De Marruecos a Sarria: «Estuve cinco años sin salir, con depresión, trabajando de todo para cumplir mi sueño que era estudiar»

Uxía Carrera Fernández
UXÍA CARRERA SARRIA / LA VOZ

SARRIA

Anissa y Bouchra ahora tienen 27 y 28 años y su objetivo era tener estudios y poder trabajar
Anissa y Bouchra ahora tienen 27 y 28 años y su objetivo era tener estudios y poder trabajar U.C.

Bouchra y Anissa son hermanas y llegaron a la villa lucense con 15 y 16 años, sin saber nada de español. Diez años más tarde, una es teleoperadora y otra estudia Higiene Dental

30 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

«A los 15 años volvimos a ser como un recién nacido, tuvimos que aprender de cero y muy despacio». Así resume Anissa su llegada desde Marruecos a Sarria cuando tenía 15 años. Ella y su hermana, Bouchra, que tiene un año más, pasaron de estar rodeadas de sus amigos y su familia a vivir en un lugar desconocido. «Recuerdo que escuchaba hablar a los niños en clase y me parecían pájaros, pensaba que nunca llegaría a entender lo que estaban diciendo». Sin embargo, tras un sacrificio colosal, ahora el idioma es el medio de trabajo de Bouchra, que es teleoperadora a sus 28 años, y Anissa se forma para higienista dental.

El padre de estas dos hermanas lleva ya unos 17 años viviendo en Sarria. Quiso salir de su Marruecos natal buscando un futuro con más proyección, ya que en el país africano solo podía dedicarse a la agricultura. Después de encontrar trabajo en la villa lucense y asentarse, fue el momento de decidir la reagrupación de la familia. «Nosotras no nos queríamos venir, teníamos allí nuestra vida».

Lo que cambió fue que en aquel momento los colegios para estudiar estaban llenos, por lo que las hermanas no podían continuar su formación. «La condición que yo puse era que quería estudiar, era mi objetivo y mi sueño. Me frustraba y me enfadaba pensar en acabar en casa con mis hijos», confiesa Bouchra. Así que con esa meta, hace más de diez años que las dos marroquíes se instalaron en Sarria.

Perderse la juventud para tener futuro

Anissa y Bouchra eran prácticamente las únicas niñas marroquíes de su edad que había por aquel entonces en la villa lucense. En el colegio nadie las entendía y ellas tampoco podían hablar con nadie, tan solo algunos chicos de su mismo pueblo estaban ya escolarizados en Sarria. «El idioma obviamente jugó un gran rol en nuestra adaptación». Alguna de las profesoras y las clases de español de Cruz Roja ayudaron a las hermanas a ir aprendiendo. «Todavía recuerdo ver el documento de las notas con una lista completa de ceros». Sin embargo, con mucha dedicación y siquiera sin que se lo explicaran los profesores empezaron a sacar adelante las materias y Bouchra destacó por sus buenas notas: «Me decían que no sabían cómo lo hacía». 

Ambas terminaron la ESO y estudiaron un Ciclo de Administración. Anissa también se formó en auxiliar de enfermería y ahora estudia higiene dental. Bouchra, por su parte, también hizo un ciclo de telecomunicaciones que le permitió entrar a trabajar en su actual empresa. Pasó de no saber decir ni 'hola' en español a ser teleoperadora, incluso de proyectos para la Xunta de Galicia.

«La condición que yo puse era que quería estudiar, era mi objetivo y mi sueño. Me frustraba y me enfadaba pensar en acabar en casa con mis hijos»

Estos logros no llegaron de la nada. Tuvieron un alto coste. Las dos marroquíes estuvieron trabajando casi desde su llegada a Sarria mientras estudiaban, incluso en varios empleos a la vez. Cuidaron a personas mayores, en el caso de Bouchra durante 24 horas al día con permiso para salir a estudiar; fueron niñeras, ayudantes de cocina o empleadas de hostelería. «Solo podíamos trabajar en sitios donde el idioma no fuese totalmente necesario y aún así me generaba muchísima ansiedad no entender a los mayores que cuidaba cuando necesitaban algo», cuenta Anissa. 

Las dos hermanas comparten su capacidad de trabajo y sacrificio pero, aunque las confunden por la calle por el físico, la seriedad las diferencia. Anissa relata su vivencia quitándole peso, pero para Bouchra conseguir los estudios y su puesto fue muy duro: «Estuve prácticamente cinco años sin salir de noche, trabajando y estudiando, tuve una depresión importante». Ahora que sus hermanos pequeños tienen la edad de ellas cuando llegaron a Sarria, ven la gran diferencia que supone dejar atrás tu país siendo muy pequeño.

Se adaptaron mucho más rápido que nosotras porque de niño, con cinco o seis años, no te hace falta hablar para comunicarte y aprender mejor un nuevo idioma. Nosotras siempre pensamos que nos perdimos nuestra juventud», cuentan. Aun así, no se lamentan. Su vida se dio así y todo su esfuerzo sirvió para cumplir lo que querían. Tienen formación, trabajo, carné de conducir, amigos y hasta Bouchra se independizó. «Hay mucha gente que viene para España y no dan ni terminado la ESO por el gran choque que supone, al final acaban en ambientes conflictivos porque no se adaptan».

«Al principio todo eran miradas raras, de incomprensión. Por nuestra forma de vestir ya tenían una opinión de nosotras sin conocernos, es algo que no se debería hacer con nadie»

Choque cultural

Hasta que Anissa y Bouchra terminaron la ESO no tuvieron amigos. Los primeros años en el instituto la diferencia de idioma era grande, pero también la cultural. «Al principio todo eran miradas raras, de incomprensión. Por nuestra forma de vestir ya tenían una opinión de nosotras sin conocernos, es algo que no se debería hacer con nadie». Las hermanas se pasaron decenas de recreos solas y sin poder integrarse con las personas de su edad. 

«El tiempo que estuve sin salir por trabajar y estudiar, en parte, tampoco quería hacerlo para no aguantar miradas o comentarios», recuerda Bouchra. En contraposición, también recuerdan profesoras, compañeras de trabajo y voluntarias de Cruz Roja que les animaron y gracias a las que pudieron seguir su sacrificado camino. 

Ambas asumen que para una mujer la adaptación en un nuevo país es mucho más complicada, pero estudiar marca un antes y un después. «Las madres de familia en su mayoría no pueden trabajar porque tienen que ocuparse de la casa y de sus hijos, ya que el sueldo del padre no da para pagar a una persona que se encargue de ello. Así, están menos en contacto con la gente y se encierran», explican. 

Estas dos mujeres quisieron superar todos los roles, los prejuicios y sobre todo sus propias metas y ahora viven totalmente adaptadas en Sarria.Y también felices. 

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