Me he levantado esta mañana con un espléndido optimismo, rozando euforia, que le imbuye a mi organismo un bienestar emocional considerable. Y ya que nadie a mano hay que me dé palmadas en la espalda, intento dármelas yo mismo pregonándolo en este artículo, corriendo el riesgo de resultar pedante presumiendo del motivo. Pero bueno, sentir orgullo de uno por su espíritu solidario un día al año no hace daño; así pues me felicito porque sí, porque hoy le toca y porque yo lo valgo. Les cuento. Volviendo anoche rumbo al Alto, Avda. de A Coruña arriba, me encuentro junto a Frigsa a un paisaniño allí sentado con careto compungido y me mosqueo: ¿A estas horas un anciano ahí solo?... Miro a ambos lados, nadie cerca, me acerco y le pregunto. «Un pouco delicado aquí da tripa», me contesta, «algo ceei que non me prestou ben». «¿Le llevo a casa?» «Non, xa estou mellor, vivo aí o lado, na rua Camiño de Pipín». Me cuenta un par de cosas de su vida y, tras varios «moitas grazas» de por medio, me dice adiós. Les suelto esta, no tan trivial, anécdota, porque día a día vamos mutando hacia robots sin darnos cuenta, y este Lugo nuestro, según mi personal criterio, huele un poco a jungla. No tenemos por costumbre hacerlo, pero en más de una ocasión esa persona ahí sola y con aire ausente, está quizá pidiendo ayuda y no se atreve, o a lo mejor no puede. Remato con otra anécdota. Pasado invierno. Rúa Milagrosa. Noche cerrada. Lloviendo. Sobre la acera yace un cuerpo. Llamo al 112. Pasa un transeúnte y me sugiere: déjelo, está borracho. ¿Jungla de asfalto? O quizá exagero.