Galicia come en julio poca sardina, cara y de fuera, si no es descongelada

La falta de producto de la flota gallega altera hábitos veraniegos y fiestas populares


redacción / la voz

«Non se comprende Galicia sen sardiñas no verán». Dos semanas han sido suficientes para dar la razón a Andrés García, portavoz de la Asociación de Armadores del Cerco de Galicia (Acerga), que soltó aquella aseveración al poco de conocer la resolución de la Secretaría General de Pesca prohibiendo la captura de la especie en el caladero del Cantábrico Noroeste. Lo que podría parecer una exageración fruto de la frustración por ver agotada la cuota y cerrada la pesquería -porque a fin de cuentas la captura seguía abierta en Andalucía y Portugal, llegaba y llega producto fresco del Mediterráneo y congelado de procedencia variada-, se ha revelado como una premonición.

Porque lo cierto es que la ausencia de descargas de la sardina de la flota gallega está teniendo efectos en mercados, pescaderías, negocios hosteleros e incluso en los hogares gallegos, puesto que ha alterado hábitos alimenticios, menús y hasta tradiciones populares. Rianxo y su Festa da Xouba, que tuvo que ser anulada al amarrar el xeito, es el exponente más claro. Pero también pueden contarlo los vecinos de Outes, que el pasado fin de semana tuvieron que hacer con xurelos la sardiñada que todos los años organizan para celebrar las fiestas patronales del municipio. O los socios del Club de Campo de Ferrol, que degustaron arroz en lugar de sardinas.

En los mercados gallegos, la especie pescada en Portugal se vende a 8 euros el kilo La comisión de fiestas de Mera (Oleiros) consiguió hacer su sardiñada con sardinas. Y puede que hasta fuesen gallegas, pero «eran das que lles din refrixeradas», explicó el presidente de la organización, que no son otra cosa más que descongeladas. «Houbo quen protestou, pero coméronse todas», añadió Fernando García. Relata que le ofrecieron sardina fresca portuguesa, pero «non nola recomendaron porque era máis pequena e non saía boa». Así que optaron por la descongelada, que pagaron, eso sí, más cara de lo habitual. Cerca de 4 euros abonaron por cada kilo de los 600 que sirvieron. El año pasado, cuando también le ofrecieron de la refrigerada, «estaba máis barata, entre dous e tres euros». Y lo que son las cosas, el año pasado cogieron mil kilos de la fresca y sobraron 600; este compraron 600 «e máis que houbera».

Porque es verano y la gente tiene ganas de sardinas. Eso sí, no está dispuesta a hacerlo a cualquier precio. Lo saben bien las pescaderías, que en esta temporada dejan vacío el hueco de ese pelágico o lo cubren con chincho o incluso jurel grande. Más caro, también. Las que optan por ofrecer el pescado consustancial al verano gallego se surten en Portugal y deben pensárselo mucho, porque la caja de 15 kilos se está pagando a casi cien euros, explica una placera de Ribeira. No es de extrañar entonces que por la poca sardina de aguas ibéricas que puede encontrarse en el mercado se pidan 8 euros por kilo.

De fuera o descongelada

En supermercados e hipermercados puede encontrarse producto por un precio menor. En unos casos procede de lo que se desembarca en puertos del Mediterráneo y en otros se trata de sardina descongelada, alguna capturada en Marruecos u otras aguas del norte de África o, incluso, del Cantábrico, la que las empresas frigoríficas locales adquirieron en septiembre u octubre pasado para cubrirse las espaldas con sus clientes por San Xoán y para sardiñadas varias. Esas que ahora apenas hay.

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