Sarria / La Voz

En unos días, cientos de peregrinos se calzarán mochila y botas para iniciar esa experiencia entre lo místico y lo turístico que supone recorrer el Camino de Santiago. La mayoría de los que empiecen lo harán desde Sarria, la villa lucense que marca el mínimo exigible para ganarse la Compostela que el peregrino exhibirá con orgullo cuando desemboque en la plaza del Obradoiro. Este centenar de kilómetros son, probablemente, los más pisados por los peregrinos. A un mes de la avalancha jacobea, los primeros pasos de este tramo suponen un ejemplo casi perfecto del estado general del Camino en Galicia: mantenimiento mejorable y feísmo arquitectónico. Pero también deslumbrante belleza natural y calor humano.

 

SARRIA

El puente oculto. Apenas se sale de la villa, el peregrino abandona el asfalto para pisar tierra. Antes debe cruzar el puente da Áspera que, sin duda, vivió tiempos mejores. El piso muy deteteriorado, parece no haber sido restaurado desde lo tiempos del Apóstol. El resto, no tanto. La maleza que oculta la presumible belleza del puentecillo, seguro que no tiene más de un año, aunque los focos que alguna vez lo alumbraron están probablemente inutilizados desde hace más tiempo. El cuadro completo, con sus contenedores y todo, bascula entre lo pintoresco y el abandono.

HACIA BARBADELO

La doble señalización. Camino de Barbadelo, el peregrino se encuentra caminando con el río a su izquierda y a su derecha la trinchera que soporta la vía y de la que de vez en cuando se desprende el balasto de la que está formado. Así que no faltan piedras en el camino. Quizás por eso no se entiende bien la señal que informa de que hay un paso a nivel cercano (esa es la parte inteligible) y, por tanto, no se pueden superar los 50 kilómetros por hora. Para llegar hasta allí el peregrino se ha tenido que enfrentar a una decisión compleja en uno de los dobles mojones que salpican el Camino: derecha o izquierda. A la derecha, el mojón señala el «Camino complementario». A la izquierda no hay más pistas que el punto kilométrico. Eso sí, hay flechas amarillas por doquier y no oficiales indicando hacia la izquierda: «Es mejor por la izquierda», explica un vecino de Barbadelo que conoce el paño: «Por la derecha hay una subida pronunciada que en verano se hace muy dura». Los peregrinos que pasan lo tienen claro: todos van por la izquierda: «Hay muchas más flechas», justifica una caminante mexicana.

VILEI

Un poco de feísmo. En Vilei, los establecimientos, un albergue y una tienda, están cerrados. Hasta la Semana Santa, el camino comercial hiberna en gran medida. Ambos establecimientos parecen modernos y respetuosos con el entorno. La senda que nos ha traído hasta aquí está limpia en su mayor parte. Varios vecinos lo atribuyen a la proximidad de las elecciones. Sea por la razón que sea, caminarla es un gusto y da pie a imbuirse de la belleza natural del entorno. Claro que, en los pueblos, se puede apreciar también el descuido arquitectónico, el estilo pragmático que en muchos casos se ha dado en llamar feísmo: el bloque de cemento y el ladrillo que se han incorporado en las últimas décadas disputan a la piedra su reinado como material constructivo. La convivencia de estos materiales funciona mal en la mayor parte de las ocasiones. Y las ocurrencias de algún propietario, como integrar un hórreo en una pared, también. «A mí no me parece mal ?valora en un correcto castellano una joven peregrina francesa que está haciendo el Camino de vuelta?. Es la forma de ver cómo vive realmente la gente».

RENTE

Contaminación peregrina. A lo largo de todo el Camino, no solo en este tramo, el peregrino siente la necesidad de dejar su huella. Y, si bien es cierto que es muy raro encontrar basura en la ruta, no lo es menos que letreros y señales son asaeteadas con pegatinas de todo tipo que denotan el carácter cada vez más internacional del Camino. Una barandilla, un cartel, cualquier elemento metálico es válido para dejar, en forma de pegatina, el clásico «Yo estuve aquí». Algunos esculpen marcas indelebles en los propios mojones o pintadas de autoayuda sobre el misticismo del Camino. También hay huellas no tan permanentes, como el recurrido amontonamiento de piedras en equilibrio que las ventiscas se encargan de hacer desaparecer.

MERCADO DA SERRA

Pelegrín en horas bajas. Mucho se opinó sobre la célebre mascota Pelegrín pero, sin duda, pocas veces el controvertido muñeco se vio tan deteriorado como en la fuente del Mercado da Serra, donde corona una fuente de agua potable junto a una alberca demasiado verde como para ofrecer garantías. El muñeco está comido por el óxido y las inquietudes artísticas de algunos caminantes. Si hay que tomarlo como un símbolo, conviene una urgente restauración para el que fuera la estrella del Xacobeo 93, actualmente con peor aspecto que nunca.

PERUSCALLO

Lo mejor del Camino. Un peregrino de Vilagarcía y otro de Cuenca van algo rezagados. Caminan juntos. Al gallego no le llama tanto la atención, pero al castellano sí: «¿Por qué hay tanto plástico en los prados?». Es lo único que no le gusta de la experiencia. Al llegar a Peruscallo, aún en Sarria, preguntan en una casa a pie de camino:

-¿Sabe donde podría comprar algo de pan?

El paisano les advierte de que aún les queda un buen trecho para poder comer o comprar comida. Así que se mete para dentro de la vivienda y sale con medio bollo de pan, que el peregrino guarda en la bolsa.

Como he asistido a la escena desde lejos, le pregunto cuánto le han cobrado por el pan:

-Nada. Me lo ha regalado.

La familia que ha tenido el gesto regenta la panadería, que en el día en que se hizo el reportaje, festivo, estaba cerrada. La propietaria dice que estar a pie de Camino es enriquecedor: «En todos los sentidos. Es un buen negocio pero también te permite conocer a mucha gente, otras culturas. Te enriquece también como persona», explica. Ana, la propietaria, ejemplifica también el difícil equilibrio entre la conservación del patrimonio y la mejora del Camino. Añade que tuvo que esperar casi dos años y medio para poder añadir una terraza a la cafetería y montarla con materiales y colores muy determinados. Ahora piensa en convertir en albergue una cuadra levantada con bloques de cemento y con un silo adosado: «Pero no me decido, porque si para la terraza tardaron tanto tiempo, no sé lo que tardarían para esto».

PORTOMARÍN

Calentando motores. En Portomarín, los peregrinos que han llegado al final de la etapa están muy satisfechos con lo que se han encontrado. «Es estimulante», admite Eila, una barcelonesa de 35 años. También allí el negocio está aún a medio gas. La que sin duda es una de las poblaciones con más camas por habitante de Galicia sabe que aún quedan días para la avalancha. A finales de febrero habían llegado a Compostela 3.856 peregrinos. El año pasado, por esas fechas, eran 3.809. Pero solo en marzo de 2018, cuando cayó Semana Santa, llegaron más de 11.000. Este año no serán menos. Más de una tercera parte saldrán desde Sarria.

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El Camino de Santiago se prepara con claroscuros para la gran avalancha