José Antonio Gómez Castro: «Cuando nos llamaron de la Casa Real pensamos que era una broma»

Esta semana, el ex patrón mayor de Portonovo recogió en Madrid la Orden del Mérito Civil de manos del rey, con quien compartió recuerdos del Prestige


Redacción / la voz

Apenas lleva un año jubilado. «Me retiré en septiembre, cumplidos los 65». Podría haber colgado las botas antes, reconoce, «polo coeficiente redutor que temos os profesionais do mar», pero los compromisos alargaron su agenda, una agenda de la que no se ha desprendido del todo. «Xa non me piden que quede. Agora dinme que me botan de menos».

-Y usted, ¿les echa de menos?

-No, porque no me he desconectado del todo. Vivo muy cerquita del puerto, hablo con compañeros, me llaman y me siguen pidiendo consejo.

-Desde los 8 años en el mar... ¿a qué se dedica ahora?

-Pues a pasar tiempo con mis nietos, que tengo seis. Acompañarlos al fútbol, a competiciones de gimnasia rítmica, y luego, como me dice un amigo, a ser corredor de bolsa: de la bolsa de la compra, de la basura, del pan... Pero muy feliz. Tengo todo el día ocupado.

-Esta semana tocó vestirse de «tiros largos». ¿Cómo se enteró de que iba a ser uno de los condecorados con la Orden del Mérito Civil?

-Hace unos veinte días me llamaron primero de Presidencia de la Xunta, y al día siguiente el Jefe de Protocolo de la Casa Real. Al principio, mi mujer pensó que se trataba de una broma. Fue una sorpresa tremenda. No me lo podía creer. Justo ahora le estoy enseñando el vídeo del acto a mi nieta, y me he emocionado muchísimo. A ella se le cae la baba. Es un orgullo que hayan homenajeado de esta forma al sector de la bajura. Porque este reconocimiento no es algo personal. Es de todos.

-Y allá que se fue con toda la famillia...

-Me fui con mi mujer, una hija, un hijo y una nuera. ¡Se pusieron más tiernos que yo!

-Una medalla, un pin, un diploma... ¿Los ha colocado ya en algún sitio especial?

-Aún estaba hablando con mi mujer de qué marco ponerle. Me dice que igual tengo que alquilar un muro. Ya no hay sitio en las paredes. El pin lo llevaré puesto en la chaqueta. Y la medalla quiero lucirla en la procesión de las fiestas patronales.

-¿Pudo hablar con el monarca?

-Sí. Tuve la ocasión de hablar con él y con doña Leticia. Estuvieron muy amables y distendidos. Cuando llegó el momento de las fotos, le dije que me gustaría repetir la imagen de hace dieciocho años. Él me contestó «No me digas, ¿dónde nos la hicimos?» Le recordé que había sido en Portonovo, durante la visita por lo del Prestige. Nos inmortalizaron en La Voz de Galicia y esa imagen dio la vuelta al mundo, me la enviaron hasta desde una revista francesa. Se acordaba perfectamente. Hablamos también de que su ahora mujer venía a cubrir aquel acto como reportera. Se echó a reír.

-Creo que hay una anécdota con mejillones de por medio. Su mujer estaba empeñada en que don Felipe los probase...

-Sí. Había un sitio, el restaurante Chapapote, le llamábamos, donde atendíamos a los voluntarios que venían a limpiar. Les dábamos desayunos, comidas... En ese momento teníamos problema con el cierre de la actividad pesquera en algunas zonas, en las que no se podía extraer mejillón. Pero nosotros queríamos explicar que si el producto llegaba al mercado, era porque tenía todas las garantías. Entonces mi mujer le dijo al entonces Príncipe: «¿No me diga que usted no va a probar los mejillones tan buenos como son?» Y ni corto ni perezoso, cogió dos o tres y se los comió al natural.

-Hablando de anécdotas. Sucedió algo en el acto de entrega que le sorprendió, para bien. Un gesto de la reina...

-Una de las homenajeadas era una señora de 107 años. En los ensayos previos había figurantes que hacían de los reyes y sus hijas. Tras los saludos, ella se agarró a una de las infantas «ficticias». Entonces Protocolo consideró que no era apropiado y que sería mejor que la nieta de la señora saliese y fuese quien la acompañase hasta la silla. Pues bien, al día siguiente, en el momento de entregar las insignias, la reina Letizia le dijo a sus hijas que acompañaran a la señora hasta su silla de ruedas. No estaba previsto que fuese así. A mí no me pasó desapercibido ese detalle humano que tuvo la reina.

-En su currículo oficial figura que usted empezó en el mar a los diez años. Fue bastante precoz.

-Fue incluso antes. En casa teníamos barco. Mis abuelos, mis padres... todos se dedicaban a la pesca. Cuando tenía ocho años, al salir de la escuela me iba para el puerto, me escondía en el barco y luego salía a pescar. Imagínate qué follón. Mi madre desesperada porque no sabía dónde estaba su hijo. En los 60, que no había móviles ni emisoras ni nada. La revolución que monté en el pueblo fue tremenda. Toda la gente buscando en las playas, en las rocas...

-Le dio a todos los palos: xeito, enmalle, cerco, y hasta altura...

-Hice estudios de náutica y a los 15 años me saqué el título de patrón. Cumplida la mili, hice tres campañas en plataformas del mar del Norte. Se ganaba mucho dinero pero como cualquier gallego, yo quería mi casita. Y una vez tuve mi casita, mi mujer y yo trabajamos mucho para conseguir lo que tenemos hoy. Para estar con mis hijos.

-¿Algún susto gordo en el mar?

-Algún apuro tuvimos. Hoy en día la información meteorológica es muy exacta pero antes era muy genérica. Siempre decían que aquí hacía mal tiempo. Teníamos redes de enmalle que calábamos y que había que recoger al día siguiente. Si se levantaba temporal, un día las dejabas, otro también, pero al tercero o ibas a por ellas o perdías mucho dinero. Por eso arriesgábamos. Un día una bomba que enfriaba agua del motor empezó a calentarse con temporal fuerza 7 y muy cerca de la costa. Lo pasamos mal.

-El relevo generacional, al menos en su caso, está asegurado...

-Mi mujer fue pescantina. Se ha jubilado este mes. Mi hija se dedica a lo mismo. Tiene un gran don de gentes. Mi hijo empezó conmigo a pescar. Hoy es inspector de pesca.

-En casa del herrero, ¿cuchillo de palo? ¿O se come mucho pescado en casa de una pescantina y un pescador?

-Se consume mucho. De hecho, hoy me quedé solo en casa con uno de mis nietos. Le dije: «Nacho, ¿qué hago de comer para ti y para mí?» Y me respondió: «Vamos a la plaza y cogemos chocos». Mi hija, la que es pescantina, de niña iba con su madre a las lonjas. A veces llegaba a casa del colegio, preguntaba cuál era el menú, y si había paella, se iba al furgón de la madre y se cogía un pescado para hacer su cena. Yo soy mucho de azul.

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