El responso de San Antón


Tras algo más de una semana perdida, las dos vacas aparecieron. Se presentaron ante la puerta de su establo sorprendentemente. Sus dueños las habían buscado sin resultado y acudieron a los vecinos para que juntos invocaran a San Antonio Abad y rezaran colectivamente el responso, y surtió efecto. Y aún resuenan por la aldea de Santa María del Monte, en Triacastela, en la profunda montaña luguesa, los versos de la oración clásica «remédiense encarcelados, miembros y bienes perdidos, recobran mozos y ancianos…»

La noticia aparecida en este periódico da cuenta que las dos becerras eran de raza asturiana, y tenían dos años. No especifica sus nombres, aunque para mí que se llamaban Rubia y Marela, que aunque sean sinónimos, tal era el color de su pelaje. Se fueron a ver mundo, a explorar los valles y los prados y cuando el rocío se convirtió en hielo por mor de las duras heladas del invierno, decidieron regresar al confort campesino de su establo para alegría de sus dueños que asistieron al último milagro de San Antón, patrón de los animales, que ahora se llaman mascotas, y abogado de pérdidas y extravíos.

El santo, un ermitaño antiguo que habitó desiertos y durmió en cuevas sepulcrales, es muy querido en la Galicia popular, tanto como pintado en cuadros de grandes pintores desde Diego Rivera a Zurbarán que interpretaron a su modo las tentaciones de San Antonio. A mi me gusta particularmente la pintura de El Bosco que representa al patrón de los animales descansando en el hueco de un árbol seco, y tiene a su lado una jabalina -un jabalí hembra-, al que san Antón obró un milagro: cuando la jabalina se presentó ante él con sus cuatro crías cuatro jabatos ciegos y el santo les devolvió la vista. Desde entonces lo acompañó y lo libró de ataques de las alimañas que habitan desiertos y bosques.

El santo milagrero dicen las crónicas que vivió 105 años. Y las vacas aparecieron, llegaron al hogar del ganadero tal como se habían ido; no habían sido robadas por los cuatreros salteadores que de cuando en cuando se apropian de ganado mostrenco, del que vive a su aire. Simplemente se fueron a contemplar el paisaje y lo hicieron en amor y compañía, caminando pausadamente por el día y durmiendo plácidamente cuando la noche bajaba el telón y desplegaba un decorado de estrellas.

Es una historia de invierno y estoy seguro que el responso de San Antón se recitaba junto a la lareira en las largas noche del frío de enero, e iba pasando de madres a hijas en el imaginario popular de un país que cree firmemente en los milagros. Sucedió hace una semana escasa antes de la fiesta del santo.

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