómetros, cuando sabes que ya nunca vas a volver. Poco se entendería la emigración gallega sin esos puntos de apoyo que mueven su mundo.

No es lo mismo América

No es lo mismo en Europa que en América. Ni por tradición ni por tipo de vida. En el Reino Unido, por ejemplo, residen 3.200 jubilados, de los 8.600 censados en total que nacieron en Galicia. En el mítico Portobello está el centro de mayores Miguel de Cervantes, para españoles, donde al menos la mitad de los usuarios son gallegos. Como la secretaria, Pilar López, de Lugo, que llegó en el 64. «No tenemos mucha nostalgia de Galicia porque vamos bastante», dice. Y en el local también se combate. «Pero hay mucha gente por ahí que necesitaría un centro así, gente que no viene, que no se ha integrado en el país, que apenas habla inglés. Esos son los que más sufren la soledad», añade.

En América es donde la población mayor tiene una especial incidencia: el 82 % de los 78.856 residentes (cantidad mucho más elevada si se añaden las siguientes generaciones) tienen 65 años o más, según los datos facilitados por la Secretaría Xeral de Emigración. En Argentina, el 95 %. En Brasil, el 86 %, más de 10.700.

Una de ellas es Regina Jallas, originaria de Santa Comba, presidenta desde hace ocho años de la residencia Recreio dos Anciãos Santiago Apóstol, de Río de Janeiro, que se creó en su momento «para que os emigrantes españois puidesen ter unha vida digna», recuperada por la colectividad a partir de los ochenta. Y que sorprende por su calidad: «É unha casa do primeiro mundo, das mellores da emigración española».

Allí viven numerosos gallegos. Los que pueden pagar lo hacen y los que no, son acogidos igual. Y los tratan del mismo modo: habitaciones individuales, asistencia total. «Ás veces os políticos alucinan cando veñen aquí». No hay un gallego en la calle en toda la enorme ciudad, asegura. «Como a luz do éxito e a prosperidade non chegou ás súas vidas, penso que, chegada a terceira idade, os que si conseguimos esa luz temos o deber e a obriga moral de axudarlles a ter unha vida digna e co confort que merecen». Siempre hay alguna habitación reservada por si algún gallego la necesita.

Ayuda institucional

Naturalmente, en estos centros la ayuda del Gobierno, de la Xunta, de las Administraciones en general es clave. Antonio Fernández Miranda, secretario xeral de Emigración, lleva años visitando todos los centros y palpando la realidad de la emigración de las personas mayores. También diferencia Europa («onde os sistemas de protección social son máis amplos, e non hai problema») de América, donde las cosas cambian mucho en función de cada país. Y la tradición es otra. «Por iso historicamente se asociaron, por motivos culturais, pero tamén sociais, para poder pasar mellor a vellez». Y en torno a esa figura miles de emigrantes retirados pasan sus últimos años.

Sin el apoyo de la Xunta sería mucho más complicado. Hay ayudas individuales cuyos beneficiarios tienen una edad media de 77 años. Y no son pocas: casi 8.000 el año pasado, por dos millones de euros en total. En este 2018 serán 2,6 millones. Y hay opciones de que muchos puedan acudir a su lugar de origen, como el programa Reencontros na Terra, que combina residencias con las casas de los familiares, o el Reencontros na Casa, que permite la vuelta temporal a los sitios de los que partieron, en muchas ocasiones hace más de medio siglo.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
6 votos
Comentarios

La Galicia emigrante también envejece