Un pequeño mundo para grandes personas

Casi 300 mayores conviven en un centro integral que tiene casi todos los servicios

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¿En la pública o en la privada? Pasamos un día en una residencia de carácter público y en otra de carácter privado. Galicia cuenta con 104 instalaciones de este tipo. Un negocio al que si suma el de la atención a domicilio, genera más de 700 millones de euros en la comunidad.

oleiros / la voz

Casi 300 mayores conviven en la residencia pública de Oleiros. El día arranca a las ocho y cuarto, cuando los trabajadores del turno de mañana comienzan a levantar a los usuarios. Porque es un centro de asistidos, por lo que ocho de cada diez tienen deterioro cognitivo y dificultades de movilidad. Los que pueden desayunan en el comedor principal y los que no en los de las plantas. Y arrancan las actividades, terapia ocupacional, animación sociocultural, fisioterapia o rehabilitación... «todos los meses el equipo técnico hace valoraciones para determinar qué personas pueden realizar cada actividad», explica Constantino Piñeiro, el director. En la clase de terapia ocupacional los residentes comentan las noticias del día, la nieve es la novedad, «intentamos hacer intervenciones para los que tienen un nivel cognitivo leve, moderado e incluso grave. Hay que tratar que no vayan a peor», dice la terapeuta. ¿Y qué es lo más gratificante? «Ellos», asegura casi con lágrimas en los ojos, cogiendo las manos de una residente.

Aquí conviven 274 personas fijas más diez temporales, cada uno con su vida y su historia. Como la de José Luis Naya, de 75 años. Fue speaker del Deportivo en Riazor durante 45 años, «solo falté seis veces por catarros o gripes». Varios ictus seguidos hace cuatro años lo obligaron a irse a una residencia. Era agosto y no había vecinos en el edificio. Se pasó varios días tirado debajo de la cama. «Ahora los partidos los veo por televisión», cuenta.

Josefa Chas, de Iñás, lleva once años en la residencia «e lévome ben ata cos xefes», cuenta a carcajadas. «Eu aquí pásoo sempre ben, hai xente moi agradable. A comida que che vou dicir, hai días que non me gusta», cuenta. Constantino admite que esa es una de las quejas de los residentes, los dichosos menús. Y eso que los productos son de primera calidad e incluso, aunque la persona precise dieta, se intenta ser flexible, «es algo que dice el equipo médico, es de los últimos alicientes que tienen, por lo que el placer de comer tampoco se les puede cortar de manera radical».

En la residencia se come a las 13.30, se merienda a las 17.30 y se cena a las 20 horas. Cuando llega el turno de noche, a las 22, todos los residentes están ya en sus habitaciones.

Las familias vienen cuando quieren, y si quieren llevarse unos días a sus parientes, solo tienen que avisar previamente.

Todos los servicios

Una de las grandes ventajas de un centro tan grande es su carácter integral. Hay peluquería, enfermería, podología, lavandería, cocina propia, servicio de farmacia e incluso un párroco va los domingos a dar misa a la capilla. Para eso se necesita personal. Mucho. Casi uno por residente. Hay 261 trabajadores. Cuatro médicos, dos fisioterapeutas, 26 enfermeros, auxiliares, cocineros, camareros, ordenanzas... El servicio de lavandería parece una pequeña empresa en sí mismo. Hasta han diseñado un sistema, que confían que se implante este año en las residencias, que evitará pérdidas de ropa, ya que en este centro se mueven unas treinta mil. Se trata de un chip que irá en cada una de las prendas y que ahorrará también mucho tiempo de clasificación.

¿Y los conflictos? «Si en una vivienda con cuatro o cinco personas puede haber desacuerdos, imagina con 300 residentes», explica el director de la residencia. Sin embargo, el nivel de incidencias es mínimo y son frecuentes las amistas que surgen en el centro, el compañerismo, e incluso en ocasiones las relaciones sentimentales.

Viudas

De las 284 personas que conviven en esta residencia 223 son mujeres y 112 viudas. Es, con diferencia, el mayor colectivo del centro. La media de edad, 82 años, no deja escapar una realidad, los fallecimientos son frecuentes, unos ochenta al año, explica el director. «Es una de las gestiones más delicadas, la del éxitus, y de lo que tratamos es de causar el menor malestar posible tanto al residente como a las familias», cuenta Piñeiro.

María Díez, de Guitiriz, llegó hace cinco años con su marido, ya que él necesitaba cuidados. Al poco murió «foi para min un tiro, porque ademais de cabeza estaba moi ben». Hace unos cestos y unos bolsos preciosos. Tiene mano para ello, pese a que la derecha ya no le va muy bien. Este centro está al cien por cien de su capacidad, y seguro que si tuviese más plazas se llenarían enseguida. Francisco Sobrino es uno de los cuatro médicos del centro. Es la historia de la residencia, ya que llegó en 1984, cuando se puso en marcha. Recuerda que durante años la mitad de las plazas estaban vacías, ahora hay lista de espera. Los residentes fijos, cuenta, presentan sobre todo patologías asociadas a la edad y que crean dependencia, neurológicos, accidentes cerebrovasculares, problemas artrósicos. Los temporales, que solo acuden durante un tiempo, suelen hacerlo por fracturas u otras patologías agudas, y cuando se recuperan regresan a su hogar. «La residencia tiene tendencia a intentar resolver sus propios problemas», dice Francisco. En este pequeño mundo conviven casi 300 mayores. Cuando empezaron a abrirse camino en la vida, a trabajar, a criar a sus hijos, no sabían ni lo que era el estado del bienestar. Fueron ellos los que contribuyeron a crearlo. Ahora se merecen que la sociedad les devuelva todo lo que han dado. Aquí, al menos, lo intentan.      

Clases de gimnasia en el comedor y talleres de música

maría vidal

La filosofía del centro es la actividad. Ninguno de los residentes está encamado

Son las 11 de la mañana y el comedor de La Milagrosa se convierte en una clase de gimnasia. Sentados en una silla, los alumnos atienden a los movimientos de la fisioterapeuta. La media es de 85 años. «Ha subido con los años, porque como a nivel social y médico hay más facilidades para mejorar la calidad de vida de las personas, la residencia es como el último recurso cuando ya no puede estar en su domicilio o la familia no se puede hacer cargo», explica Aranza Balo, psicóloga del centro.

Ahora mismo hay 64 personas, de las cuales cuatro son matrimonios. «Siempre -asegura Balo- una parte ingresa para acompañar al otro». Un porcentaje muy alto de los residentes tienen demencias, sobre todo alzhéimer. «Estos casos se vuelven inviables para tener en casa porque conllevan problemas de conducta, insomnio, agitación, agresividad... Hay que estar 24 horas pendiente». Entre que les dan un diagnóstico y les tramitan las plazas en residencias públicas, pasa tiempo y suelen recurrir a las privadas para manejar la situación. Requieren una grúa, la casa adaptada, una cama especial, en definitiva, unos recursos médicos que no están al alcance de cualquiera. «Muchos reciben un informe y ahí queda. Por eso intentamos ayudar a la persona enferma, pero también a las familias, darles pautas, enseñarles lo que es normal y a qué se van a enfrentar».

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