El espía

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

LUGO CIUDAD

ED

08 oct 2023 . Actualizado a las 16:15 h.

Mi padre me contó en una ocasión que de niño estaba seguro de haber descubierto a un espía nazi. Lo recordé este verano, al pasar frente a su antiguo colegio en Lugo, donde él estaba interno en la década de los cuarenta del siglo pasado. Aullaba la guerra en Europa. La España de Franco, aunque no beligerante, y a ratos neutral en teoría, evidentemente simpatizaba con el Eje. Mi recuerdo es borroso, y quizás me equivoque en algún detalle, pero mi padre me contaba que se hacía asistir a los niños a misas de acción de gracias por las victorias alemanas en Rusia. En aquellas misas se sentaba en primera fila el profesor de alemán. Era realmente alemán, y de sus clases a mi padre solo se le quedó la palabra kartoffel, «patata». Útil, especialmente para un gallego, pero insuficiente. El caso es que aquel profesor le parecía intimidante y demasiado altivo para la docencia. Daba la impresión de ser más bien un militar. De hecho, mi padre sospechaba que podía ser un espía.

Hay que decir que hacía poco que se habían empezado a publicar los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín, lo que hacía que los niños viesen misterios e intrigas internacionales por todas partes, pero la idea no era descabellada. El país estaba lleno, en efecto, de agentes de ambos bandos que se disputaban secretos, y el wolframio de las minas españolas y portuguesas, indispensable para fabricar blindados. En Galicia, un abono de palco para la guerra marítima del Atlántico, abundaban especialmente los espías. Los submarinos de la Kriegsmarine pasaban sigilosos frente a la costa, en Cospeito había antenas para dirigirles y en Rozas, cerca de Lugo, la Luftwaffe había construido discretamente un aeródromo que ahí sigue. Precisamente, mi padre conservaba una pieza de un avión con una inscripción en alemán que se había encontrado entonces paseando por el monte, entre la hojarasca, fruto caído del árbol de la guerra. Cuando me la mostró muchos años después no llegamos a averiguar con certeza qué pieza podía ser aquella. La guardé yo en un cajón como reliquia de un mundo que para mí solo existía en las películas.

Por supuesto, no todo alemán en España tenía por qué ser un espía, pero algunos lo eran y a otros incluso les obligaban a serlo. La Gestapo rondaba a los estudiantes alemanes en Santiago, que los había, y a los honestos comerciantes germanos que habían hecho su vida en el país, presionándoles para que enviasen informes a la embajada en Madrid. Mi padre sospechaba de aquel profesor alemán en concreto no solo por su actitud, sino también por su comportamiento extraño. Todos los días a la misma hora recibía en el colegio la visita de otro compatriota que portaba un estuche de violín. La excusa era que iba allí a recibir clases de música. Pero no constaba a nadie que el profesor de alemán supiese tocar ningún instrumento y de la habitación cerrada no salía una sola nota musical.

Un día de invierno, muy temprano de madrugada, despertaron a los alumnos internos para que, tiritando de frío y hoyando la nieve virgen, asistiesen otra misa más de acción de gracias. Los periódicos proclamaban que los alemanes habían logrado una gran victoria en Stalingrado, en los confines de Europa. Pero no era cierto. Pronto se supo la verdad. Más de dos millones de soldados habían muerto o caído heridos en aquel lugar lejano y los alemanes habían sido derrotados. Ya no hubo más misas de acción de gracias, y al cabo de poco tiempo el profesor de alemán desapareció del colegio sin que se diesen mayores explicaciones.