Lo que se aprende de un pulpo

Un documental de Netflix constata la prodigiosa inteligencia del molusco a través de la relación que entabla un cineasta con una hembra de cefalópodo

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Trailer de «Lo que el pulpo me enseñó» Trailer de «Lo que el pulpo me enseñó»
s.r. g.v.
Redacción / La Voz

Hay quien tras una crisis vital y profesional acaba deambulando por las calles, luciendo harapos y dando de comer a las palomas. Al cineasta sudafricano Craig Foster esa travesía del desierto lo llevó al fondo del mar. A contener la respiración y soportar los tres millones de alfileres que el agua gélida pone por barrera para disuadir a quien osa sumergirse en sus secretos hasta convertirse en una especie del faquir del buceo a pulmón, lo que le permitió emular en el fondo marino a aquellos rastreadores del Kalahari a los que había observado, estudiado y filmado antes de caer en la angustia vital. Un espacio de unos 200 metros en la provincia de Cabo Occidental (Sudáfrica), protegido por un bosque de algas de las corrientes y tempestades habituales en ese lugar donde el Atlántico está a punto de besarse con el Índico, se convirtió en su paraíso, en ese nirvana al que psiquiatras y psicoanalistas aconsejan retirarse cuando el litio y demás sustancias hacen malas aleaciones en el cerebro.

Y allí, en un lugar donde físicamente es difícil tener los pies en la tierra, Foster encontró algo que le hizo reconectar con el mundo y poder psicológicamente poner los pies en la tierra. Fue gracias a un pulpo que volvió a encontrarse con los suyos. Allí, en el fondo del mar, el cineasta quedó subyugado por la belleza y, sobre todo, por la «inteligencia invertebrada de alto nivel» del cefalópodo. Un animal al que acompañó durante más de dos tercios de su vida y con el que forjó una bonita amistad.

De afición a obsesión

Durante casi un año, Foster se preocupó más por el pulpo que por su propio hijo. Visitar y observar la vida de esa hembra de pulpo se convirtió en su obsesión: «Lo único que podía hacer era pensar en ella, en el agua y en tierra firme». Hasta el punto de cruzar la raya que se había marcado de no interferir en los designios de la naturaleza. Lo hizo. Alimentó al cefalópodo cuando convalecía del ataque de un pez gato rayado (Poroderma africanum) en el que perdió uno de sus tentáculos, si se permite el spoiler.

Ese sorprendente descubrimiento sobre la vida de lo que básicamente es «un caracol que ha perdido su caparazón con la evolución» lo dejó plasmado en un documental para Netflix: Lo que el pulpo me enseñó, como ha sido traducido My octopus teacher, añadiendo así otra joya a la antología de pésimas traducciones de la cinematografía.

En una hora y veinticinco minutos, Craig Foster resume casi un año de relación con el prodigio del pulpo. Son 85 minutos de espectaculares imágenes submarinas acompañadas de una narración tan emotiva sobre los sentimientos profundos que el pulpo despertó en el cineasta que erizan la piel de cualquier profano aunque provocarían hilaridad en cualquier polbeiro de Bueu, hastiado de que los cefalópodos se paseen diariamente con sus ventosas por sus brazos cuando los retira de las nasas para introducirlos en el capacho o devolverlos al mar, si es que no llegan al kilo de peso.

«Lo único que podía hacer era pensar en ella, en el agua y en tierra firme»

Para el sudafricano fue una experiencia casi mística cuando, a los 26 días de visita, extendió la mano hacia el molusco y este le correspondió chocando los cinco con parte de las 2.000 ventosas que plagan sus tentáculos. Porque esa es la cantidad que tiene y las usa todas independientemente: «¿Se imagina tener 2.000 dedos?».

Desconocido para la ciencia

Paralelamente a la historia de amistad -desde fuera parece que lo de Craig ha subido un peldaño en la escala de los sentimientos-, el cineasta desgrana sus descubrimientos sobre el extraordinario animal tan desconocido y poco estudiado. De hecho, Craig descubrió cosas «desconocidas para la ciencia».

«Dos terceras partes de su conocimiento están fuera de su cerebro: en las patas. Todo su ser piensa, siente, explora». Ese molusco del que han llegado a decir que «es como un extraterrestre» es, en realidad, un animal «frágil, líquido y blando que depende de su increíble inteligencia para sobrevivir»

Es un pulpo común, un Octupus vulgaris, pero «se puede comparar su inteligencia con la de un gato o un perro, o incluso con uno de los primates menos evolucionados; un molusco, no debería ser tan inteligente», se sorprende Craig.

El cineasta se maravilla con las dotes de transformista de su amiga, testigo como ha sido de esa «increíble creatividad para engañar. A veces parece que pinche, otras es muy suave; imitan el color, la textura, el dibujo, la piel... Es precioso».

«Dos terceras partes de su conocimiento están fuera de su cerebro: en las patas. Todo su ser piensa, siente, explora»

Y aunque la mayor parte del tiempo «se impulsa, arrastra o nada», Craig también ha sido testigo de cómo sacaba dos patas y caminaba, «paseando como un bípedo» por el fondo marino. Y de cómo ponía su cuerpo en una postura extraña para hacerse pasar por una roca y desplazarse poco a poco. O cómo se convertía en una extraordinaria anciana tambaleante con vestido para que la confundan con un alga.

«Es lo que tiene no tener padre ni madre que le enseñen y estar solo en el mundo: que hay que idear los métodos más increíbles para engañar a los miles de depredadores que hay». Y, además, tiene que aprender rápidamente, porque tiene poco más de un año para vivir.

Un final del que el buceador aficionado fue testigo, al cabo de 324 días juntos. Pero no se trata de hacer más spoiler sobre la relación del humano hastiado con ese «cerebro submarino gigante que lleva millones de años funcionando».

Lo que el pulpo le enseñó

¿Y qué le enseñó el pulpo? Eso creo que se puede desvelar: «A sentirse parte de todo eso [la vida marina]. Que no soy un visitante», dice el que es cofundador de Sea Change Project, una protectora de los hábitats submarinos de Sudáfrica. Y se supone que a rechazar cualquier plato de pulpo á feira que le pongan delante.

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