Redacción / La Voz

Lleva haciendo registros de peces raros desde 1996. Desde entonces ha anotado en su valiosa libreta al menos una treintena de nuevas especies en las costas de Galicia. Rafael Bañón, biológo especializado en ictiología, es un entusiasta de los peces. Tanto, que por muchos ejemplares extraños que haya visto a lo largo de su vida, se sigue sorprendiendo con cada hallazgo. «La emoción nunca se pierde», dice.

Sus fuentes son los propios pescadores y buceadores, que le avisan cuando observan algo fuera de lo normal. «Lo ideal es que guarden el ejemplar, porque algunos simplemente dan testimonio de haberlo visto o le hacen una foto». Aún así, anota fecha de la observación, zona, profundidad... Si hay prueba, entonces «me lo guardan en nevera o congelador, dependiendo de cuando pueda acudir a buscarlo. Lo recojo y lo analizo. Radios de las aletas, distancia hasta el ojo...», explica. Ese examen morfológico se complementa con otro genético, para identificar la especie desde el punto de vista molecular, «el llamado barcoding», un proceso que realiza en colaboración con la Universidade de Vigo.

«Encontrar un pez raro cerca de la línea de costa puede ser síntoma de cambios en el ecosistema, básicamente, de un calentamiento de las aguas. Los peces son ectotermos. No regulan la temperatura. Por lo tanto, si la de aquí es ahora más cálida que hace unos años, los que antes no cruzaban el Estrecho ahora suben por el Atlántico hasta llegar, incluso, al sur de Reino Unido». De ahí que cada vez sea más frecuente ver por estos lares especies tropicales, características de las costas africanas y del Mediterráneo, pero no, hasta ahora, de Galicia, tales como el jurelo azul (Caranx crysos), el jurelo dentón (Pseudocaranx dentex), la palometa blanca (Trachinotus ovatus) o el medregal negro (Seriola rivoliana), de la familia del jurel, y que puede llegar a alcanzar los treinta o cuarenta kilos. «Pescadores deportivos están capturando ya grandes ejemplares de seriola. Probablemente ya se estén reproduciendo aquí», asegura este experto, que matiza que serían necesarios más estudios al respecto para saber con certeza si los ejemplares que se capturan son maduros o «pueden estar haciendo aquí sus puestas».

Bañón alude a factores ambientales y climáticos. No tanto a la sobrepesca, como origen de la creciente aparición de peces raros. «Creo que la sobrepesca no tiene tanta incidencia como el cambio de temperatura de las aguas. Ten en cuenta que la flota gallega se ha ido reduciendo en los últimos años, y que las pesquerías de aquí están muy reguladas por el ICES. No hay sobreexplotación de recursos pesqueros». 

Aunque la mayoría de las especies son comestibles, «otra cosa es que puedan tener mayor o menor valor comercial», precisa. Un veterano entre los raros es el balistus capriscus o peixe porco, habitual en lonjas y supermercados de las Rías Baixas, para hacer a la brasa. «Yo lo he probado. Tiene bastante buen sabor». En cambio, una incorporación reciente a este listado de ejemplares inusuales es el pez sapo lusitano (Halobatrachus didactylus), que ha dado el salto desde el sur de Portugal. «Ya llevo seis ejemplares contados desde el año pasado. Parece que se expande más rápido que otros». Cada especie evoluciona de manera distinta. «Puede ser que de una solo te aparezca un ejemplar al año, o que encuentres una vez una y no lo hagas nunca más, o que lo haga cada diez años... Del sapo sabía de una cita antigua, de 1926, que se corresponde con un ejemplar que está en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid». Como él, recién llegados son también la corneta colorada (Fistularia petimba) o los peces globo Lagocephalus laevigatus y Ehippion guttifer.

«Hay casos sorprendentes, de peces que hasta ahora no se habían visto más que al sur de Marruecos, y que se han movido dos mil o tres mil kilómetros». Aproximadamente, el 95 % de los hallazgos se corresponden con especies tropicales que suben de latitudes meridionales a aguas más septentrionales, y por migración natural. Sin embargo, se ha detectado un caso único, de una especie exótica o invasora, «una corvina americana que apareció en el Golfo de Cádiz en el 2015, y al año siguiente la teníamos aquí, en Galicia». La corvinata real, Cynoscion regalis, se sigue dejando ver de vez en cuando en aguas gallegas, a las que acude para alimentarse. Luego regresa a Andalucía a reproducirse. No saben cómo cruzó el oceáno Atlántico pero tienen claro que «no ha sido por sus propios medios. Puede haber sido con aguas de lastre...». 

Otra situación, completamente distinta, y mucho menos frecuente, es el movimiento de peces de norte a sur, especies boreales que se están detectando en aguas más cálidas. «La última vista ha sido el arenque (Clupea harengus) -precisa Bañón-, una sardina de tamaño grande, que se comercializa y captura tradicionalmente en el Mar del Norte, donde es muy abundante desde hace siglos. De momento, aquí solo han aparecido cuatro ejemplares, desde el 2009». Un fenómeno que podría explicarse por enfriamentos locales derivados del cambio climático. 

Además, y por primera vez, se están investigando zonas profundas inexploradas, como el talud de la plataforma continental o la montaña submarina del banco de Galicia. Ese trabajo ha permitido identificar especies de pequeños pejegatos, como Apristirus aphyodes, Apristirus profundorum y Apristirus melanoasper, animales de aspecto aterrador que son simplemente tiburones abisales. 

¿Podrían desplazar estos nuevos fichajes a las especies autóctonas? «Desde que aparecen por primera vez hasta que se asientan, o se llegan a comercializar, pueden pasar cincuenta años. En el Mediterráneo el proceso es más rápido, porque hay más cantidad y entran por más vías, Gibraltar, Suez...». Todavía es pronto para saber hasta qué punto impactará su irrupción en la actividad de nuestra flota, aunque en otros lugares ya se han adaptado a la llegada de visitantes foráneos. «En Inglaterra se están pescando escachos o sardinas, antes muy raros, y ahora abundantes, así que supongo que aquí pasará algo parecido».

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¿Qué peces comeremos en el año 2050?