Mi gran evasión

Miguel-Anxo Murado
Miguel-Anxo Murado VUELTA DE HOJA

LUGO CIUDAD

Ed

13 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Vi que en un canal temático ponían La gran evasión (1963) y me puse a mirar un rato este clásico del cine. Recordé cómo de niño había conseguido arrastrar a mi padre para que me llevase a verla al Gran Teatro de Lugo, y me había entusiasmado esa historia real, dolorosa y emocionante de una fuga en masa de un campo de prisioneros en la Segunda Guerra Mundial. ¿Quién no se acuerda de la claustrofobia del túnel que cava Charles Bronson, de los ingeniosos trucos para conseguir madera para el entibado y deshacerse de la tierra, de la espectacular carrera en moto de Steve McQueen?

El verano de aquel año mis padres me mandaron a un campamento de la OJE en San Miguel de Reinante. Yo no pertenecía a esta organización, pero era lo que había entonces si uno quería ir de campamento. El franquismo estaba entonces en su crepúsculo (era el año 1974) y la OJE era mucho más blanda que su antecesora, el Frente de Juventudes. Aun así, todavía memorizábamos frases de José Antonio, cantábamos el «Prietas las filas» («impasible el alemán», decíamos, porque no sabíamos lo que era el «ademán»), e izábamos y arriábamos diariamente la bandera carlista y la del yugo y las flechas. No nos trataban mal, pero para un niño de nueve años, que eran los que yo tenía entonces, aquella disciplina era dura. A mí me habían puesto con los otros flechas más pequeños y habíamos empezado con mal pie. Mientras que las demás centurias eligieron nombres como del NO-DO o de Cifesa (Hispania, Las Águilas, Numancia), nosotros le pusimos a la nuestra «Los chiripitifláuticos», que era un programa infantil de la tele. No gustó.

Una noche en mi litera, en la que no podía dormir, me dio por pensar que aquello era como el Stalag Luft III, el campo de prisioneros de La gran evasión. Así que concebí el plan de organizar, yo también, una fuga en masa, aunque fuese una masa de solo uno. Me encantaría poder decir que aquello era una muestra incipiente de conciencia democrática, pero más que antifranquismo era cinefilia. Deseché la posibilidad de cavar un túnel, más que nada por vagancia, y opté por un plan más sencillo. La noche siguiente me tocaba hacer guardia en la puerta, con Luciano Borrego, y, cuando le tocó su turno de ir a cenar, eché a correr sin parar. No muy sofisticado, pero eficaz.

Corrí y corrí, hasta que, como Steve McQueen, yo también me perdí camino de Suiza. En realidad, mi intención era volver a mi casa en Lugo; hoy sé que la distancia son cien kilómetros y que corría en dirección contraria, hacia Asturias (excelente tierra, por otra parte). Lo más sorprendente es que, allí, en medio de la noche cerrada, escuchando el monótono fungar de los pinos, no sentía miedo, yo que era un niño bastante miedoso. Entonces vi unas luces que venían temblando hacia mí de todas direcciones, y voces que me llamaban. Eran los mandos del campamento que iban en persecución. Eché a correr aún con más fuerza, pero me echaron el guante.

No las tenía todas conmigo. En la película, a Richard Attenborough lo fusilan. Pero yo salí bien librado. Todo lo que me hicieron fue tirarme de las patillas hasta levantarme del suelo durante un rato. Se me hizo eterno, pero no delaté a nadie (ni había nadie a quien delatar, en realidad), y, cuando al fin me dejaron marchar, de camino a mi litera iba silbando la pegadiza música de La gran evasión, feliz, porque no había tenido miedo. «¿Cree que mereció la pena?», le pregunta James Garner a James Donald en la película. «Depende del punto de vista». Oyendo esa música en la película, el otro día, luego no podía parar de tararearla.