«La ducho, le hago el desayuno y luego charlamos»

Maria y su hijo recurren a la ayuda privada mientras les tramitan la dependencia


redacción / la voz

Eva acude a primera hora al domicilio de María, en Cambre, tres veces por semana. La ayuda a ducharse, recorren despacito el pasillo, le prepara el desayuno y, mientras ella se lo toma, se encarga de recoger la habitación y el cuarto de baño. Después se van al salón, encienden la tele y pasan el rato que les queda de la hora charlando sobre cómo les ha ido el fin de semana. A sus 86 años, camino de 87, María Jiménez tiene párkinson de bloqueo y necesita ayuda para levantarse y asearse.

Eva Nogueira, que es auxiliar de ayuda a domicilio, lleva casi cuatro meses ayudando a María, que desde el pasado mes de mayo tiene aprobada una ayuda de dependencia aunque todavía no se la han dado. Mientras se hace efectiva, Ángel, el hijo que vive con ella, ha tenido que recurrir a una empresa privada, Mayores, que presta atención en los domicilios. «Le doy la medicación que tiene prescrita o le curo una herida pequeña, pero si precisa enfermería, ya avisan al médico», explica Eva, que repite los cuidados en otras casas. «A todas las que voy llevo yendo muchos años. Es inevitable, les acabo cogiendo mucho cariño». Entre Eva y Ángel, María está acompañada todo el día. Aun así parece que no es suficiente. «Me echa en cara que salgo mucho: tengo que estar las 24 horas del día, pero la compra hay que hacerla», comenta Ángel, a lo que ella replica: «Algo sí, pero está deseando escapar de casa».

A pesar de tener un grado de dependencia 3, el máximo, sí puede baja a la calle, sobre todo cuando llega el buen tiempo. Además de Eva, cuentan con una persona que las ayuda con las tareas domésticas. Eso sí, en la cocina no deja meterse a nadie. «Hoy vamos a hacer un cocido, ya estoy temblando. Ella dirige, pero me toca a mí. Lávame esto, hazme esto otro...», dice Ángel. ¿Y lo hace bien? «Sí. Aunque debería aprender un poco», apunta ella.

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«La ducho, le hago el desayuno y luego charlamos»