Un pez diablo que «atrapa» para siempre a los machos que copulan con ella llegó a Celeiro

El diablo marino es enano respecto a su pareja y muere pronto si no encuentra hembra


viveiro / la voz

¿Se adhieren a ellas para sobrevivir o los atrapan para reproducirse? No se ponen de acuerdo los científicos que los han estudiado, pero sí han comprobado que cuando un macho y una hembra se aparean quedan fusionados de por vida. Hasta el extremo de que después de la copulación ellos dejan de alimentarse por sí mismos, pierden los ojos y atrofian otros órganos, pero mantienen activo el reproductor. Son los Ceratias holboelli, nombre científico de una especie marina parecida a los rapes y conocida como «pez pescador, pez anzuelo o diablo marino».

Uno de los contados ejemplares de esa especie llegó a la lonja de Celeiro, en Viveiro, y ahora está congelado en el Centro Oceanográfico de A Coruña, donde previamente le practicaron la necropsia.

Capturada al norte de A Mariña

Raras y poco frecuentes, pueden encontrarse en los océanos del hemisferio norte. Suelen vivir en fondos marinos, hasta 3.500 metros de profundidad. El ejemplar descargado en ese puerto de Viveiro quedó atrapado en las redes del Beti Maurixio, un barco con base en Cariño que opera en la lonja de Puerto de Celeiro. La pescó al norte de A Mariña, accidentalmente, a casi 800 metros de profundidad, en el talud oceánico. El armador la donó al Instituto Español de Oceanografía para contribuir al estudio de un pez sobre cuya biología todavía persisten muchas incógnitas.

Paz Sampedro, científica del Oceanográfico de A Coruña especializada en rapes, tomó muestras de los órganos de esa diabla marina. Medía 111 centímetros y pesaba 8.960 gramos. En su estómago halló restos de un pez digerido, globos oculares de otros y un «gusano parásito grande».

Ellas 120 centímetros, ellos, 16

Sobre esa rara especie han escrito, entre otros, el fallecido biólogo, escritor y filósofo francés Jean Rostand, en Bestiario de amor; o Juan Ignacio Pérez Iglesias, director de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco. Ambos ponen el acento en la manera de reproducirse del Ceratias holboelli.

De color negro, piel cubierta de escamas y ojos diminutos, las hembras pueden medir hasta 1,20 metros, incluyendo la cola. A su lado los machos son enanos, no alcanzan los 16 centímetros. Juan Ignacio Pérez cuenta en su blog Zoo Logik que fue en 1925 cuando el ictiólogo británico C. Tate Regan descubrió que los pececillos adheridos a esa rara especie «eran machos adultos, maduros, que vivían pegados a la hembra de forma permanente».

Aunque hay quienes los consideran parásitos, Juan Ignacio Pérez cuenta que si las hembras «no portan ningún macho enano adherido no llegan a desarrollar su gónadas por lo que, en consecuencia, nunca llegan a tener ovocitos fecundados», a reproducirse. Y si los machos no encuentran ninguna hembra a la que unirse «no llegan a desarrollar» su órgano reproductor y mueren en poco tiempo, viven «unos meses nada más».

En su Bestiario de amor Jean Rostand describe el rito de apareamiento: «El joven macho Ceratia se fija en los flancos o en la frente de ella, la muerde, y esta mordedura va a decidir su porvenir. En adelante, como si hubiera caído en una trampa, jamás podrá desprenderse de su compañera, sus labios se habrán soldado, injertado en la carne ajena».

«Testículo disfrazado»

Desde ese momento, añadía, «su boca, sus maxilares, sus dientes, su tubo digestivo, sus agallas, sus aletas y hasta su corazón van experimentando una degeneración progresiva». Con su vida «reducida a una existencia parasitaria», apuntaba que el macho «no tardará en ser más que una especie de testículo disfrazado de pez diminuto, cuyo funcionamiento incluso será regido por el estado hormonal de la hembra, quien se comunica con él a través de los vasos sanguíneos».

«Una adaptación a la vida en unas condiciones especiales»

Para Juan Ignacio Pérez, si el macho del Ceratias holboelli es un parásito, «lo es muy especial porque surte de espermatocitos a la hembra». Tampoco cree «correcto» que tras prender de por vida en el cuerpo de la hembra no pase a ser «más que un pene» porque pierde órganos como los ojos, pero mantiene funcionales branquias, corazón y riñones.

En su opinión, esa misma estrategia reproductiva «que los hace verdaderamente extraños», igual que el modo de procurarse alimento, sería, en realidad, una «adaptación a la vida en unas condiciones tan especiales» como las suyas. Acostumbran a ser pocos, «por lo que no es fácil que se encuentren unos con otros». Y cuando lo hacen y se aparean, «permanecen unidos para el resto de sus vidas»; en realidad, mientras dure la de ella. Sentencia que para hembras y machos esa relación «es más que cópula, muchísimo más».

«No son una excepción»

Los Ceratias holboelli «no son una excepción», aclara Juan Ignacio Pérez. Otras especies del orden de los Lophiiformes presentan «similares características, pero también las hay en «las que los dos, macho y hembra, tienen vida libre e independiente».

Ese catedrático de Fisiología también recureda en su blog Zoo Logik que los británicos bautizaron a esa especie como pez pescador porque de la parte superior de su cabeza sale un apéndice luminiscente, como una caña de pescar, con el que atrae a sus presas en las oscuras profundidades marinas, «donde es difícil encontrar alimento».

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