«Os furtivos coñecen a lei e séntense intocables»

Miles de kilos de almeja extraídos de manera ilegal salen de Boiro cada año, sin que nadie logre ponerle freno


ribeira / la voz

La lluvia comienza a arreciar en el muelle de Cabo de Cruz. Se acerca la medianoche del lunes y los guardias rurales de la cofradía se preparan para la enésima batalla contra el furtivismo. El primer paso es esconder sus coches en un garaje del pósito. Desde hace años nadie se atreve a dejarlos a la vista. «É o mellor que podes facer para atopalo tal e como o trouxeches. Téñennos controlados, máis que nós a eles», apunta uno de los dos vigilantes. Ambos solicitan mantener su nombre en el anonimato.

Toca subir al todoterreno de la cofradía. La primera playa a visitar es la de Esteiro. «Estiveron aquí o domingo. Nas noites que pega duro o vento e a choiva saben que é imposible velos ou escoitalos. Non fallan nunca. Podes estar a dous metros deles que non os ves, camúflanse entre as rochas», afirma el otro vigilante. La lluvia ha remitido, aunque solo por un breve impás. Deciden aparcar el coche unos cuantos metros antes del arenal. Es la única manera de que los furtivos no se percaten de su llegada.

«Baixade detrás miña. Se ven moitas sombras van a cazarnos», afirma uno. A pesar de la luz que proviene de las instalaciones de una fábrica, la playa se mantiene entre penumbras. Toman los prismáticos, otean el horizonte, se paran en cada piedra, pero no hay rastro. «¿Viches o coche que estaba no peirao cando saímos? Había un rapaz co móbil, non te estrañes se estaba para avisalos. Saben cando traballamos, cando saímos e as praias ás que baixamos. Son profesionais disto», asegura uno de los guardas.

Para muchos, el furtivismo se ha convertido en un estilo de vida. Hay quien lleva más de cien denuncias a su espalda. Para algunos, este es su único sustento, otros «teñen traballos durante a semana, pero así sacan un extra. Fálase moito de que teñen problemas coa droga, pero eses son unha minoría. É una maneira rápida de gañar cartos. Todo o que levan é en negro. ¿Canto diñeiro se leva desfalcado aquí?».

En inferioridad

«Non hai problema, atoparemos a algún. Hoxe baixaron seguro, non desperdician unha noite coma esta», afirman convencidos ambos guardias. La siguiente parada es la playa de Barraña. Se detienen en el centro médico, donde aparcan el todoterreno. 

«O normal é que cada noite traballemos dous, pero cada un nun coche diferente. Ao final non podes facer nada. Sempre te atopas a grupos de tres ou catro furtivos. A integridade física é o primeiro. Se che ven só, néganse a entregar a ameixa. Non é o primeiro compañeiro que acaba ingresado no hospital despois dunha pelexa con eles», afirman.

Ambos acceden al arenal por un camino de piedras y empiezan a caminar por el paseo. No han pasado ni dos minutos cuando se encuentran con un grupo de tres furtivos. Están en la orilla, acaban de bajar. Trabajan con las manos, tanteando las zonas donde hay más almeja. «Vente a Barraña, temos a tres aquí. Entra directo co todoterreo», explica por teléfono uno de los vigilantes a un tercer compañero.

Pasan unos minutos hasta que el coche entra a toda velocidad. Las luces sorprenden a los tres furtivos, que empiezan a correr. Los dos guardias los persiguen a pie entre la más absoluta penumbra. Consiguen interceptar a uno en el paseo. Los otros dos han logrado escaparse entre la oscuridad. Llueve a mares y solo las ráfagas de luz que emite el todoterreno permiten vislumbrar algo.

El furtivo se niega a identificarse y se marcha corriendo. Al no ser agentes de la autoridad no está obligado y lo sabe. «Coñecen a lei e séntense intocables», afirma un vigilante. Este no llevaba nada. «Acaba de dicirme que estaba facendo deporte pola praia», afirma el otro entre risas. Vuelven al arenal, donde, no sin dificultad, encuentran una malla con unos cuantos kilos de almeja. «É a súa forma de traballar. Van collendo de cinco en cinco e agóchanos entre os arbustos. Van e veñen, teñen gardadas máis redes por se llelas confiscamos».

Siguen cayendo chuzos y los guardias vuelven al coche. Praia Xardín y Xión son las siguientes paradas. No hay nada, pero saben que están en algún lugar. «Non fallan un só día do ano, levan así toda a vida», afirman con amargura. Este solo ha sido un capítulo más de una guerra sin fin.

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