Los armadores, de pesca en las aulas

Profesionales de Marín visitan institutos para a animar a los jóvenes a que vean la pesca como salida laboral


¿Tal es la crisis de falta de vocaciones en la pesca como para que los armadores tengan que ir a los institutos a buscar futuros tripulantes? «No se trata de eso, sino de que en los centros educativos, en especial los que tienen Formación Profesional, a la hora de elegir itinerario educativo, vean que la pesca también es una salida laboral, como la informática o maquinista naval». Juan Carlos Martín, gerente de Opromar (Organización de Productos de Pesca del Puerto y Ría de Marín), explica de esa guisa la presencia de armadores en las aulas de los centros Chan do Monte, de Marín, y Gonzalo Torrente Ballester, de Pontevedra, organizando charlas para que los estudiantes de cuarto de ESO tengan presente que «la pesca también existe».

Esa visita a los institutos es solo el arranque de la campaña #trabajaenpesca. Así, con un hastag delante. Porque, además de presencial, la iniciativa es también virtual, no en vano ese es el lugar de quedadas de los jóvenes.

La verdad es que si a las puertas de un centro educativo -no valen escuelas náutico-pesqueras- se plantea a los chavales qué van a hacer una vez acabada la etapa de enseñanza obligatoria, muy pocos, por no decir ninguno, va a responder que quiere trabajar como patrón de pesca, jefe de máquinas o contramaestre. Y, sin embargo, ¿por qué no? Ahora que ni siquiera ir al Gran Sol es ya lo que era.

Sin duda, sigue siendo un oficio duro y peligroso. Eso no lo pone en duda ni Martín, ni el más avezado lobo de mar. Pero, como tratarán de explicar en esas sesiones, «los barcos del siglo XXI no son como los de antaño; las relaciones laborales, en cuanto a horarios, descansos y vacaciones han cambiado mucho; se vela por la sostenibilidad de los recursos...». En definitiva, se trata de dignificar y poner en valor el oficio. Decir «que nadie está con el látigo, eso a lo mejor en otras flotas, no en las nuestras», apunta el gerente de los armadores de Marín. 

Por boca de profesionales

De explicar cómo es el oficio pesquero en la actualidad se encargarán los propios profesionales. Patrones, jefes de máquinas, tripulantes relatarán a los muchachos cómo son las vivencias a bordo y en qué consiste el trabajo. Trasladarán, por ejemplo, que los pesqueros de ahora están dotados con redes de banda ancha que permiten estar conectado con los allegados diariamente, si se quiere, y ser tan activo en las redes sociales como cuando se está en tierra.

También es cierto que hay muchas modalidades de pesca. En la asociación de Marín hay barcos del arrastre, que trabajan de lunes a viernes; pesqueros que operan en Portugal, que hacen mareas de 3 a 5 días; cerqueros, que trabajan 12 o 13 horas; flota que va a Mauritania, con mareas de 7 días con correturnos y un mes de vacaciones; palangreros de superficie que hacen mareas de 50 o 60 días en el Atlántico, de 3 meses en el Índico y un poco más, hasta 4, en el Pacífico, con descansos de la tripulación casi equivalentes a lo que dura una marea... Vacaciones «remuneradas», subraya Martín, pues los armadores no quieren correr el riesgo de perder una mano de obra hoy tan preciada y disputada.

Otra forma de ir al Gran Sol

Lo de que ya ni ir al Gran Sol es lo que era no es una simple expresión. Es que ya no es lo mismo. No meteorológicamente hablando, dado que el cambio climático no ha sido capaz de amainar los temporales, más bien al contrario, pero ya no se hacen mareas de 15 o 20 días seguidos, sino que la comodidad es mayor, porque se descarga en puertos de Irlanda o del Reino Unido (ahí está el brexit para complicarlo todo) cada 6, 7 u 8 días, con lo que el pescado gana en calidad y el tripulante sale ganando en calidad... de vida. «Antes se tocaba tierra cada 15 o 20 días, se pasaban dos en tierra y se volvía al mar; ahora cada dos meses y medio se pasan 20 días en tierra». La cosa ha cambiado.

Galicia ya no quiere ser marinera

e. abuín

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¿Quién no ha oído hablar de la dureza casi mítica del Gran Sol? ¿O de esas mareas que tenían al marinero cuatro, cinco o seis meses embarcado en Terranova, Sudáfrica o las Malvinas casi sin pisar tierra firme ni ver a los suyos? Hoy en día eso ha cambiado, pero la idea de la pesca que pervive en el imaginario colectivo es la de un trabajo manual, muy duro y peligroso, que se desarrolla en barcos muy pequeños y exentos de comodidades en los que el descanso es una quimera. Y es cierto que el pesquero es un trabajo físico, sufrido y arriesgado, pero los avances tecnológicos y la modernización de las embarcaciones han hecho las tareas más llevaderas. Pese a todo eso, la mala imagen del sector persiste, alentando una falta de nuevas vocaciones -y de paso el abandono de las antiguas- hacia una profesión que hace años se tenía por «una salida laboral segura y una fuente de riqueza económica que permitía un estado de bienestar a la familia»; eso sí, para todos menos para el que se embarcaba. Una huida del mar que provoca grandes dificultades a los armadores para encontrar mano de obra. Trabajadores en general, porque si bien la falta de titulados es acuciante, no lo es menos la necesidad de tripulantes de base.

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