Precios y miedo al virus detonan el amarre de un tercio del cerco coruñés

En tanto unos están decididos a continuar, varios armadores gallegos tiran la toalla


redacción / la voz

«Estar nun barco non é como estar nunha oficina, que un pode estar nunha esquina e outro noutra». En las palabras de José Antonio Pérez, presidente de la Federación Galega de Confrarías, se escuchan perfectamente los reproches a quienes se han devanado los sesos para dictar las recomendaciones a la flota pesquera. Un sector que está obligado a trabajar, no en vano «es una parte crítica de la cadena de suministro de alimentos». Es decir, que tiene la importante misión de dar de comer a una población cuya salud se ve amenazada. Y para cuidar la propia, el Gobierno ordena a las tripulaciones «respetar y aplicar las recomendaciones en todos sus puntos. Consejos y pautas «imposibles de cumplir», remacha Pérez.

Porque en esas sugerencias está la de guardar la distancia recomendada por las autoridades. Y en un barco uno no puede trabajar a un metro de otro. Por no hablar de las protecciones. «Nos mandan traballar e non nos facilitan mascarillas nin material, nin traxes...» Y lo peor de todo, «danlle ao patrón unhas atribucións e unhas responsabilidades que non lle corresponden», señala Basilio Otero, presidente de la Federación Nacional de Cofradías de España.

Ante una situación así, «se aínda se ganase un peso» quizá podrían encontrarse argumentos para asumir los riesgos. Pero el precio del pescado un día se desploma y al siguiente no logra remontar, si es que no vuelve a caer. Eso alimenta el miedo. Temores de todo tipo: a incumplir las normas, a asumir responsabilidades que no deberían recaer sobre el sector e, incluso, a enfermar y transmitirlo a las personas con las que se convive: «Me están obrigando a facer algo seguindo unhas normas que non podo cumprir e fan recaer a responsabilidade en min...» expone Otero.

Responsabilidades añadidas

Con ese panorama, no es extraño que ya hayan amarrado barcos. En el Mediterráneo se cuentan por decenas. En Galicia aún no son tantos, pero cada vez más. Pérez refiere un armador que prefirió amarrar a arriesgarse a salir. Es el caso que sabe porque el afectado se dirigió a él en busca de respuestas sobre responsabilidades por no poder facilitar el equipo de protección individual. Pero lo cierto es que «o luns saíron 40 barcos, ao día seguinte 20, hoxe [por ayer] 18...»

La flota busca unas respuestas que no tiene ni Pérez, ni Otero, ni tampoco Andrés García, portavoz de la Asociación de Armadores del Cerco de Galicia. Un segmento que, además de no poder cumplir cuestiones como la distancia de seguridad o el equipamiento, se ve más afectado por las restricciones a la movilidad de los trabajadores -solo pueden desplazarse 2 en un coche de 5 plazas o tres en uno de 9-. Pero «o peor é a intranquilidade», una inquietud tal que «nin se pesca ben; as tripulacións están nerviosas, o que máis e o que menos ten a persoas maiores na casa ou nenos e cada vez cústalles máis saír ao mar».

Así es que de los 50 cerqueros que suelen operar en el entorno de A Coruña y el golfo Ártabro, casi un tercio, menos de 20, no han salido a faenar. Sí lo ha hecho la flota del sur, del área de Vigo.

La falta de equipos de protección y las dificultades añadidas disuaden de salir a los barcos Pocos barcos y poco botín. Los 19.000 kilos de jurel que se pusieron a subasta se vendieron entre 0,40 y 0,50 euros. Y ni quisiera la poca xarda que se descargó se pagó bien. A pesar de que se puso a la venta una tonelada escasa, el kilo se pagó a 0,75.

Y con la merluza a un euro o por debajo, la flota de Gran Sol que opera desde A Coruña también se plantea amarrar. Alguno lo ha hecho ya porque «ya no es que no gane dinero, es que lo está perdiendo», explica Juan Carlos Corrás, gerente de Pescagalicia.

En A Mariña, con medias de 3,10 y 4,10 euros para la merluza del pincho y un exiguo 0,80 para la de volanta, la flota no se plantea el amarre. Tampoco el arrastre, inmerso en la campaña de la xarda.

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E. Abuín

En el pleno del Congreso, el ministro de Agricultura y Pesca volvió a tener palabras de sincero agradecimiento a agricultores, ganaderos y pescadores que, en estas «circunstancias excepcionales de crisis sanitaria que estamos viviendo, están facilitando a la industria y la distribución el abastecimiento de alimentos frescos para toda la sociedad». Pero el sector no acaba de escuchar de su boca lo que desea: un decidido apoyo que pasa por orquestar medidas económicas para aquel que, por unas cosas o por otras, no pueda continuar con la misión de dar de comer a España.

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