«No todo el mundo se atreve con las vacas, pero a mí me gustan»

Carolina Laíne estudió Ingeniería Agraria en Venezuela, y llegó a Santaballa tras contactar con una granja gracias a una asesora


VILALBa / LA VOZ

Carolina Laíne coge su coche y se traslada de Vilalba a Santaballa para trabajar en una explotación. Poco más de cinco minutos bastan para completar el trayecto; pero detrás de ese sencillo desplazamiento hay una serie de movimientos, con un ámbito de acción de miles de kilómetros y con unas razones personales, sociales y hasta políticas que ayudan a entender la situación.

La protagonista de esta historia nació en Venezuela hace 45 años. En ese país estudió Ingeniería Agraria, formación que le sirvió para especializarse en asesoramiento y gestión, así como en programas de desarrollo dirigidos a pequeñas explotaciones. «Era como un proyecto social», recuerda.

Pero igual que decidió cambiar de país, antes, en Venezuela, llegó a cambiar los trabajos teóricos por los prácticos. En el estado de Monagas, en el este del país, compartió la gestión de una explotación con una socia. La granja tenía 80 vacas, pero contaba también con pollos. Las circunstancias del país acabaron afectando a la explotación: «Nos quebraron», dice tras explicar que el gobierno empezó a imponer una serie de precios. No fue ese el único contratiempo, ya que, afirma, la granja sufrió un robo en el que se llevaron gran parte del material necesario para el trabajo.

Así decidió cruzar el charco, aunque su primer destino fue Italia, en donde vive una hermana suya y pasó nueve meses trabajando en un restaurante. En ese tiempo pensó que quizá España le daría una oportunidad de lograr un trabajo relacionado con sus estudios y con su experiencia, y su intención se cruzó con otra.

Lupe Prado, ganadera de Santaballa, tenía necesidad de incorporar una persona a la explotación de la que es socia. En un programa de televisión vio a una mujer que ejerce de asesora en el sector, logró contactar con ella, y esta, a su vez, lo hizo con Carolina Laíne, que meses antes se había trasladado de Italia a Málaga.

Todo se desarrolló con gran rapidez, como explican las dos, y pocos días después ya estaba trabajando en la SAT Arealba. Es fácil suponer que en una explotación de 225 vacas (113 en ordeño) no falta el trabajo, pero la socia no escatima elogios a la empleada: «Es una mujer despierta y de mundo», comenta. La recién llegada, por su parte, parece estar más que adaptada: «No todo el mundo se atreve con las vacas, pero a mí me gustan», dice.

El ordeño es una de las actividades que más le gusta, mientras que limpiar el suelo, comenta, se le hace un poco más difícil. «Me gusta la vida rural», afirma, al tiempo que reconoce que no descarta quedarse definitivamente en Galicia. ¿Es el campo, pues, una alternativa para quienes llegan de fuera? «Tiene que gustarte. La vida es muy corta, y nadie debe estar forzado», subraya. Ella, por su parte, admite que «el trabajo es duro, pero da mucha satisfacción».

Asegura que las labores habituales del campo son duras pero dan satisfacción

«Es una mujer despierta y de mundo», dice sobre ella una de las socias de la granja

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