Un santo de Pol sirvió al emperador de Francia para meter a España en guerra

El martirio de religiosos dominicos en el sudeste asiático forma parte de una novela ambientada en el siglo XIX


vilalba / la voz

Hubo heridas de la historia de España que sangraron durante años o décadas. La pérdida de Filipinas fue seguramente una de ellas, aunque quedó incorporada al imaginario popular y motivó películas como Los últimos de Filipinas. La de Cuba quedó incluso recordada en dichos que la gente de cierta edad puede recordar.

Pero si lo ocurrido en 1898, con la pérdida de esos territorios además de Puerto Rico, mereció ser considerado un desastre, casi el desastre por antonomasia en la historia de España, un episodio de unos 40 años antes dejó a España en cierta evidencia: participó en una operación de guerra por petición de Francia; pero el territorio adonde se desplazaron soldados de ambos países -Tonkín, hoy incorporado a Vietnam- quedó exclusivamente bajo el dominio de París, y lo que hubo en Madrid fueron críticas al gobierno por la forma en que actuó.

Ese tiempo y esos lugares no son, en cambio, desconocidos para el escritor José Luis Gil Soto (Badajoz, 1972). Su cultivo de la novela histórica incluye títulos como La dama de Saigón, que se centra en lo ocurrido entonces en el sudeste asiático. Más de 150 años después y a miles de kilómetros de distancia, esos episodios guardan aún relación con un municipio como Pol. En la parroquia de Suegos nació José María Díaz Sanjurjo (1818-1857), que fue fraile dominico y cuya muerte, junto con la de otros religiosos españoles y franceses, movió al emperador Napoleón III a promover una operación militar. El religioso fue elevado a santo en 1988.

Gil Soto reconoce que se trata de unos acontecimientos casi ignorados: «En cierto modo -dice- fue un conflicto que en España avergonzaba». Si el país, con Isabel II en el trono, sufría una fuerte inestabilidad política, se implicó en el conflicto «porque le interesaba mantener el prestigio ante Francia e Inglaterra». Ni siquiera necesitaba un puerto en la zona, pues ya tenía el de Manila; pero la muerte del religioso de Suegos fue esgrimida por el emperador de Francia para convencer a la reina de España a mandar la infantería de marina.

¿Qué hay de interés en una figura como Díaz Sanjurjo y en su trágico final, muerto tras ser degollado? El novelista explica su punto de partida: «Me atraen los episodios protagonizados por españoles lejos de nuestras fronteras; en este caso, el de los dominicos que trabajaban en su labor evangelizadora». No estaban condenados a quedarse: «Podían haber pedido la repatriación, volver a Manila; pero solo unos pocos sucumbieron», dice.

Tanto tiempo después, de todos modos, casi resulta inevitable preguntar qué ha quedado de aquellos hechos y de aquella conducta. El novelista admite que la distancia es grande: «El dominico que hoy va a Indochina [región a la que se desplazó Díaz Sanjurjo como misionero] no siente sobre su cabeza el peligro de entonces», explica. Además, detalla, las nuevas tecnologías lo pueden mantener en contacto con su lugar de origen.

Gil Soto reconoce que «juzgar la historia con los ojos de hoy es casi una crueldad» y que «poca gente es capaz de ponerse en la piel de aquellos personajes». De todos modos, agrega, algo se conserva: «Creo que sí queda algo, el ejemplo de fimeza», asegura.

Del puerto gaditano a los actos en Suegos

La novela La dama de Saigón stá ambientada no solo en el sudeste asiático sino también en el puerto de Cádiz, en el que operaban compañías navieras y en el que tomó Díaz Sanjurjo un barco para marcharse a Filipinas. Mientras en el libro se usan elementos reales, hoy, en el municipio de Pol, se recuerda al fraile. Hay una peregrinación desde Mosteiro a las diez de la mañana, y luego, a la una de la tarde, misa en Suegos, oficiada por el obispo de Lugo.

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