En verano esta casa es un hotel

Situada en Negueira de Muñiz, convierte su antiguo pajar en un cuarto colectivo para acoger a 30 miembros de una misma familia


Llega el verano y la casa de Roque resurge. La vivienda, situada en el pueblo lucense de Negueira de Muñiz, es el punto de encuentro de las generaciones de la familia Graña Monasterio todos los meses de julio o agosto. «Es la mejor terapia para desconectar del estrés y cargar las pilas para el resto del año. También es la manera de juntarnos toda la familia», explica uno de los miembros, que vive en Barcelona.

En esta vivienda, el matrimonio formado por Cándido y Virginia residió y crio a sus tres hijas: María, María del Carmen y Nieves. A pesar de que cada una fue a parar a una ciudad diferente -Barcelona, Vigo y Castroverde, respectivamente-, no olvidan sus raíces y todos los veranos se citan en su tierra con sus correspondientes familias. Una tradición que han seguido también sus hijos. «Hemos venido desde pequeñitos y nos negamos a renunciar a este paraíso. Mientras podamos, seguirá siendo nuestro destino vacacional», explica Mari Ángeles, suegra de María.

Entre unos que se van y otros que vienen, se juntan unas treinta personas en la casa. «Aún cogería más gente si nos apiñamos un poquito», dice, entre risas, Mari Ángeles. Y es que la vivienda cuenta con dos plantas. Abajo tiene la cocina, el comedor, el baño y tres habitaciones -dos de matrimonio y una de dos camas-. Pero lo más llamativo es la planta de arriba. Lo que antes era un pajar, donde se guardaban patatas y maíz, se ha convertido en el espacio preferido de los más pequeños para descansar. Cuatro colchones esparcidos por el suelo y colocados provisionalmente es el sitio preferido por los niños para dormir. «Si les digo a mis hijas que no venimos aquí les da un telele. Gozan de total libertad, entran y salen cuando quieren y sin peligro», explica.

Cuando llega la hora de comer, todos a la mesa. Las hermanas María y Mari Carmen son las encargadas de meterse de lleno entre los fogones. Ayer, por ejemplo, preparaban una paella y cortaban jamón para todos. Después de alimentarse bien, otros les daban el relevo. Recogían la mesa y fregaban. Y es que en esta casa son un equipo. La coordinación es fundamental y la colaboración entre todos es algo que llevan a rajatabla.

Cuando la casa está recogida y las tareas hechas, toca salir. «No paramos. En casa estamos solo para comer y dormir. Después hacemos rutas y excursiones por varios lugares. Nos hemos criado aquí, sentimos esto y lo llevamos dentro», reconocen. Este año, la casa cuenta con unos invitados nuevos. Son amigos catalanes y se han quedado anonadados. «Nos ha encantado. Salir al jardín y ver el paisaje es suficiente. También contemplar el cielo por las noches es increíble», dicen los nuevos invitados.

Durante el invierno la casa permanece cerrada, excepto algún fin de semana esporádico. En verano, recupera vida y las familias cargan las pilas.

 

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