Empezó el año nuevo y la sorpresa que me encuentro no es en forma de regalo de SS. MM. Los Reyes Magos, sino de Su Graciosa Majestad El Banco. Resulta que con fecha dos de los corrientes, me llega notificación del mismo informándome de que mi menguante cuenta con tendencia por inercia últimamente a cero ya ha llegado; pues se me acaba de pasar un cargo de 50,72 €, y como el saldo a 31 de diciembre era de precisamente 50,72 €, tal como antes dije me deja el resultado en cero y mi bilis derrapando. Así es que, cabreado, bajo a la oficina de A Milagrosa ?como están todos cortados por igual patrón, no cito el nombre- y se me informa de que según contrato ?ya saben, de esos de 50 páginas e indescifrable texto- debo pagar la cantidad anual correspondiente a mis tarjetas. Casualidades de la vida: justo lo que me queda. O sea, que yo me entere, invierten el dinero de tu nómina, pensión o lo que sea, y en lugar de compartir algo contigo, te cobran por los servicios que te prestan. ¿Y por qué no las costean con lo que sacan con mi pasta? Aaah, me contestan, porque la política del banco va por otros derroteros, caballero. Qué curioso, considero, el cien por cien bancario discurre por iguales derroteros. Es decir: lo que es mío es mío y lo suyo, suyo y nuestro. Me pregunto cuántos miles de lucenses como yo habrán tenido algún impulso impetuoso de volver con sus ahorros al colchón. Y mientras calculo cuántos kilos de carbón suponen 50,72 €, voy tomando mis medidas al respecto; esto es, ya que está la cosa en cero, quédense con las tarjetas que esta cuenta cierra, y veremos para el que viene. Sea como fuere: Feliz Año, compañeir@s.